Ahora que pasaron casi diez años empiezo a pensar que no hace falta seguir sosteniendo el recuerdo cariñoso sólo porque es parte de mí, de mi historia, etc. No hace falta idealizar el pasado, hacer de cuenta que fuiste un gran amor.
No fuiste algo bueno en mi vida. Fuiste nocivo. Me aislaste de todo, me convenciste de que mi mundo eras vos. Me llenaste de inseguridad. Fuiste un perro guardián, un psicopateador; distante en la intimidad pero muy territorialmente cariñoso en público. Me hiciste creer muchas cosas sobre mí, sobre vos, sobre la vida. Casi, casi me hacés creer que vos me dejaste de amar, y no al revés. Cuánto miedo te tuve, sin saberlo. Miedo de que me dejaras, de que te enojaras conmigo, de que no quisieras volver a hablarme, de que te alejaras dando un portazo; miedo de que nunca nadie me volviera a elegir, miedo de que fueras demasiado para mí, miedo de no estar haciendo las cosas bien, miedo de lo que pensaba, miedo de lo que sentía, miedo de que no me entendieras -y no me entendías-. Finalmente tuve miedo de no poder olvidarte, de que me dolieras toda la vida.
Nunca me enojé con vos. Nunca te culpé por nada. Me pasé algunos cuantos años echándome la culpa por haberte dejado, primero, por haberte lastimado, después; por haber terminado mal, yo y mi torpeza. Me pasé otros cuantos años perdonándome, reconciliándome conmigo, con la vida, con el pasado y con el dolor. Pero nunca, nunca, hasta ahora, me había enojado con vos. Y bueno, no; no es un enojo real. Porque vos ya no existís, no realmente. Pero mientras te ponías tu pasamontañas, dándome intencionalmente la espalda, mientras, en la soledad de esa vereda, lo único que no podías hacer era hacerte cargo de mi presencia; mientras te subías a la bicicleta y arrancabas, yo, que estaba por hablar, me callé. Porque entonces, recién entonces, entendí que esa manera tuya de lastimar no es de ahora (de ahora que ya no existimos el uno para el otro). Vos siempre fuiste eso.
24 noviembre 2014
20 noviembre 2014
R
Ya falta poco.
Es una pelota redonda, por ahora, que viene adosada a mi hermanamiga. Es una pelota grandota ya, que da pequeños saltitos cuando le apoyamos las manos encima.
Cada tanto la pienso, todavía medio en abstracto. Pero de pronto me doy cuenta de se va a parecer, tal vez un poco, a mi hermanamiga. Que la voy a ver crecer, la voy a tener a upa, le voy a poder contar cuentos. Que mi hermanamiga va a ser su mamá, le va a dar la teta mientras charlamos de nuestras cosas. Que va a ser mayor que los que vengan después y les va a enseñar cosas. Que va a ser su amiga, su hermanamiga.
Es una pelota redonda, por ahora, que viene adosada a mi hermanamiga. Es una pelota grandota ya, que da pequeños saltitos cuando le apoyamos las manos encima.
Cada tanto la pienso, todavía medio en abstracto. Pero de pronto me doy cuenta de se va a parecer, tal vez un poco, a mi hermanamiga. Que la voy a ver crecer, la voy a tener a upa, le voy a poder contar cuentos. Que mi hermanamiga va a ser su mamá, le va a dar la teta mientras charlamos de nuestras cosas. Que va a ser mayor que los que vengan después y les va a enseñar cosas. Que va a ser su amiga, su hermanamiga.
11 octubre 2014
10-10
Salí
y tragué una bocanada de aire que fue como si el mundo entero, la vida que
conozco hasta ahora, se me hubiera metido en los pulmones. Lo que vino después
se parece bastante a la tristeza y a la euforia de estar viva. Pensé por
primera vez, de forma clara, que escribir era una salvación posible. Tengo que
empezar un taller. O una novela. Me acordé de Aníbal. Yo iba a terapia a hacer
literatura.
(¿Se
puede escribir en primera persona, siendo mujer? Es el primer desafío. Volver
verosímil esta escritura).
Aníbal
atendía en un monoambiente sobre la Avenida Crámer. Desde el diván yo miraba un
edificio con ventanales dobles, cornisas, aires acondicionados. Pienso en esas
ventanas de vidrios marrones y se me aparece mi madre. Las cornisas y los
miedos. Las macetas los sueños. Había otro edificio con una suerte de balcón
terraza de pared de ladrillos, cubierto hasta la mitad con una mampara. Juan.
El futuro. Lo incierto. El colegio más
abajo los celos. Una antena contra el cielo la carrera. El puro cielo, las
formas de las nubes la muerte. Papá. Un avión la infancia la maternidad. Las
hojas de los árboles el deseo.
Siempre
tenía un vaso de cocacola en la mesita detrás del diván y el aire encendido. En
el invierno dejé. Nunca voy a saber cómo es ese paisaje con el aire gélido de
julio. Para ser una buena licenciada primero hay licenciarse, me dijo una vez.
Todavía me sirve esa especie de comodín: para ser una buena escritora hay que
escribir. Escribir, aunque resulte inverosímil. Aunque nada tenga todavía un rumbo
ni un sentido. Escribir porque el sentido se revela ficticio, y la escritura es
ficción y salvataje. Ficción salvaje. Escribir para entrar en comunión con la
ficción. Confesión y confección.
06 octubre 2014
Estado de sitio
Venía pensando en esa vecina que siempre lo ataja con aire de moscardón para hacerlo partícipe de una serie de indignaciones. Esa loca de pelo rojo que le grita al gato como si fuera un chico al que odia. En eso, zá, una baldosa desacomodada interrumpe la trayectoria del pie derecho y todo el edificio de su cuerpo se abalanza, en plancha, sobre la vereda. Ni tiempo para poner las manos. Permaneció unos instantes ahí, con el cachete adherido al piso, viendo pasar suelas de zapatos y desparramarse las latas que llevaba en la bolsa: la de arvejas fue a parar a la calle y un auto la hizo tortilla contra el asfalto, las de porotos rodaron hacia el cordón pero abrevaron en un desnivel; una se deslizó por el cantero y quedó pegadita a un excremento de perro; la otra fue inmediatamente abordada por un desfile de hormigas que pasaba. A la de remolacha le perdió el rastro.
Se fue levantando de a poco mientras iba decidiendo olvidar las latas caídas. Enderezó de nuevo hacia el supermercado y al entrar descubrió con asombro que era un lugar. Un lugar: un habitáculo más bien rectangular, con un techo bastante feo y pintura descascarada; con aparadores contra las paredes laterales y dos paralelos a estas, pero ubicados en el medio, que dividían el espacio en tres pasillos. Y en los estantes había cosas, comestibles mayormente. Adelante, cerca de la entrada, una especie de escritorio detrás del cual un hombre sentado manipulaba comestibles que la gente le iba pasando. Frente al escritorio había unos armarios con puertas transparentes que almacenaban más comestibles. Todo esto le pareció rarísimo, y decidió salir inmediatamente de allí.
Caminó una cuadra pensando en ir al supermercado de la avenida, pero recordó que para reponer las latas perdidas necesitaría más dinero, por lo que dobló en la esquina y entró al banco. Casi pega un grito cuando, al trasponer la puerta, comprobó que ese también era un lugar: un cubo amplio, blanco y limpio, casi vacío, el piso brillante, máquinas contra las paredes y al fondo tres pequeños escritorios con ventanas y gente sentada detrás. Otra gente formando fila en el medio del cubo, rodeada por cintas que salían de postes apoyados en el piso. Con una lógica que no llegaba a comprender, las personas se iban acercando una a una a los escritorios y se quedaban allí unos momentos -haciendo sabe dios qué, porque estaban de espalda-, luego se iban y otro de la fila ocupaba su lugar. Los del otro lado, por su parte, nunca abandonaban su sitio detrás de los escritorios, aunque en algunos momentos se alejaban hacia el fondo, de espaldas a la gente de la fila. Todo parecía responder a un orden preciso, aunque incomprensible. Le resultó definitivamente inquietante, por lo que salió del banco, preocupado, y optó por ir a la comisaría para dar aviso y alarma. Apenas terminó de subir los dos peldaños de la entrada notó, horrorizado, que la comisaría había desaparecido y que en su lugar había un desangelado espacio en forma de ele, con las paredes pintadas de un gris topo asfixiante, un banco de madera repleto de gente con cara de preocupación, y un mostrador alargado detrás del cual se agazapaba hasta la cintura una muchacha de labios color chicle mascando idem. Huyó despavorido y bajó por la escalera del subte, sólo para corroborar lo que ya se temía: allí abajo no había más que un sótano alargado, húmedo y maloliente, de techo abovedado cubierto de azulejos, y con un ancho surco en el medio por el que ¡horror! ahora mismo se acercaba un enorme gusano metálico que digería en simultáneo a varios seres humanos de rostro inexpresivo, evidentemente ya inconscientes a causa de la deglución a la que estaban siendo sometidos. Una vez detenida la bestia, vio cómo su superficie lateral se abría en varios puntos dando lugar a enormes huecos por los que algunos afortunados podían escapar, pero otros, que habían estado de pie junto al surco, eran simultáneamente succionados; inmediatamente, la piel del bicho cicatrizaba dejándolos adentro, y el monstruoso esqueleto se echaba a andar nuevamente, produciendo un rugido francamente terrorífico.
Por fortuna, logró salir sin ser devorado, y resolvió, dado que la ciudad parecía haberse convertido en la quintaesencia del horror, volver a la seguridad de su hogar y esperar comunicados oficiales que indicaran cómo debían proceder los ciudadanos de bien ante el avance espantoso de este estado de sitio que amenazaba con convertir en lugares todas las convenciones necesarias para vivir decentemente.
Pero al llegar al hall del edificio, ¡malaya!, demasiado tarde: pasillo oscuro, con piso de porcelanato y un empapelado florido que amenazaba con derrumbarse sobre su pobre humanidad. Supuso que el ascensor estaría a salvo, pero tampoco: un cubículo de un metro por un metro, tapizado de espejos e iluminado por horrendas luces dicroicas, y, para peor, elevándose a velocidad crucero hasta el piso ocho. Quiso creer que su hogar, último refugio de la dignidad, lo salvaría de enloquecer del todo. Puso la llave en la cerradura y se encomendó a todos los santos. La mirada recorrió con desoladora lentitud lo que para ese momento ya no era su hogar sino un volumen rectangular de tres por cinco, salpicado con algunas sillas de madera, una mesa redonda de caoba y un gran sillón de tres cuerpos sobre el cual dormitaba enroscado un animalito naranja de gruesos bigotes.
Pero al llegar al hall del edificio, ¡malaya!, demasiado tarde: pasillo oscuro, con piso de porcelanato y un empapelado florido que amenazaba con derrumbarse sobre su pobre humanidad. Supuso que el ascensor estaría a salvo, pero tampoco: un cubículo de un metro por un metro, tapizado de espejos e iluminado por horrendas luces dicroicas, y, para peor, elevándose a velocidad crucero hasta el piso ocho. Quiso creer que su hogar, último refugio de la dignidad, lo salvaría de enloquecer del todo. Puso la llave en la cerradura y se encomendó a todos los santos. La mirada recorrió con desoladora lentitud lo que para ese momento ya no era su hogar sino un volumen rectangular de tres por cinco, salpicado con algunas sillas de madera, una mesa redonda de caoba y un gran sillón de tres cuerpos sobre el cual dormitaba enroscado un animalito naranja de gruesos bigotes.
