06 octubre 2014

Estado de sitio

         Venía pensando en esa vecina que siempre lo ataja con aire de moscardón para hacerlo partícipe de una serie de indignaciones. Esa loca de pelo rojo que le grita al gato como si fuera un chico al que odia. En eso, zá, una baldosa desacomodada interrumpe la trayectoria del pie derecho y todo el edificio de su cuerpo se abalanza, en plancha, sobre la vereda. Ni tiempo para poner las manos. Permaneció unos instantes ahí, con el cachete adherido al piso, viendo pasar suelas de zapatos y desparramarse las latas que llevaba en la bolsa: la de arvejas fue a parar a la calle y un auto la hizo tortilla contra el asfalto, las de porotos rodaron hacia el cordón pero abrevaron en un desnivel; una se deslizó por el cantero y quedó pegadita a un excremento de perro; la otra fue inmediatamente abordada por un desfile de hormigas que pasaba. A la de remolacha le perdió el rastro. 
         Se fue levantando de a poco mientras iba decidiendo olvidar las latas caídas. Enderezó de nuevo hacia el supermercado y al entrar descubrió con asombro que era un lugar. Un lugar: un habitáculo más bien rectangular, con un techo bastante feo y pintura descascarada; con aparadores contra las paredes laterales y dos paralelos a estas, pero ubicados en el medio, que dividían el espacio en tres pasillos. Y en los estantes había cosas, comestibles mayormente. Adelante, cerca de la entrada, una especie de escritorio detrás del cual un hombre sentado manipulaba comestibles que la gente le iba pasando. Frente al escritorio había unos armarios con puertas transparentes que almacenaban más comestibles. Todo esto le pareció rarísimo, y decidió salir inmediatamente de allí.
         Caminó una cuadra pensando en ir al supermercado de la avenida, pero recordó que para reponer las latas perdidas necesitaría más dinero, por lo que dobló en la esquina y entró al banco. Casi pega un grito cuando, al trasponer la puerta, comprobó que ese también era un lugar: un cubo amplio, blanco y limpio, casi vacío, el piso brillante, máquinas contra las paredes y al fondo tres pequeños escritorios con ventanas y gente sentada detrás. Otra gente formando fila en el medio del cubo, rodeada por cintas que salían de postes apoyados en el piso. Con una lógica que no llegaba a comprender, las personas se iban acercando una a una a los escritorios y se quedaban allí unos momentos -haciendo sabe dios qué, porque estaban de espalda-, luego se iban y otro de la fila ocupaba su lugar. Los del otro lado, por su parte, nunca abandonaban su sitio detrás de los escritorios, aunque en algunos momentos se alejaban hacia el fondo, de espaldas a la gente de la fila. Todo parecía responder a un orden preciso, aunque incomprensible. Le resultó definitivamente inquietante, por lo que salió del banco, preocupado, y optó por ir a la comisaría para dar aviso y alarma. Apenas terminó de subir los dos peldaños de la entrada notó, horrorizado, que la comisaría había desaparecido y que en su lugar había un desangelado espacio en forma de ele, con las paredes pintadas de un gris topo asfixiante, un banco de madera repleto de gente con cara de preocupación, y un mostrador alargado detrás del cual se agazapaba hasta la cintura una muchacha de labios color chicle mascando idem. Huyó despavorido y bajó por la escalera del subte, sólo para corroborar lo que ya se temía: allí abajo no había más que un sótano alargado, húmedo y maloliente, de techo abovedado cubierto de azulejos, y con un ancho surco en el medio por el que ¡horror! ahora mismo se acercaba un enorme gusano metálico que digería en simultáneo a varios seres humanos de rostro inexpresivo, evidentemente ya inconscientes a causa de la deglución a la que estaban siendo sometidos. Una vez detenida la bestia, vio cómo su superficie lateral se abría en varios puntos dando lugar a enormes huecos por los que algunos afortunados podían escapar, pero otros, que habían estado de pie junto al surco, eran simultáneamente succionados; inmediatamente, la piel del bicho cicatrizaba dejándolos adentro, y el monstruoso esqueleto se echaba a andar nuevamente, produciendo un rugido francamente terrorífico.
          Por fortuna, logró salir sin ser devorado, y resolvió, dado que la ciudad parecía haberse convertido en la quintaesencia del horror, volver a la seguridad de su hogar y esperar comunicados oficiales que indicaran cómo debían proceder los ciudadanos de bien ante el avance espantoso de este estado de sitio que amenazaba con convertir en lugares todas las convenciones necesarias para vivir decentemente.
          Pero al llegar al hall del edificio, ¡malaya!, demasiado tarde: pasillo oscuro, con piso de porcelanato y un empapelado florido que amenazaba con derrumbarse sobre su pobre humanidad. Supuso que el ascensor estaría a salvo, pero tampoco: un cubículo de un metro por un metro, tapizado de espejos e iluminado por horrendas luces dicroicas, y, para peor, elevándose a velocidad crucero hasta el piso ocho. Quiso creer que su hogar, último refugio de la dignidad, lo salvaría de enloquecer del todo. Puso la llave en la cerradura y se encomendó a todos los santos. La mirada recorrió con desoladora lentitud lo que para ese momento ya no era su hogar sino un volumen rectangular de tres por cinco, salpicado con algunas sillas de madera, una mesa redonda de caoba y un gran sillón de tres cuerpos sobre el cual dormitaba enroscado un animalito naranja de gruesos bigotes.

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