12 abril 2014

Abril, 12

El 160 sigue pasando, indefectiblemente, por esa esquina de Medrano en la que tantas veces bajé ansiosa por llegar hasta una puerta celeste a la mitad de cuadra, en frente de la plaza. Detrás de la puerta celeste había un zaguán, de esos de azulejos, antiguo y fresco. La puerta tenía una mirilla redonda y saltona como un ojo de sapo, y una cerradura ruidosa de chapa. Había que esperar el sonido de los pasos que venían del fondo -porque era una casa chorizo-, parada en el escalón. Después, la puerta se abría y era una bienvenida reída que sonaba "miamorcito, midivina", un abrazo fuerte y un chuik cerca de la oreja que quedaba zumbando un rato. Después del zaguán se pasaba por el "boliche", y de ahí al patio, donde venía el olor de la comida (ese que me sopapeó en el guetto de Venezia), el calor del horno en invierno y el frescor de la enredadera en verano, la siesta que empezábamos juntas, y después despertarme con el ruido suave de la radio desde la cocina, el té con tostadas y el bigote de queso blanco.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.


No hay comentarios.: