11 octubre 2014

10-10

Salí y tragué una bocanada de aire que fue como si el mundo entero, la vida que conozco hasta ahora, se me hubiera metido en los pulmones. Lo que vino después se parece bastante a la tristeza y a la euforia de estar viva. Pensé por primera vez, de forma clara, que escribir era una salvación posible. Tengo que empezar un taller. O una novela. Me acordé de Aníbal. Yo iba a terapia a hacer literatura.
(¿Se puede escribir en primera persona, siendo mujer? Es el primer desafío. Volver verosímil esta escritura).
Aníbal atendía en un monoambiente sobre la Avenida Crámer. Desde el diván yo miraba un edificio con ventanales dobles, cornisas, aires acondicionados. Pienso en esas ventanas de vidrios marrones y se me aparece mi madre. Las cornisas y los miedos. Las macetas los sueños. Había otro edificio con una suerte de balcón terraza de pared de ladrillos, cubierto hasta la mitad con una mampara. Juan. El futuro.  Lo incierto. El colegio más abajo los celos. Una antena contra el cielo la carrera. El puro cielo, las formas de las nubes la muerte. Papá. Un avión la infancia la maternidad. Las hojas de los árboles el deseo.

Siempre tenía un vaso de cocacola en la mesita detrás del diván y el aire encendido. En el invierno dejé. Nunca voy a saber cómo es ese paisaje con el aire gélido de julio. Para ser una buena licenciada primero hay licenciarse, me dijo una vez. Todavía me sirve esa especie de comodín: para ser una buena escritora hay que escribir. Escribir, aunque resulte inverosímil. Aunque nada tenga todavía un rumbo ni un sentido. Escribir porque el sentido se revela ficticio, y la escritura es ficción y salvataje. Ficción salvaje. Escribir para entrar en comunión con la ficción. Confesión y confección. 

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