¿Qué vida es esa del sueño?
¿Qué recuerdos inventados?
¿Qué nostalgia?
Un concurso de rock
En el patio de una casa tipo chorizo
(¿En Gualeguay? ¿Cuándo pasó eso?)
Un video casero
Para el colegio
Primeros planos
Actuando bastante bien
Una casa con escalera
Un estudio de médico
¿Quién vivió en esa casa?
Una patineta por los techos
De noche
Con gorro de lana
Nuestros rostros jóvenes
Adolescentes
Casi niños
Claro
Somos nosotros
Los que no fuimos
Ni vamos a ser
Eso me hizo llorar
En el sueño
25 noviembre 2016
21 noviembre 2016
3.
Me visitó de imprevisto
el gimnasio de Virrey Avilés.
La luz del salón al final del pasillo oscuro;
la humedad y la transpiración;
ser tu novia.
Esperar con ansiedad el ademán
de fin de clase
-un casi imperceptible movimiento de cabeza
que aprendí a descifrar-
Los alumnos saludaban, marciales;
les palmeabas la espalda
y me sonreías. Me sonreías.
De imprevisto, también,
ahora,
como un pañuelo
arrugado dentro del puño
que deja asomar un vértice,
este miedo abismo
de no volver a sentir
nunca
tanto.
el gimnasio de Virrey Avilés.
La luz del salón al final del pasillo oscuro;
la humedad y la transpiración;
ser tu novia.
Esperar con ansiedad el ademán
de fin de clase
-un casi imperceptible movimiento de cabeza
que aprendí a descifrar-
Los alumnos saludaban, marciales;
les palmeabas la espalda
y me sonreías. Me sonreías.
De imprevisto, también,
ahora,
como un pañuelo
arrugado dentro del puño
que deja asomar un vértice,
este miedo abismo
de no volver a sentir
nunca
tanto.
20 noviembre 2016
2.
Ya no recuerdo dónde era que habitaban las formas de todo lo que es bello.
No recuerdo el incipit.
El texto se me insinúa sin contornos; no puedo apresarlo de nuevo en las palabras.
*
Amo a un fantasma, sin remedio.
Una sombra de árbol sin árbol.
Ahí, en el viento, un resto de ceniza que busca el cielo.
Nada.
*
Ya no sé escribir un poema que te alegre el bolsillo.
O no vale la pena hacerlo.
Perdimos la fe, ¿no es cierto?
O la ilusión.
Un mago enmascarado reveló los trucos.
Ya no podemos dejar de ver el mecanismo.
*
Pero.
Sin embargo.
No obstante.
*
Hay un brote.
Una bifurcación del tallo que sube hacia el sol sin pedirnos permiso.
Y es verde.
Inmensa.
No te cabe en el bolsillo, es cierto.
Pero es nuestro mejor poema.
La forma de todo lo que es bello.
No recuerdo el incipit.
El texto se me insinúa sin contornos; no puedo apresarlo de nuevo en las palabras.
*
Amo a un fantasma, sin remedio.
Una sombra de árbol sin árbol.
Ahí, en el viento, un resto de ceniza que busca el cielo.
Nada.
*
Ya no sé escribir un poema que te alegre el bolsillo.
O no vale la pena hacerlo.
Perdimos la fe, ¿no es cierto?
O la ilusión.
Un mago enmascarado reveló los trucos.
Ya no podemos dejar de ver el mecanismo.
*
Pero.
Sin embargo.
No obstante.
*
Hay un brote.
Una bifurcación del tallo que sube hacia el sol sin pedirnos permiso.
Y es verde.
Inmensa.
No te cabe en el bolsillo, es cierto.
Pero es nuestro mejor poema.
La forma de todo lo que es bello.
1.
Es algo extraño el amor. No tiene reglas claras; es como un juego inventado por un chico.
Sacamos cartas y la mejor gana,
dice el chico.
¿Y cuál es la mejor?
Yo te digo, dice el chico.
Pero, ¿cuál es el criterio?
El chico no conoce la palabra criterio.
Te dice: sacá una carta.
Y vos sacás un tres de oro.
Ahora yo, dice, y saca un siete de basto.
Gané.
No te preocupes, seguro la próxima te sale.
Agarrá otra.
Y sacás un siete de espada
y él saca un dos de copa.
Gané, dice, con una sonrisa autosuficiente.
A veces gano siempre, susurra con ternura de cretino.
Saco yo primero ahora.
Y saca un cinco de basto.
Ya no te deja tocar el mazo,
te dice:
Tomá.
Y te da un seis de oro.
Perdiste.
¿Jugamos de nuevo? te dice.
No... no entiendo el juego.
No importa, yo te explico.
Y vuelve a empezar.
Sacamos cartas y la mejor gana,
dice el chico.
¿Y cuál es la mejor?
Yo te digo, dice el chico.
Pero, ¿cuál es el criterio?
El chico no conoce la palabra criterio.
Te dice: sacá una carta.
Y vos sacás un tres de oro.
Ahora yo, dice, y saca un siete de basto.
Gané.
No te preocupes, seguro la próxima te sale.
Agarrá otra.
Y sacás un siete de espada
y él saca un dos de copa.
Gané, dice, con una sonrisa autosuficiente.
A veces gano siempre, susurra con ternura de cretino.
Saco yo primero ahora.
Y saca un cinco de basto.
Ya no te deja tocar el mazo,
te dice:
Tomá.
Y te da un seis de oro.
Perdiste.
