Si yo fuera científica
del Conicet
presentaría un proyecto
para inventar el brebaje
de la felicidad.
Al tomarlo
se sentiría en el cuerpo
la cosquilla prístina
del primer beso.
La probaría primero
conmigo
en el desayuno.
Eventualmente,
no podría dejarla.
Sería su esclava.
Viviría besando
y siendo besada
con esa ansiedad
con esa promesa
con esa magia
de la primera vez.
Me acecharían
temblores
y espasmos
de amor
a cada rato
(porque llevaría,
escondidas en la cartera,
algunas dosis,
y las administraría
con celo
durante todo el día)
En algún momento
el médico diría
que ya fue suficiente.
Que ningún cuerpo aguanta
esa intensidad
arrolladora
prolongándose en el tiempo.
Que nada puede
ni debe
durar para siempre.
Entonces yo dejaría
el brebaje
y vendrían los sudores
los padecimientos
de la abstinencia.
Me aferraría a la cama
como una posesa
clamando por una gota,
siquiera,
de esa emoción
esperanzadora.
Tendría la fiebre del llanto
y el llanto de la fiebre.
Y si alguien,
compadeciéndose
de mi estado,
viniera y me besara
los labios
amoratados por la angustia,
yo nada sentiría.
Ni amor
ni deseo.
Sólo una leve cosquilla
parecida al desengaño.
29 julio 2015
20 julio 2015
Historia de un 20 de julio
Fue hace nueve años, Julia.
Teníamos poco más de veinte cada uno, y ya habíamos probado nuestros besos, pero sin todavía decidir qué hacer con esa magia.
Yo compré un plumín con tinta y una libreta; un par de excusas para verlo.
Nos sentamos en una esquina, como nos gustaba hacer en ese entonces. Le di mi regalo. Le gustó.
Nos sentamos a comer panqueques en Carlitos, como solíamos hacer en ese entonces.
Hablamos un rato, supongo. Una conversación de esas que están ahí para llegar a otra cosa, un relleno hecho de silencios y palabras.
Entonces él me dijo un piropo y ahí sí, echó a andar el tiempo de esa noche.
Nos dimos unos cuantos besos, y una promesa de amor que sólo la luna supo, en la puerta de mi casa. Al día siguiente me fui de viaje con esos besos atesorados en los labios.
Y hubo una vez que decidimos redoblar esa promesa. Él habló de un cuento que había estado en el bolsillo de su saco durante mucho tiempo, recordándole algo importante. Habló del hogar. Papel y tinta, una modesta forma de sentirse en casa. Todo eso que ahora, parece, ya no tiene valor en su mundo.
Un día vinimos a ver esta casa y nos paramos en el cuarto vacío, mirando para adelante. Parecía inmensa. Era una tarde lluviosa de Agosto y la casa prometía su refugio. Y en esa trayectoria (la de nuestros ojos, desde la punta del cuarto hasta el balcón) entraron muchas ganas.
Hoy están ahí, en ese cuarto que soñamos para vos, todas sus cosas, listas para que se las lleve. Porque esas promesas se rompieron, o esas ganas se pusieron viejas, o se le volvieron ajenas.
Entonces, Julia, hay este último desgarro antes de recibirte. Después, te prometo, ese cuarto va a ser tu luna. Tu refugio y tu taller de sueños. Algo, sí, va a quedar de este dolor. Una historia que voy a contarte con las palabras más sencillas que encuentre. Porque, sabés, yo sí creo que la historia está impregnada en cada uno de nuestros poros. Que soy -que somos- también el recuerdo de lo que fuimos. Si no fuera así, Julia, no te estaríamos esperando.
Teníamos poco más de veinte cada uno, y ya habíamos probado nuestros besos, pero sin todavía decidir qué hacer con esa magia.
Yo compré un plumín con tinta y una libreta; un par de excusas para verlo.
Nos sentamos en una esquina, como nos gustaba hacer en ese entonces. Le di mi regalo. Le gustó.
Nos sentamos a comer panqueques en Carlitos, como solíamos hacer en ese entonces.
Hablamos un rato, supongo. Una conversación de esas que están ahí para llegar a otra cosa, un relleno hecho de silencios y palabras.
Entonces él me dijo un piropo y ahí sí, echó a andar el tiempo de esa noche.
Nos dimos unos cuantos besos, y una promesa de amor que sólo la luna supo, en la puerta de mi casa. Al día siguiente me fui de viaje con esos besos atesorados en los labios.
Y hubo una vez que decidimos redoblar esa promesa. Él habló de un cuento que había estado en el bolsillo de su saco durante mucho tiempo, recordándole algo importante. Habló del hogar. Papel y tinta, una modesta forma de sentirse en casa. Todo eso que ahora, parece, ya no tiene valor en su mundo.
Un día vinimos a ver esta casa y nos paramos en el cuarto vacío, mirando para adelante. Parecía inmensa. Era una tarde lluviosa de Agosto y la casa prometía su refugio. Y en esa trayectoria (la de nuestros ojos, desde la punta del cuarto hasta el balcón) entraron muchas ganas.
Hoy están ahí, en ese cuarto que soñamos para vos, todas sus cosas, listas para que se las lleve. Porque esas promesas se rompieron, o esas ganas se pusieron viejas, o se le volvieron ajenas.
Entonces, Julia, hay este último desgarro antes de recibirte. Después, te prometo, ese cuarto va a ser tu luna. Tu refugio y tu taller de sueños. Algo, sí, va a quedar de este dolor. Una historia que voy a contarte con las palabras más sencillas que encuentre. Porque, sabés, yo sí creo que la historia está impregnada en cada uno de nuestros poros. Que soy -que somos- también el recuerdo de lo que fuimos. Si no fuera así, Julia, no te estaríamos esperando.
09 julio 2015
¿Nunca nevó en Buenos Aires?
Sí.
La calle olía a pista de patinaje
el frío estaba adherido en las mejillas
y las bufandas ondeaban misteriosamente
como en esa foto del hombre en la luna.
Una luna de invierno
Otro veinte de Julio
Empezó el tiempo
Y en otros fríos lejanos
felices
de heladas fuentes brotaron deseos
***
Mi ternura inmóvil
como el axolote del cuento
existe y espera una transmigración.
De este lado del vidrio no hay
verdaderamente
un tiempo que pasa.
El pasado es veneno del presente.
Contamina el agua de melancólicas muertes.
No hay mañana.
Siempre es ahora. Y ahora es nunca.
Sí.
La calle olía a pista de patinaje
el frío estaba adherido en las mejillas
y las bufandas ondeaban misteriosamente
como en esa foto del hombre en la luna.
Una luna de invierno
Otro veinte de Julio
Empezó el tiempo
Y en otros fríos lejanos
felices
de heladas fuentes brotaron deseos
***
Mi ternura inmóvil
como el axolote del cuento
existe y espera una transmigración.
De este lado del vidrio no hay
verdaderamente
un tiempo que pasa.
El pasado es veneno del presente.
Contamina el agua de melancólicas muertes.
No hay mañana.
Siempre es ahora. Y ahora es nunca.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)