03 septiembre 2014
06 agosto 2014
La autopista mineral
El sueño era así: iba en un coche con amigos, en una autopista cargadísima, a mucha velocidad. Tenía miedo de chocar. Mejor dicho: sabía que, en algún momento, íbamos a chocar. Era la autopista mineral, me decían o yo decía. Esa era la explicación.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
04 agosto 2014
cuatro de agosto
pa
papá
papi
aprovecho este cuatro de agosto
para nombrarte
pa
papi
como un golpeteo de tambor
papá
me gusta
que suene
pa
papi
en mí queda raro
decirlo
queda lejos
queda triste
pa
papi
papá
me gusta nombrarte
como si tal cosa
papi
no tengo cielo
suficiente
y eso que es radiante
este cuatro de agosto
papá
para recordarte
papi
tu sonrisa
de bigotes
tus ojos
de filmadora
gracias
pa
por todo
pero
papi
por favor
quedate
no te vayas
de mis palabras
papá
pa
papi
02 agosto 2014
Puertas marcadas
Cuando era chica, a los 11 años, recibía la Billiken los sábados a la mañana. Ese año venían por fascículos el Antiguo y el Nuevo Testamento. Yo, que no había tenido una educación religiosa, me los leía como una golosina, alucinada con las historias. Me acuerdo que me impresionó particularmente la historia de Moisés y las plagas, en especial la última, la de la muerte del primogénito. La idea de un dios inmaterial, entrando en las casas de los egipcios y matando a los bebés, pero, sobre todo, la de la marca en la puerta, me resultaba siniestra. Y entonces me preguntaba por qué los judíos estarían tan convencidos de tener un dios aparte, uno que reconociera las marcas en las puertas de sus casas para que la desgracia pasara de largo. Qué pruebas tenían de que funcionaría. Y me imaginaba el terror de esa noche, el insomnio de esos padres y madres esperando el amanecer y rogando que dios existiera y fuera certera la marca y que no se confundiera.
El Estado de Israel tiene medios para proteger a sus ciudadanos. Hablo con mi familia que vive allá y ellos están bien, tranquilos, de algún modo acostumbrados a estos conflictos, tomando los recaudos necesarios, atentos a las sirenas, con sus refugios cerca, pero siguiendo con su vida.
Leo las noticias sobre Gaza y los muertos son miles, niños la mayor parte.
Israel sólo quiere asesinar terroristas, dicen. ¿Pensarán que el prodigio de dios hará que la muerte pase de largo las casas de esos niños? Si es que acaso piensan que dios tiene algo que ver con tirar bombas. Si es que acaso piensan, todavía, en dios.

El Estado de Israel tiene medios para proteger a sus ciudadanos. Hablo con mi familia que vive allá y ellos están bien, tranquilos, de algún modo acostumbrados a estos conflictos, tomando los recaudos necesarios, atentos a las sirenas, con sus refugios cerca, pero siguiendo con su vida.
Leo las noticias sobre Gaza y los muertos son miles, niños la mayor parte.
Israel sólo quiere asesinar terroristas, dicen. ¿Pensarán que el prodigio de dios hará que la muerte pase de largo las casas de esos niños? Si es que acaso piensan que dios tiene algo que ver con tirar bombas. Si es que acaso piensan, todavía, en dios.

22 junio 2014
Suerte
Rodó un par de vueltas cuando la golpeó el coche (¿o fueron dos coches?). Yo había doblado justo en esa esquina, volviendo sobre mis pasos por miedo a unos muchachos gritones de la otra cuadra, para el lado de Rivadavia. Salió volando hacia la calle, eso fue lo que vi; y el golpe del coche (¿los coches?). Vi que rodó, sí, unas dos o tres veces, y entonces empecé a gritar (¿a gritar? No lo recuerdo bien), creo que dije "no, no, no, no", tal vez en un susurro. Sé que me quité los auriculares y me oí decir "no, no, no, no" (aunque no sé si gritaba; nadie me miró). La calle estaba en silencio, pero había algunas personas a mitad de cuadra. Los coches (¿el coche?) siguieron su camino, y la perrita volvió, una flecha, hacia la vereda. Corriendo.
