Bueno: a mí me gusta el café. Últimamente, desde que tengo mi maquinita, digamos que me gusta más que antes, y que, con mi sibaritismo mediopelo, me están pareciendo medio intomables algunos cafeses que antes me gustaban (sobre todo los de Puan)
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Más allá de lo cómica y grotesca que fue toda la escena, me fui pensando que así es como una sociedad se degrada: asumiendo que el pobre sólo tiene derecho a vivir para sobrevivir.
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