Yo las veo a esas jóvenes estudiantes apropiarse de la escritura, con ese despilfarro de confianza que caracteriza ciertos años de la vida. Las veo desempeñarse alegremente en los espacios de reconocimiento correspondientes, y hacerlo con... cómo decirlo... arrojo. Ese arrojo del que sabe que tiene con qué y no le importa lo que vayan a pensar, no le importa el fracaso porque esa palabra no está en su archivo.
Yo fui así una vez, en otra carrera. Me llevaba el mundo por delante, con mis 20 años, cuando me decían que era muy chica para ser directora. No me importaba. Me tenía fe. Era orgullosa, intrépida; escribía los textos y se los daba a los actores (¡caradura!). Era del centro de estudiantes. Iba a ver obras, opinaba, me metía en proyectos, cursaba de a cinco materias.
Después no sé qué pasó. O sí. Pero todavía no descifré cómo fue que pasó. Me perdí.
Me perdí.
Me busqué.
Lloré cuando no me encontraba.
Sufrí cuando me reencontré y no me gusté.
Me perdí de nuevo, me dejé olvidada.
Pasaron casi diez años.
Volví. No así, como a los 20. Pero creo que recuperé algo de ese arrojo, de esa confianza ciega que es el único motor posible para hacer; para ser.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
1 comentario:
Hablo desde el lo que me pasó a mi... Mi gran problema en la vida fue haber logrado mucho a mis 25... Haciendo que la visión ahora a mis 31... Sea de estancamiento puro... Esa sensación de perderse que contas la siento a diario
Publicar un comentario