13 junio 2014

Señora

Ella estaba en mi casa. Familiarmente, me parece recordar.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.

Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.

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