¿Jugamos de nuevo? te dice.
No... no entiendo el juego.
No importa, yo te explico.
Y vuelve a empezar.
16 noviembre 2016
ese perro
ese perro
ese perro
otra vez ese perro
siempre es el mismo
y siempre es distinto
mil perros
en la calle
en la esquina
esquivando taxis
ese perro
cruzando en verde
ese perro
doblando apurado
ese perro
buscando otro perro
moviendo la cola
ese perro
ese perro solo
ese perro solo en la calle
ese perro solo en la calle de nuevo
en la misma calle
¿acá ya estuvo?
¿o no?
no está seguro
algo en esas mesas le dice
que no hay comida en esta calle
¿son las mismas mesas?
ese perro no lo sabe
no está seguro
pero esas mesas
las patas de esas mesas
parecidas a sus patas pero quietas
a sus patas tiesas que solo saben trotar
a sus patas tiesas que solo saben trotar de costadito
ese perro
ese perro solo
ese perro solo tiene hambre
y esas mesas
esa calle
las conoce
no hay nada acá
no hay nadie
solo piernas
indiferentes
solo ruedas
veloces
taxis
esa calle
ese perro
ese perro solo
todos los perros
ese perro
otra vez ese perro
siempre es el mismo
y siempre es distinto
mil perros
en la calle
en la esquina
esquivando taxis
ese perro
cruzando en verde
ese perro
doblando apurado
ese perro
buscando otro perro
moviendo la cola
ese perro
ese perro solo
ese perro solo en la calle
ese perro solo en la calle de nuevo
en la misma calle
¿acá ya estuvo?
¿o no?
no está seguro
algo en esas mesas le dice
que no hay comida en esta calle
¿son las mismas mesas?
ese perro no lo sabe
no está seguro
pero esas mesas
las patas de esas mesas
parecidas a sus patas pero quietas
a sus patas tiesas que solo saben trotar
a sus patas tiesas que solo saben trotar de costadito
ese perro
ese perro solo
ese perro solo tiene hambre
y esas mesas
esa calle
las conoce
no hay nada acá
no hay nadie
solo piernas
indiferentes
solo ruedas
veloces
taxis
esa calle
ese perro
ese perro solo
todos los perros
04 noviembre 2016
La gesta de la hormiga
Cuando me desperté el lunes, estas palabras estaban verdes.
Pero pasaron unos días ahora, y otras cosas también, entonces hoy me encontré con que las palabras ya están maduras para ser escritas. Para ser ingeridas y digeridas.
Escribo esto y el café se me hierve por vez número mil.
No importa.
Las palabras han completado su gestación y deben aparecer, aunque el café se queme y la leche se haga nata.
Lo que quiero decir es pequeño, no creas.
Viene envuelto de un montón de otras cosas; es un tiempo más que me tomo para decirlo. Guardo el enunciado adentro mío un poco más, tal vez porque en el fondo tengo miedo de no saber decirlo. La idea es clara, sabés. Se fueron definiendo sus contornos durante varios instantes dispersos en diferentes mañanas; esos instantes de lucidez que le deja el sueño a la vigilia. Muchas mañanas; casi un año de mañanas.
Ahora creo que lo veo claramente y sin embargo se vuelve esquivo al querer escribirlo.
Pienso, pensé estos días, que tal vez haya vivido llenando casilleros. Poniéndole un tic a las alegrías y a las miserias. Como si todo fuera parte de un plan. Como si hubiera una magia secreta del Amor y el Destino.
Ahora creo que veo claramente ese artificio. Y ya no quiero marcar casilleros. Y ya no quiero el Amor, con mayúscula; esa mentira. Y ya no quiero el Destino; ese espejito de colores.
Ahora que me hice pedazos. Ahora que estoy sin la magia, sola, como siempre estuve sin saberlo, a la deriva. Ahora que no quiero el Destino de gesta heroica. Ahora que quiero vivir y nada más.
Ahora quiero el amor con minúscula; el de la hormiga. Al día.
28 octubre 2016
Nocturno ventoso
La noche se vuelca
en el mantel,
y es un escándalo
que nadie se atreva
a secarla.
Hay silencio de respiración
en los intervalos del viento
que golpea las ventanas.
El viento lucha para entrar,
para huir
de la noche.
Y no puede.
Cuanto más empuja,
más está en la noche.
Vuela de fiebre, la noche.
Palpita afuera, y el viento
la hiperventila.
Se derrama la noche sobre
los manteles volados.
Nadie quiere secarla.
Es un escándalo la noche,
alborotada
de viento y de deseo.
Es un escándalo la noche,
zumbando
como un insecto perdido.
Es un escándalo y nadie,
pero nadie,
se atreve a oír
lo que dice.
Está ebria, la noche.
Se ha derramado.
El viento la agita.
La tiene loca.
en el mantel,
y es un escándalo
que nadie se atreva
a secarla.
Hay silencio de respiración
en los intervalos del viento
que golpea las ventanas.
El viento lucha para entrar,
para huir
de la noche.
Y no puede.
Cuanto más empuja,
más está en la noche.
Vuela de fiebre, la noche.
Palpita afuera, y el viento
la hiperventila.
Se derrama la noche sobre
los manteles volados.
Nadie quiere secarla.
Es un escándalo la noche,
alborotada
de viento y de deseo.
Es un escándalo la noche,
zumbando
como un insecto perdido.
Es un escándalo y nadie,
pero nadie,
se atreve a oír
lo que dice.
Está ebria, la noche.
Se ha derramado.
El viento la agita.
La tiene loca.
21 octubre 2016
Lógica del amor no correspondido
Tuve un pajarito.
Lo amaba, y lo dejé ir
Por ver si regresaba
Y era mío.
No regresó.
Entonces:
Nunca tuve un pajarito,
Nunca lo amé.
Fin del problema.
Lo amaba, y lo dejé ir
Por ver si regresaba
Y era mío.
No regresó.
Entonces:
Nunca tuve un pajarito,
Nunca lo amé.
Fin del problema.
25 septiembre 2016
1.
-Señor Llamosas.- farfulló la empleada.
Llamosas se sacudió las solapas del traje con bastante lentitud, como queriendo indicar, con esta morosidad, que había esperado mucho más de lo necesario, y que ahora ella, la señorita empleada del Mercado Ictícola, debía esperarlo a él, que tenía una necesidad impostergable de sacudirse las solapas del traje.
El mercado había caído en la decadencia. Ahora las terrazas estaban superpobladas de peces que se amontonaban, por sectores, por encima de la línea de agua, produciendo un hedor insoportable. Al contrario de lo que podría pensarse, esta multiplicación aberrante de peces no redundaba en una mayor rentabilidad. Muchos grandes inversores se habían volcado hacia el Mercado Avícola que se encontraba en la ciudad vecina, por considerar a los peces superpuestos ordinarios e insalubres. Las aves, en cambio, si bien inmundas, proponían una mayor movilidad de capitales puesto que muchas de ellas migraban hacia regiones mejor reputadas y, se creía, volvían con márgenes de ganancia mucho más versátiles.
Los puestos de atención estaban abajo, en un pequeño hundimiento techado, con columnas finas de hierro de estilo art decó en cuyos ornatos de falso follaje se peleaban a muerte por despeñamiento los ratones del edificio, que vivían de la rapacidad y de los peces pequeños e indefensos. Desde la amplia sala de espera, detrás de los puestos de atención, todavía podían verse los fondos de los tanques, que, debido al atroz atiborramiento de animales, ya no eran color turquesa como en sus años mozos, sino de un verdinegro indiferenciado, en el que sobresalían ojos, aletas y bocas siempre abiertas. Los peces del mercado no estaban ni vivos ni muertos, pero seguían reproduciéndose. Y a esta hora, enloquecidos por los ruidos del tránsito urbano, cogoteaban como caños de escape obstruidos; un espectáculo penoso.
Llamosas caminó lentamente hacia el puesto de atención número doscientos cuarenta y siete, balanceando su maletín gamuzado en cuidadoso compás. Su esposa lo esperaba en la calle, porque no soportaba el olor. El matrimonio Llamosas había invertido algún dinero en acciones ictícolas, y esperaba poder cobrar esa tarde de viernes los suculentos intereses de su plazo fijo para darse un fin de semana de lujo. Por eso, y porque como todo capitalista advenedizo desconfiaban de la materialidad del dinero, se habían encontrado a la salida de sus respectivos trabajos y habían atravesado el centro de la ciudad en hora pico para llegar al mercado justamente un viernes, con lo que se demora en ir y venir los viernes.
-Con lo que se demora en ir y venir los viernes- espetó Llamosas a la empleada-, encima tener que esperar aquí algo de dos horas para que a uno lo atiendan.
-Los viernes es el peor día- contestó con irreprochable lógica la empleada.-¿Domicilio?
-Capibara cuarenta.
-Eso es acá a la vuelta.
-¿Usted sabe lo que es el tránsito de la circunvalación, señorita? Se marcha a paso de hombre.
-¿Por qué no viene a pie?
-No me demore con averiguaciones inútiles. Cuánto hay en la cuenta.
-Setecientos uno.
-¿Mil?
-¿Qué dice?
-Setecientos uno. Redondo.- ironiza el pobre Llamosas.
-Redondo.
-¿Es todo?
-Señor Llamosas, es todo. ¿Quiere ver la pantalla? Vea la pantalla. -y le señala con la uña esculpida el monitor, haciendo un tic tic tic enloquecedor.
-Debería ponerme los anteojos... pero no, no quiero ver la pantalla. ¿Se puede imprimir el ticket?
-¿Va a retirar?
-Necesito el ticket para mostrarle...
-Si no va a retirar no le puedo imprimir.
-Tengo que consultar con mi señora. Enseguida regreso,
-Sigo atendiendo, señor Llamosas.
-Es un momento nada más,
-El viernes es el peor día. ¡Alacarsis!
Llamosas hace un gesto de profundo fastidio y se va, olvidando el maletín sobre el escritorio. Camina hasta la mitad del pasillo, vuelve resoplando y mirando su reloj de muñeca.
En tanto, una señora de piernas gordas y pies diminutos se apura a a través del amplio pasillo y los piecitos apenas le responden, preocupada la señora de que Llamosas se le cuele. Se allegan al escritorio casi al mismo tiempo; Llamosas aferra a la manija del maletín que ofrece una leve resistencia porque se traba con el borde reptiliano de la cartera de Alacarsis y tira; el maletín se desprende bruscamente y le da a la señora un tumbo que la deja tarada.
"Seguridad", propone con calmo espanto la empleada. Los peces no se alborotan. Los otros inversores que merodean la sala de espera continúan afectando mal humor con los dedos en pinza sobre las narices, o agitando algún papel a una cierta distancia de sus rostros. Alacarsis parece levemente inconsciente. Llamosas, en un instante de lúcido descaro, gira hacia la empleada del puesto doscientos cuarenta y siete y le dice:
-Deme los setecientos uno míos, y lo que iba a llevar la señora.- Y amenaza vagamente la quijada de la empleada con su maletín gamuzado, mientras se oye el estruendo de un ratón que se despeña desde alguna columna cercana.
Llamosas se sacudió las solapas del traje con bastante lentitud, como queriendo indicar, con esta morosidad, que había esperado mucho más de lo necesario, y que ahora ella, la señorita empleada del Mercado Ictícola, debía esperarlo a él, que tenía una necesidad impostergable de sacudirse las solapas del traje.
El mercado había caído en la decadencia. Ahora las terrazas estaban superpobladas de peces que se amontonaban, por sectores, por encima de la línea de agua, produciendo un hedor insoportable. Al contrario de lo que podría pensarse, esta multiplicación aberrante de peces no redundaba en una mayor rentabilidad. Muchos grandes inversores se habían volcado hacia el Mercado Avícola que se encontraba en la ciudad vecina, por considerar a los peces superpuestos ordinarios e insalubres. Las aves, en cambio, si bien inmundas, proponían una mayor movilidad de capitales puesto que muchas de ellas migraban hacia regiones mejor reputadas y, se creía, volvían con márgenes de ganancia mucho más versátiles.
Los puestos de atención estaban abajo, en un pequeño hundimiento techado, con columnas finas de hierro de estilo art decó en cuyos ornatos de falso follaje se peleaban a muerte por despeñamiento los ratones del edificio, que vivían de la rapacidad y de los peces pequeños e indefensos. Desde la amplia sala de espera, detrás de los puestos de atención, todavía podían verse los fondos de los tanques, que, debido al atroz atiborramiento de animales, ya no eran color turquesa como en sus años mozos, sino de un verdinegro indiferenciado, en el que sobresalían ojos, aletas y bocas siempre abiertas. Los peces del mercado no estaban ni vivos ni muertos, pero seguían reproduciéndose. Y a esta hora, enloquecidos por los ruidos del tránsito urbano, cogoteaban como caños de escape obstruidos; un espectáculo penoso.
Llamosas caminó lentamente hacia el puesto de atención número doscientos cuarenta y siete, balanceando su maletín gamuzado en cuidadoso compás. Su esposa lo esperaba en la calle, porque no soportaba el olor. El matrimonio Llamosas había invertido algún dinero en acciones ictícolas, y esperaba poder cobrar esa tarde de viernes los suculentos intereses de su plazo fijo para darse un fin de semana de lujo. Por eso, y porque como todo capitalista advenedizo desconfiaban de la materialidad del dinero, se habían encontrado a la salida de sus respectivos trabajos y habían atravesado el centro de la ciudad en hora pico para llegar al mercado justamente un viernes, con lo que se demora en ir y venir los viernes.
-Con lo que se demora en ir y venir los viernes- espetó Llamosas a la empleada-, encima tener que esperar aquí algo de dos horas para que a uno lo atiendan.
-Los viernes es el peor día- contestó con irreprochable lógica la empleada.-¿Domicilio?
-Capibara cuarenta.
-Eso es acá a la vuelta.
-¿Usted sabe lo que es el tránsito de la circunvalación, señorita? Se marcha a paso de hombre.
-¿Por qué no viene a pie?
-No me demore con averiguaciones inútiles. Cuánto hay en la cuenta.
-Setecientos uno.
-¿Mil?
-¿Qué dice?
-Setecientos uno. Redondo.- ironiza el pobre Llamosas.
-Redondo.
-¿Es todo?
-Señor Llamosas, es todo. ¿Quiere ver la pantalla? Vea la pantalla. -y le señala con la uña esculpida el monitor, haciendo un tic tic tic enloquecedor.
-Debería ponerme los anteojos... pero no, no quiero ver la pantalla. ¿Se puede imprimir el ticket?
-¿Va a retirar?
-Necesito el ticket para mostrarle...
-Si no va a retirar no le puedo imprimir.
-Tengo que consultar con mi señora. Enseguida regreso,
-Sigo atendiendo, señor Llamosas.
-Es un momento nada más,
-El viernes es el peor día. ¡Alacarsis!
Llamosas hace un gesto de profundo fastidio y se va, olvidando el maletín sobre el escritorio. Camina hasta la mitad del pasillo, vuelve resoplando y mirando su reloj de muñeca.
En tanto, una señora de piernas gordas y pies diminutos se apura a a través del amplio pasillo y los piecitos apenas le responden, preocupada la señora de que Llamosas se le cuele. Se allegan al escritorio casi al mismo tiempo; Llamosas aferra a la manija del maletín que ofrece una leve resistencia porque se traba con el borde reptiliano de la cartera de Alacarsis y tira; el maletín se desprende bruscamente y le da a la señora un tumbo que la deja tarada.
"Seguridad", propone con calmo espanto la empleada. Los peces no se alborotan. Los otros inversores que merodean la sala de espera continúan afectando mal humor con los dedos en pinza sobre las narices, o agitando algún papel a una cierta distancia de sus rostros. Alacarsis parece levemente inconsciente. Llamosas, en un instante de lúcido descaro, gira hacia la empleada del puesto doscientos cuarenta y siete y le dice:
-Deme los setecientos uno míos, y lo que iba a llevar la señora.- Y amenaza vagamente la quijada de la empleada con su maletín gamuzado, mientras se oye el estruendo de un ratón que se despeña desde alguna columna cercana.
16 agosto 2016
ser y estar
Se puede ser y estar bien. Sí. Pero no es lo mismo.
Se puede estar y ser bueno, lo primero con más éxito social que lo segundo.
Hay gente, por ejemplo, que es sorda. Y otra que está sorda. ¿La diferencia? El que está sordo puede dejar de estarlo, o no haberlo estado siempre. En el primero, en cambio, la sordera es con él y él es con la sordera.
El matiz entre estar y ser triste es, precisamente, bastante triste.
Ser malo es una condición a todas luces poco virtuosa. Pero estar malo de vez en cuando puede ser interesante, incluso divertido. Salvo que uno sea un lácteo, desde ya.
El que está sucio se baña, pero el que es sucio hace trampas y ni la más enérgica fregada lo saca de la inmundicia.
Los que son viejos son sabios. Los que están viejos arrastran su vejez con pesar y resignación.
Estar borracho es una eventualidad, un goce, un asombro de uno mismo. Pero ser borracho es una condena social, una enfermedad y un vacío.
Soy mejor, dice el presumido. Estoy mejor, dice el optimista.
Están claros los motivos cuando uno los ha planteado. Pero son claros cuando no hace falta plantearlos.
Soy así, digo cuando hiero. Estoy así, digo para protegerme.
Los que están tranquilos ya entendieron cómo hacer. Los que son tranquilos ni siquiera se lo preguntaron.
Estar vivo no garantiza ser vivo. Y viceversa.
Soy divertida cuando hago reír, pero estoy divertida cuando me río de otro.
Se puede estar feliz, sin dudas; pero no apostaría demasiado por la fórmula "ser feliz"
Se puede estar distraído cada tanto y llevar una vida más o menos ordenada. No diría lo mismo de quienes son distraídos.
Se puede ser silencioso y, por lo tanto, buen vecino. O se puede estar silencioso un rato y ser, apenas, un buen compañero de biblioteca.
Pero hay cosas que no se pueden.
No se puede estar escritor. Ni se puede ser contento.
No se puede ser deprimido. Ni estar mamá.
No se puede ser desvelada.
Se ve que son cosas así y así.
Se puede estar y ser bueno, lo primero con más éxito social que lo segundo.
Hay gente, por ejemplo, que es sorda. Y otra que está sorda. ¿La diferencia? El que está sordo puede dejar de estarlo, o no haberlo estado siempre. En el primero, en cambio, la sordera es con él y él es con la sordera.
El matiz entre estar y ser triste es, precisamente, bastante triste.
Ser malo es una condición a todas luces poco virtuosa. Pero estar malo de vez en cuando puede ser interesante, incluso divertido. Salvo que uno sea un lácteo, desde ya.
El que está sucio se baña, pero el que es sucio hace trampas y ni la más enérgica fregada lo saca de la inmundicia.
Los que son viejos son sabios. Los que están viejos arrastran su vejez con pesar y resignación.
Estar borracho es una eventualidad, un goce, un asombro de uno mismo. Pero ser borracho es una condena social, una enfermedad y un vacío.
Soy mejor, dice el presumido. Estoy mejor, dice el optimista.
Están claros los motivos cuando uno los ha planteado. Pero son claros cuando no hace falta plantearlos.
Soy así, digo cuando hiero. Estoy así, digo para protegerme.
Los que están tranquilos ya entendieron cómo hacer. Los que son tranquilos ni siquiera se lo preguntaron.
Estar vivo no garantiza ser vivo. Y viceversa.
Soy divertida cuando hago reír, pero estoy divertida cuando me río de otro.
Se puede estar feliz, sin dudas; pero no apostaría demasiado por la fórmula "ser feliz"
Se puede estar distraído cada tanto y llevar una vida más o menos ordenada. No diría lo mismo de quienes son distraídos.
Se puede ser silencioso y, por lo tanto, buen vecino. O se puede estar silencioso un rato y ser, apenas, un buen compañero de biblioteca.
Pero hay cosas que no se pueden.
No se puede estar escritor. Ni se puede ser contento.
No se puede ser deprimido. Ni estar mamá.
No se puede ser desvelada.
Se ve que son cosas así y así.
07 agosto 2016
7 agosto 2015
No son días fáciles.
Ayer me acordé de Granada, de una felicidad como un globo que subía en el aire.
No sé por qué recordé eso. Y nuestras caras esperando a los reyes magos.
Pero hoy tengo una cita con Julia. Otra vez, a espiar su escondite. Y por eso, me digo, habrá que seguir adelante. Inflar globos nuevos. Soñar otros viajes. Como sea. Por ella y para ella.
Ayer me acordé de Granada, de una felicidad como un globo que subía en el aire.
No sé por qué recordé eso. Y nuestras caras esperando a los reyes magos.
Pero hoy tengo una cita con Julia. Otra vez, a espiar su escondite. Y por eso, me digo, habrá que seguir adelante. Inflar globos nuevos. Soñar otros viajes. Como sea. Por ella y para ella.
02 agosto 2016
Uno y los otros
Y es una mariposita blanca que vuela, como confundida, entre la fascinación de un grupo de nutrias. Los simpáticos animalitos hacen una suerte de danza: se agachan, se yerguen, se contonean, siguiendo el errático vuelo de la mariposita. Y ella no sabe -no puede saberlo- si lo que causa en esos bichos, que para ella son gigantes, es amor; es decir, un latir conjunto con su devenir en el aire, un acompañamiento obnubilado de sus pequeñas sacudidas, como de pañuelito diminuto; una entrega blanda a la belleza de su vuelo. O si, fatalmente, las nutrias en realidad la observan con otro propósito; porque quizás -la mariposita no puede saberlo- ese acompañamiento ondulante, esas miradas atentísimas, esa danza magnífica son, en realidad, el acecho del hambre; la graciosa competencia de los animalitos para ver quién la devora primero.
25 julio 2016
Los ciclos, las verduras, la manito de Julia
Hace casi diez meses que entré en el torbellino del presente. El presente puro de la maternidad, su vértigo.
Pero los ciclos son los ciclos. No desaparecen, aunque se pongan un poco en segundo o tercer plano. Están y me ponen a escribir, a contramano de la necesidad que tengo, hoy en especial, de quedarme pegada a ella, sosteniendo su manito mientras duerme, respirando al ritmo de su respiración.
Pero, ciclos son ciclos. Toc toc, te tocan la puerta del corazón o de la cabeza (lo que sea que piensa-siente), y no es un golpeteo tímido, es una ola que crece conforme se acerca a la costa; una ola monstruo que en tres tiempos ya está lo suficientemente alta y lo suficientemente cerca como para acelerar el pulso.
Y yo no le quiero decir angustia porque, qué se yo. Porque se me hace más grande.
Soledad, le voy a decir. Una sensación súbita. Como cuando Julia se prende a la teta y me ataca una sed profundísima, de golpe, que cada vez me sorprende como si fuera la primera. Tan honda, tan visceral. Así el ciclo este de la soledad que viene de golpe, como sin aviso, aunque es un ciclo y ya sé, apenas pasa, que va a volver; pero cuando vuelve estoy siempre distraída y paf, es una cachetada, un zamarreo violento del que no me puedo defender, contra el que no logro reaccionar.
Se me ocurrió recién, mientras cenaba, que no sé por qué la acelga sí y la lechuga no se aviene bien a ser cocida y puesta en, por ejemplo, una tarta. La acelga, la espinaca; sí. La lechuga, no. Por qué. Por qué yo no; por qué yo lechuga y no acelga, o cuanto menos espinaca. Qué tengo yo, o dejo de tener, para haber terminado siendo lechuga que quiere infructuosamente ser relleno de tarta.
Injusto. O triste; ya no sé si hay justicia para estas cosas.
Pero el presente puro de la maternidad hoy me obsequió un pedacito de verdad. Un pedacito de belleza. Un pedacito de todo el amor del mundo.
Julia, pequeña gigante, dormida prendida a la teta, el ruido de la lluvia, y su manito acariciando la mía. Su entrega, eso es una verdad absoluta. Mi amor, todo mi amor, para ella, también.
Aunque duela a veces, cíclicamente, está vivo el corazón este.
Como un pajarito enfermo, late.
Pero late.
Pero los ciclos son los ciclos. No desaparecen, aunque se pongan un poco en segundo o tercer plano. Están y me ponen a escribir, a contramano de la necesidad que tengo, hoy en especial, de quedarme pegada a ella, sosteniendo su manito mientras duerme, respirando al ritmo de su respiración.
Pero, ciclos son ciclos. Toc toc, te tocan la puerta del corazón o de la cabeza (lo que sea que piensa-siente), y no es un golpeteo tímido, es una ola que crece conforme se acerca a la costa; una ola monstruo que en tres tiempos ya está lo suficientemente alta y lo suficientemente cerca como para acelerar el pulso.
Y yo no le quiero decir angustia porque, qué se yo. Porque se me hace más grande.
Soledad, le voy a decir. Una sensación súbita. Como cuando Julia se prende a la teta y me ataca una sed profundísima, de golpe, que cada vez me sorprende como si fuera la primera. Tan honda, tan visceral. Así el ciclo este de la soledad que viene de golpe, como sin aviso, aunque es un ciclo y ya sé, apenas pasa, que va a volver; pero cuando vuelve estoy siempre distraída y paf, es una cachetada, un zamarreo violento del que no me puedo defender, contra el que no logro reaccionar.
Se me ocurrió recién, mientras cenaba, que no sé por qué la acelga sí y la lechuga no se aviene bien a ser cocida y puesta en, por ejemplo, una tarta. La acelga, la espinaca; sí. La lechuga, no. Por qué. Por qué yo no; por qué yo lechuga y no acelga, o cuanto menos espinaca. Qué tengo yo, o dejo de tener, para haber terminado siendo lechuga que quiere infructuosamente ser relleno de tarta.
Injusto. O triste; ya no sé si hay justicia para estas cosas.
Pero el presente puro de la maternidad hoy me obsequió un pedacito de verdad. Un pedacito de belleza. Un pedacito de todo el amor del mundo.
Julia, pequeña gigante, dormida prendida a la teta, el ruido de la lluvia, y su manito acariciando la mía. Su entrega, eso es una verdad absoluta. Mi amor, todo mi amor, para ella, también.
Aunque duela a veces, cíclicamente, está vivo el corazón este.
Como un pajarito enfermo, late.
Pero late.
20 julio 2016
Escena
No puedo ser esa chica
de pelo amarillo
mirada fresca
dientes perfectos
que entra en el bar como si
conociera al tipo,
a todos los tipos.
Que se sienta con tanta gracia
en una mesita del fondo
y mira por la ventana mientras
se saca el tapado
-hermoso-
y sonríe a la nada,
a sí misma.
Que deja caer despreocupadamente
sus cosas sobre la silla
fijando sus ojos claros en un punto de luz
siempre en dirección al tipo
pero sin mirarlo,
como si nada,
dejando que esa luz
natural
le brille en las pupilas,
como si fuera lógico
y esperable
-natural-
de todos los días,
ser hermosa
entrar a un bar
robarse la escena
pedir el menú
romperme en pedazos
a mí
que no puedo
ni podré
ser ella,
o dejar de mirarla.
de pelo amarillo
mirada fresca
dientes perfectos
que entra en el bar como si
conociera al tipo,
a todos los tipos.
Que se sienta con tanta gracia
en una mesita del fondo
y mira por la ventana mientras
se saca el tapado
-hermoso-
y sonríe a la nada,
a sí misma.
Que deja caer despreocupadamente
sus cosas sobre la silla
fijando sus ojos claros en un punto de luz
siempre en dirección al tipo
pero sin mirarlo,
como si nada,
dejando que esa luz
natural
le brille en las pupilas,
como si fuera lógico
y esperable
-natural-
de todos los días,
ser hermosa
entrar a un bar
robarse la escena
pedir el menú
romperme en pedazos
a mí
que no puedo
ni podré
ser ella,
o dejar de mirarla.
04 julio 2016
los fuertes
seguro conocés algún fuerte.
todos conocen alguno.
los fuertes son esos que ya van resistiendo varios golpes
a la cara
al estómago
a las rodillas
y siguen.
no lo hacen por heroísmo
simplemente siguen
porque hay que seguir
a los fuertes se les caen de las manos
los sueños
y se les rompen.
se les hacen añicos las ilusiones
una
dos
varias veces
y siguen
no por masoquismo
sino porque hay que seguir.
no son fuertes porque quieren
no lo eligen, no se puede elegir.
y no es ningún mérito.
a los fuertes les toca serlo
como a otros les toca ser pelirrojos
o bajitos.
a los fuertes les palmean el hombro
los admiran
hay quienes les temen
los fuertes, a veces, ponen distancia.
y cuando los abandonan
cuando se les arruga el alma de soledad
siguen
no lo hacen por orgullo
sino, simplemente, porque hay que seguir
ellos saben que son fuertes
no hace falta que se lo digan.
a veces, eso sí,
les duele
y entonces necesitan abrazos como redes
que digan
"acá estoy,
dejate caer"
todos conocen alguno.
los fuertes son esos que ya van resistiendo varios golpes
a la cara
al estómago
a las rodillas
y siguen.
no lo hacen por heroísmo
simplemente siguen
porque hay que seguir
a los fuertes se les caen de las manos
los sueños
y se les rompen.
se les hacen añicos las ilusiones
una
dos
varias veces
y siguen
no por masoquismo
sino porque hay que seguir.
no son fuertes porque quieren
no lo eligen, no se puede elegir.
y no es ningún mérito.
a los fuertes les toca serlo
como a otros les toca ser pelirrojos
o bajitos.
a los fuertes les palmean el hombro
los admiran
hay quienes les temen
los fuertes, a veces, ponen distancia.
y cuando los abandonan
cuando se les arruga el alma de soledad
siguen
no lo hacen por orgullo
sino, simplemente, porque hay que seguir
ellos saben que son fuertes
no hace falta que se lo digan.
a veces, eso sí,
les duele
y entonces necesitan abrazos como redes
que digan
"acá estoy,
dejate caer"
09 junio 2016
no. nada.
no te voy a decir que
me pone triste
tu sonrisa desvaída
no.
no te voy a decir que
todavía
pienso
a veces
en cómo sería todo
no.
ni te voy a explicar
que todavía creo
en vos
en algo
en nosotros
no.
no voy a decirte que
sigo soñándote
pero tampoco
te voy a decir que
ya no te sueño siempre
no.
no te voy a decir cuánto me apena
el recuerdo de una tarde
y más precisamente
de una ilusión que empezó
esa tarde
no.
no voy a decirte que
algunos días
extraño besarte
no.
no te voy a decir
que vuelvas
ni te voy a preguntar
si vos también
a veces
pensás en estas cosas
no.
no voy a decirte nada.
nada de nada.
nada de lo que digo
te pertenece.
no.
me pone triste
tu sonrisa desvaída
no.
no te voy a decir que
todavía
pienso
a veces
en cómo sería todo
no.
ni te voy a explicar
que todavía creo
en vos
en algo
en nosotros
no.
no voy a decirte que
sigo soñándote
pero tampoco
te voy a decir que
ya no te sueño siempre
no.
no te voy a decir cuánto me apena
el recuerdo de una tarde
y más precisamente
de una ilusión que empezó
esa tarde
no.
no voy a decirte que
algunos días
extraño besarte
no.
no te voy a decir
que vuelvas
ni te voy a preguntar
si vos también
a veces
pensás en estas cosas
no.
no voy a decirte nada.
nada de nada.
nada de lo que digo
te pertenece.
no.
30 mayo 2016
ta ta ta ta
Tengo que hacer el intento de poner en forma de palabras algunas cosas, Julia, porque estoy en deuda con ellas -las palabras-.
Te explico: las palabras son muy buenas amigas mías porque hacen cosas hermosas con lo feo y con lo triste, y porque hacen visible lo invisible. Y también porque saben dejar ciertas cosas bajo un prudente misterio.
