13 febrero 2008

pasteles en una vitrina


Uno entra a un negocio de pasteles y las cosas se ven nuevas, radiantes.
Lo que uno no sabe, porque no puede saberlo, es que cuando el negocio cierra, ahí se quedan las cosas. Ahí es donde las encontraremos al otro día, nosotros o quien sea que vaya, y las volveremos a ver recién nacidas.
Se baja la persiana y, puertas adentro, los pasteles se quedan a dormir en las vitrinas, y ya no son tanto comida/postre/tentación, como triste escenografía de un escenario sin público.
Pobres pasteles en las vitrinas, entonces. Pobres también nosotros que no sabemos de sus largas vigilias con el tubo fluorescente apagado, entre tanta oscuridad y silencio, entre tanta quietud y empalago.

Triste, también, es el primer vistazo de la mañana, antes de encender las luminarias, antes de baldear y relucir, antes de que comience el desfile de clientes; antes de que empiece la función. Antes, quizás, de que alguno de estos ostentosos pasteles sea descartado sin más, por haberse pasado de la fecha en la vitrina.

11 febrero 2008

cuento

De un señor que compró una almohada muy pero muy mullida y blanda, se acostó por la noche y jamás volvió a despertar, puesto que su rostro se hundió en la almohada, y ésta, de tan blanda que era, se le metió por las vías respiratorias, y lo ahogó.