Mostrando las entradas con la etiqueta la ciudad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta la ciudad. Mostrar todas las entradas

15 abril 2015

Adopción

Los miércoles no trabajo entonces voy al super.

Voy al super, y, de ida, reparo en una prolija pila de tres cajas, todas atadas con impecable piolín pizzero, en la esquina de Bulnes y Lavalle, junto a un auto estacionado.
Vuelvo del super, y reparo nuevamente en las cajas, que siguen ahí, prolijamente estibadas como si alguien las estuviera por trasladar en uno de esos carritos con dos ruedas y manijas. Pero no, porque ahí estaban hace 40 minutos y ahí siguen ahora, sin nadie que las custodie ni de cerca ni de lejos.
Me acerco y miro por la hendija tras el piolín (alguien, parece, ya se vio tentado, como yo, por ver qué había adentro, y rasgó el cartón de la tapa).
LIBROS. Son libros.
Un pibe pone la llave en la puerta de ph que está justo en frente de las cajas; me mira con curiosidad, yo le devuelvo la mirada y le pregunto si son suyos.
No son suyos, y entre los dos empezamos a abrir la primera caja, como si de un regalo navideño se tratara. Revisamos, revolvemos, comentamos. Pasan dos laburantes y nos hacen una broma, "¡Eh! ¡mis libros!", todos reímos. Pasa un señor y dice "Para deleite de los cartoneros". El chico y yo nos reímos, pero no. No va a ser. "Si querés llevártelos, te ayudo", me dice. Todos, no. No tengo espacio, tengo que escribir cuatro monografías y un proyecto de adscripción, tengo tanto para leer, tengo que hacer lugar.
Pero algunos.
Y vamos eligiendo. Él no quiere llevarse más que uno, como recuerdo del momento. Le recomiendo Othelo. La gran mayoría son de la Colección Austral, de Espasa Calpe. Clásicos y clásicos.
Aparece otro, un señor. Trabaja a la vuelta, dice.
"¿Son libros abandonados?". Abandonados, dice. Me conmueve porque, de pronto, comprendo lo que estamos haciendo: los estamos rescatando.
Sí, señor, libros prolijamente abandonados, casi como pidiendo seguir siendo lo que son. Llevémoslos antes de que llueva, o de que se conviertan en papel picado.
Y cada uno se arma su petit biblioteca. Y nos decimos los nombres. Y nos vamos.

22 junio 2014

Suerte

Rodó un par de vueltas cuando la golpeó el coche (¿o fueron dos coches?). Yo había doblado justo en esa esquina, volviendo sobre mis pasos por miedo a unos muchachos gritones de la otra cuadra, para el lado de Rivadavia. Salió volando hacia la calle, eso fue lo que vi; y el golpe del coche (¿los coches?). Vi que rodó, sí, unas dos o tres veces, y entonces empecé a gritar (¿a gritar? No lo recuerdo bien), creo que dije "no, no, no, no", tal vez en un susurro. Sé que me quité los auriculares y me oí decir "no, no, no, no" (aunque no sé si gritaba; nadie me miró). La calle estaba en silencio, pero había algunas personas a mitad de cuadra. Los coches (¿el coche?) siguieron su camino, y la perrita volvió, una flecha, hacia la vereda. Corriendo.
"No, no. No", repetía yo. En la mitad de cuadra una mujer esperaba algo. La perra corría ahora hacia la esquina. "No". Cerré los ojos. Los abrí. Creo que corrí. Ahora la perra volvía. Una nena, unos pasos adelante de mí, logró detenerla. La mujer seguía esperando.
-¿Es suya?- le pregunté. (¿La nena o la perra?).
La perra jadeaba, con los ojos desorbitados. Tironeaba de una cuerda que la nena le ponía torpemente en el cuello. Sé que pensé "no, no, no, no". La mujer me miró y estaba desencajada. Jadeaba también.
-No la puedo controlar,- me decía mientras los ojos se le perdían en otra cosa.-No la puedo controlar,-(¿A la nena o a la perra?)-¿Te interesa?.
"Claro que me interesa", pensé.
-No, no, no,- tartamudeaba- es que vi el accidente. Pobrecita.- dije.
-Fue un golpe, nada más- seguía ella, miraba a la nena.-No le pasó nada. ¿La querés?.
"Pobrecita", pensé. "Pobre"
-No, no, no, no- dije- tengo un gato, vivo en un lugar pequeño; no, no. No puedo tenerla. 
La perra jadeaba con la mirada perdida. La mujer insistía:
-Estoy teniendo un problema familiar por esta perra. Trece años tiene, no la cuida, trece años tiene, mi hija, no le importa nada- seguía ella con su furia, mirando siempre a otro lugar.
La palabra hija fue como un dardo. Ahí miré a la nena que en silencio sostenía la cuerda que la perra tironeaba, jadeando, queriendo salir corriendo. Salir corriendo las dos; las tres, digo. La nena no miraba, no sé si veía. Era como si el dardo de la palabra hija la hubiera hecho visible y ciega. Estuvo quieta ahí mientras la mujer entró a controlar a otro perro de la casa. Yo le dije a su cara de ausencia que había lugares a donde llevarla (¿a quién?), la madre ya volvía diciendo:
-Dejá, no te molestes, a ella igual no le importa nada-  y la palabra ella fue otro dardo, más filoso que el anterior, y la nena tenía cara de "no, no, no, no". Cara de nadie. Parada ahí con la perra que se le zafaba de la soga.
-La estoy llevando al parque- dijo la madre (¿a quién?).
-Pobrecita- atiné a decir.
-Yo no puedo más, que se ocupe otro- (¿de quién?).
"La perra qué culpa tiene", pensé (¿o dije?); la nena miraba a la nada mientras la perra se zafaba de nuevo y yo, que era una extraña, me empezaba a ir lentamente (¿o corría?) hacia la esquina, olvidada ya de los amenazantes gritos que me habían hecho dar la vuelta. En el último instante, la mujer me escupió:
-Gracias, igual.- mientras arriaba a un tiempo la puerta, la niña, la perra.
Yo volví a ponerme el auricular y sé que doblé la esquina a tiempo, antes de decir
-Suerte.

07 mayo 2014

Cofi breiquin

Bueno: a mí me gusta el café. Últimamente, desde que tengo mi maquinita, digamos que me gusta más que antes, y que, con mi sibaritismo mediopelo, me están pareciendo medio intomables algunos cafeses que antes me gustaban (sobre todo los de Puan)
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Más allá de lo cómica y grotesca que fue toda la escena, me fui pensando que así es como una sociedad se degrada: asumiendo que el pobre sólo tiene derecho a vivir para sobrevivir.

30 abril 2014

salgo y soy como una flecha que va, va, va, trazo un recorrido con mis pasos, me llevo, no me detengo, esquivo a la gente que pasa, no estoy apurada pero no puedo parar, hago zig zag, desafío a los semáforos, no pienso, voy, camino y no pienso, como si fuera una máquina, como si me llevara otro, voy como una flecha que tiene fijado de antemano el destino y no tiene más que seguir la trayectoria fijada entre dos puntos, soy como una bala que se endereza una vez y para siempre, sigo caminando y no miro las vidrieras aunque las veo pasar, miro el cielo gris plomo, bajo, de mi ciudad, como un sombrero sobre los edificios, miro ese cielo que es nuestro, tan distinto de todos los demás, denso y bien delimitado, como una frazada que no alcanza a cubrir todo el colchón, los árboles que hacen un coro de verdes sobre la gente que corre o toma mate, camino y doblo, bajo el cordón, cruzo la avenida, esquivo el mar de gente que va o vuelve, tomo decisiones imperceptibles pero sigo, siempre sigo y no paro, no me detengo nunca más, sigo como la flecha siempre para adelante, a encontrarme con el destino que no me espera ni yo lo busco porque aunque vaya sin querer allá voy

27 octubre 2013

veinte quince

militancia pulcra de escolares, formaditos, ordenados, que aplauden al mismo tiempo, uniformados en remeras amarillas. chicas y chicos prolijamente vestidos y aseados, cada uno con un trapo de distinto color para revolear por el aire. chicos y chicas con pelos de peluquería, con los labios rojos, con rostros publicitarios. 
fiesta de fin de curso. se gradúan de militantes nacionales. por fin.
y el discurso, largamente ensayado, sale. sale o sale. hay algunos silencios que desorientan a la vicedirectora. hay algunas repeticiones, pero ella lo mira embelesada, con esa mirada también ensayada, aguantando en los labios el impulso de intervenir, o, cuanto menos, de seguir en mute las líneas del director. ella se limita, mansamente -tiene todo bajo control-, a indicar con su mano a la multitud que reduzca sus cánticos. porque el director está hablando de cosas importantes. y el discurso sale, va saliendo. se lanza. y mejor así, que no es para desaprovechar la oportunidad. el acto. 
los chicos aplauden y vivan. el director les habla a ellos, a los jóvenes. a los que no participaron de los debates ideológicos del siglo pasado. en los debates ideológicos que van a morir ahora, a manos de esos jóvenes de remeras amarillas. el director le habla al futuro. que empieza hoy y de cero.
el timing funciona. se palmean detrás de cámaras los jefes de campaña, los productores, los wedding-planners.
porque la política no se trata de discutir modelos teóricos. se trata de bailar y tirar papelitos y revolear remeras, como en una fiesta de egresados.

11 mayo 2013

ciudad farmacia

Sábado por la tarde. 
Algunas personas forman fila para pagar en una farmacia.
Señora está en la fila, cuando Señora 2 pasa a su lado con intención de colocarse al final de la misma.

SEÑORA.- Ay, Señora, mire que recién dijeron que sí había llegado lo suyo, eh.
SEÑORA 2.- (un poco confundida primero, luego contenta) ¿En serio? Ah, qué bueno.
SEÑORA.- Sí, sí, después que usted se fue lo encontraron.
SEÑORA 2.- Ah, bueno, muchas gracias. Ahora voy.

Señora 2 sale rauda hacia el fondo del local. Entre tanto, Señora 3 ha ingresado a la fila, justo detrás de Señora.

SEÑORA.- (mientras Señora 2 se va, un poco a ella y otro poco a Señora 3) No, yo le aviso para ayudarla, porque ellos no le dijeron nada...
SEÑORA 3.- Y, no... qué terrible.
SEÑORA.- A mí me duele. Ya no hay vendedores en mi país.
SEÑORA 3.- Es cierto, antes vos entrabas a un local y el vendedor te ofrecía.
SEÑORA.- ¡Claro! ahora no te muestran más que lo que vos viste en vidriera.
SEÑORA 3.- ¡Qué bárbaro!
SEÑORA.- Y a mí me gusta, si puedo ayudar a alguien, ¿por qué no lo voy a hacer?...
SEÑORA 3.- ¡Si no nos ayudamos entre nosotros, señora... ! ¡Es una barbaridad este país!