Salí
y tragué una bocanada de aire que fue como si el mundo entero, la vida que
conozco hasta ahora, se me hubiera metido en los pulmones. Lo que vino después
se parece bastante a la tristeza y a la euforia de estar viva. Pensé por
primera vez, de forma clara, que escribir era una salvación posible. Tengo que
empezar un taller. O una novela. Me acordé de Aníbal. Yo iba a terapia a hacer
literatura.
(¿Se
puede escribir en primera persona, siendo mujer? Es el primer desafío. Volver
verosímil esta escritura).
Aníbal
atendía en un monoambiente sobre la Avenida Crámer. Desde el diván yo miraba un
edificio con ventanales dobles, cornisas, aires acondicionados. Pienso en esas
ventanas de vidrios marrones y se me aparece mi madre. Las cornisas y los
miedos. Las macetas los sueños. Había otro edificio con una suerte de balcón
terraza de pared de ladrillos, cubierto hasta la mitad con una mampara. Juan.
El futuro. Lo incierto. El colegio más
abajo los celos. Una antena contra el cielo la carrera. El puro cielo, las
formas de las nubes la muerte. Papá. Un avión la infancia la maternidad. Las
hojas de los árboles el deseo.
Siempre
tenía un vaso de cocacola en la mesita detrás del diván y el aire encendido. En
el invierno dejé. Nunca voy a saber cómo es ese paisaje con el aire gélido de
julio. Para ser una buena licenciada primero hay licenciarse, me dijo una vez.
Todavía me sirve esa especie de comodín: para ser una buena escritora hay que
escribir. Escribir, aunque resulte inverosímil. Aunque nada tenga todavía un rumbo
ni un sentido. Escribir porque el sentido se revela ficticio, y la escritura es
ficción y salvataje. Ficción salvaje. Escribir para entrar en comunión con la
ficción. Confesión y confección.
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