"No, no. No", repetía yo. En la mitad de cuadra una mujer esperaba algo. La perra corría ahora hacia la esquina. "No". Cerré los ojos. Los abrí. Creo que corrí. Ahora la perra volvía. Una nena, unos pasos adelante de mí, logró detenerla. La mujer seguía esperando.
-¿Es suya?- le pregunté. (¿La nena o la perra?).
La perra jadeaba, con los ojos desorbitados. Tironeaba de una cuerda que la nena le ponía torpemente en el cuello. Sé que pensé "no, no, no, no". La mujer me miró y estaba desencajada. Jadeaba también.
-No la puedo controlar,- me decía mientras los ojos se le perdían en otra cosa.-No la puedo controlar,-(¿A la nena o a la perra?)-¿Te interesa?.
"Claro que me interesa", pensé.
-No, no, no,- tartamudeaba- es que vi el accidente. Pobrecita.- dije.
-Fue un golpe, nada más- seguía ella, miraba a la nena.-No le pasó nada. ¿La querés?.
"Pobrecita", pensé. "Pobre"
-No, no, no, no- dije- tengo un gato, vivo en un lugar pequeño; no, no. No puedo tenerla.
La perra jadeaba con la mirada perdida. La mujer insistía:
-Estoy teniendo un problema familiar por esta perra. Trece años tiene, no la cuida, trece años tiene, mi hija, no le importa nada- seguía ella con su furia, mirando siempre a otro lugar.
La palabra hija fue como un dardo. Ahí miré a la nena que en silencio sostenía la cuerda que la perra tironeaba, jadeando, queriendo salir corriendo. Salir corriendo las dos; las tres, digo. La nena no miraba, no sé si veía. Era como si el dardo de la palabra hija la hubiera hecho visible y ciega. Estuvo quieta ahí mientras la mujer entró a controlar a otro perro de la casa. Yo le dije a su cara de ausencia que había lugares a donde llevarla (¿a quién?), la madre ya volvía diciendo:
-Dejá, no te molestes, a ella igual no le importa nada- y la palabra ella fue otro dardo, más filoso que el anterior, y la nena tenía cara de "no, no, no, no". Cara de nadie. Parada ahí con la perra que se le zafaba de la soga.
-La estoy llevando al parque- dijo la madre (¿a quién?).
-Pobrecita- atiné a decir.
-Yo no puedo más, que se ocupe otro- (¿de quién?).
"La perra qué culpa tiene", pensé (¿o dije?); la nena miraba a la nada mientras la perra se zafaba de nuevo y yo, que era una extraña, me empezaba a ir lentamente (¿o corría?) hacia la esquina, olvidada ya de los amenazantes gritos que me habían hecho dar la vuelta. En el último instante, la mujer me escupió:
-Gracias, igual.- mientras arriaba a un tiempo la puerta, la niña, la perra.
Yo volví a ponerme el auricular y sé que doblé la esquina a tiempo, antes de decir
-Suerte.
13 junio 2014
Señora
Ella estaba en mi casa. Familiarmente, me parece recordar.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.
Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.
Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.
11 junio 2014
Arrojo
No es algo de ahora, este descubrimiento. Lo vengo pensando desde antes de dejar terapia.
Yo las veo a esas jóvenes estudiantes apropiarse de la escritura, con ese despilfarro de confianza que caracteriza ciertos años de la vida. Las veo desempeñarse alegremente en los espacios de reconocimiento correspondientes, y hacerlo con... cómo decirlo... arrojo. Ese arrojo del que sabe que tiene con qué y no le importa lo que vayan a pensar, no le importa el fracaso porque esa palabra no está en su archivo.
Yo fui así una vez, en otra carrera. Me llevaba el mundo por delante, con mis 20 años, cuando me decían que era muy chica para ser directora. No me importaba. Me tenía fe. Era orgullosa, intrépida; escribía los textos y se los daba a los actores (¡caradura!). Era del centro de estudiantes. Iba a ver obras, opinaba, me metía en proyectos, cursaba de a cinco materias.
Después no sé qué pasó. O sí. Pero todavía no descifré cómo fue que pasó. Me perdí.
Me perdí.
Me busqué.
Lloré cuando no me encontraba.
Sufrí cuando me reencontré y no me gusté.
Me perdí de nuevo, me dejé olvidada.
Pasaron casi diez años.
Volví. No así, como a los 20. Pero creo que recuperé algo de ese arrojo, de esa confianza ciega que es el único motor posible para hacer; para ser.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
01 junio 2014
tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo
acá, en el costadito
lo que susurra de noche
y se cuela en los paisajes
entra y sale
de escena
reposa lento en la hamaca
y se marea
acá, en el centro
lo que salta de la rama
al cielo
abierto, crece
se hace nido
empieza a zumbar
acá, bajito
letanía
pasitos que avanzan
en silencio
no importa qué promete
es la promesa
lo que se queda
después del sueño
lo que susurra de noche
y se cuela en los paisajes
entra y sale
de escena
reposa lento en la hamaca
y se marea
acá, en el centro
lo que salta de la rama
al cielo
abierto, crece
se hace nido
empieza a zumbar
acá, bajito
letanía
pasitos que avanzan
en silencio
no importa qué promete
es la promesa
lo que se queda
después del sueño
07 mayo 2014
Cofi breiquin
Bueno: a mí me gusta el café. Últimamente, desde que tengo mi maquinita, digamos que me gusta más que antes, y que, con mi sibaritismo mediopelo, me están pareciendo medio intomables algunos cafeses que antes me gustaban (sobre todo los de Puan)
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Más allá de lo cómica y grotesca que fue toda la escena, me fui pensando que así es como una sociedad se degrada: asumiendo que el pobre sólo tiene derecho a vivir para sobrevivir.
30 abril 2014
salgo y soy como una flecha que va, va, va, trazo un recorrido con mis pasos, me llevo, no me detengo, esquivo a la gente que pasa, no estoy apurada pero no puedo parar, hago zig zag, desafío a los semáforos, no pienso, voy, camino y no pienso, como si fuera una máquina, como si me llevara otro, voy como una flecha que tiene fijado de antemano el destino y no tiene más que seguir la trayectoria fijada entre dos puntos, soy como una bala que se endereza una vez y para siempre, sigo caminando y no miro las vidrieras aunque las veo pasar, miro el cielo gris plomo, bajo, de mi ciudad, como un sombrero sobre los edificios, miro ese cielo que es nuestro, tan distinto de todos los demás, denso y bien delimitado, como una frazada que no alcanza a cubrir todo el colchón, los árboles que hacen un coro de verdes sobre la gente que corre o toma mate, camino y doblo, bajo el cordón, cruzo la avenida, esquivo el mar de gente que va o vuelve, tomo decisiones imperceptibles pero sigo, siempre sigo y no paro, no me detengo nunca más, sigo como la flecha siempre para adelante, a encontrarme con el destino que no me espera ni yo lo busco porque aunque vaya sin querer allá voy
12 abril 2014
Abril, 12
El 160 sigue pasando, indefectiblemente, por esa esquina de Medrano en la que tantas veces bajé ansiosa por llegar hasta una puerta celeste a la mitad de cuadra, en frente de la plaza. Detrás de la puerta celeste había un zaguán, de esos de azulejos, antiguo y fresco. La puerta tenía una mirilla redonda y saltona como un ojo de sapo, y una cerradura ruidosa de chapa. Había que esperar el sonido de los pasos que venían del fondo -porque era una casa chorizo-, parada en el escalón. Después, la puerta se abría y era una bienvenida reída que sonaba "miamorcito, midivina", un abrazo fuerte y un chuik cerca de la oreja que quedaba zumbando un rato. Después del zaguán se pasaba por el "boliche", y de ahí al patio, donde venía el olor de la comida (ese que me sopapeó en el guetto de Venezia), el calor del horno en invierno y el frescor de la enredadera en verano, la siesta que empezábamos juntas, y después despertarme con el ruido suave de la radio desde la cocina, el té con tostadas y el bigote de queso blanco.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.
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