Quiero escribirte, entonces, muchas palabras amigas para que puedas recordar estos momentos de ta ta ta ta. La memoria tiene palabras, imágenes, sonidos, olores, sabores. Algunas cosas las guardamos en fotos. Otras en videos. Los olores -ya verás- volverán una tarde cualquiera, lejos de casa; o una mañana, o una noche... en fin; los olores vuelven sin avisar y te sopapean en medio de cualquier situación. Los sabores, bueno... a esos, a veces, hay que recrearlos. Por eso me gusta tanto cocinar.
Pero las palabras tienen esa forma tan elegante de ser memoria. Quedan escritas (en un papel, o en una computadora; también las hay fijadas en la mente) y se llenan de tiempo, y engordan de distancia. Las palabras-memoria no pueden disimular su condición de espejismo. Están -como esto que escribo ahora- donde antes no había nada. Lo que pienso ahora que estoy escribiendo no es exactamente la maraña de cosas que estaban en mi cabeza antes de iniciar el acto de escribir. Las palabras-memoria, Julia, se inventan a sí mismas.
Así es que me siento y escribo para dejarlas salir, para que existan y hagan un poco más grande este instante de vida en el que a vos te gusta repetir que ta ta ta ta; a veces hei, heidi, dei, deie. Esas son tus palabras, que están en deuda con vos por hacerlas tan hermosas y cómicas; por hacerlas sonar con tan grande regocijo. Yo las tomo prestadas para este mensaje, así las transformo en memoria.
Y ahora me voy a mirarte, y a conmoverme, otra vez, con tus cachetes de durazno que se avienen tan graciosamente a la ley de gravedad; tus cachetes pompas de jabón, despiertos mientras vos dormida.
Te explico: las palabras son muy buenas amigas mías porque hacen cosas hermosas con lo feo y con lo triste, y porque hacen visible lo invisible. Y también porque saben dejar ciertas cosas bajo un prudente misterio.
Quiero escribirte, entonces, muchas palabras amigas para que puedas recordar estos momentos de ta ta ta ta. La memoria tiene palabras, imágenes, sonidos, olores, sabores. Algunas cosas las guardamos en fotos. Otras en videos. Los olores -ya verás- volverán una tarde cualquiera, lejos de casa; o una mañana, o una noche... en fin; los olores vuelven sin avisar y te sopapean en medio de cualquier situación. Los sabores, bueno... a esos, a veces, hay que recrearlos. Por eso me gusta tanto cocinar.
Pero las palabras tienen esa forma tan elegante de ser memoria. Quedan escritas (en un papel, o en una computadora; también las hay fijadas en la mente) y se llenan de tiempo, y engordan de distancia. Las palabras-memoria no pueden disimular su condición de espejismo. Están -como esto que escribo ahora- donde antes no había nada. Lo que pienso ahora que estoy escribiendo no es exactamente la maraña de cosas que estaban en mi cabeza antes de iniciar el acto de escribir. Las palabras-memoria, Julia, se inventan a sí mismas.
Así es que me siento y escribo para dejarlas salir, para que existan y hagan un poco más grande este instante de vida en el que a vos te gusta repetir que ta ta ta ta; a veces hei, heidi, dei, deie. Esas son tus palabras, que están en deuda con vos por hacerlas tan hermosas y cómicas; por hacerlas sonar con tan grande regocijo. Yo las tomo prestadas para este mensaje, así las transformo en memoria.
Y ahora me voy a mirarte, y a conmoverme, otra vez, con tus cachetes de durazno que se avienen tan graciosamente a la ley de gravedad; tus cachetes pompas de jabón, despiertos mientras vos dormida.
28 marzo 2016
25 marzo 2016
20 marzo 2016
Fantasma benigno
Siempre que sueño que vivo en su casa (porque sí vivo en su casa), no es acá; es la casa celeste.
Era de noche y Julia dormía. Ocupábamos sólo la parte de adelante, el departamento donde había vivido la bisabuela (aunque un poco cambiado).
Las puertas que daban al patio y al sector de las mamparas no estaban aseguradas (esto es recurrente: esa casa y sus puertas abiertas); cualquiera podía meterse.
Pero había, sí, una puerta cerrada. Anulada. La que daba a la parte central: su habitación, el living, la cocina. Ahí, decía yo en el sueño, todo había quedado intacto. Y me causaba tanta impresión, tanta tristeza, que esa puerta no se abría, y esas habitaciones no se usaban.
Se oían ruidos y yo corría a trabar la puerta que daba hacia el patio de las mamparas. Espiaba: un gato. Si él había podido entrar, era porque había un hueco.
Acá el sueño es divergente:
-Luego del gato: una nena. En el patio. ¿Cómo había llegado? Una prima de mi abuela la había soltado desde su balcón (que daba al mismo patio), y, cuando yo salía, me gritaba reclamando para sí la casa.
-Luego del gato: nada. Yo deducía que los ruidos se debían a la presencia de un fantasma. De SU fantasma. Y, en ese caso, decía en voz alta, me quedaba tranquila porque era un fantasma benigno.
Era de noche y Julia dormía. Ocupábamos sólo la parte de adelante, el departamento donde había vivido la bisabuela (aunque un poco cambiado).
Las puertas que daban al patio y al sector de las mamparas no estaban aseguradas (esto es recurrente: esa casa y sus puertas abiertas); cualquiera podía meterse.
Pero había, sí, una puerta cerrada. Anulada. La que daba a la parte central: su habitación, el living, la cocina. Ahí, decía yo en el sueño, todo había quedado intacto. Y me causaba tanta impresión, tanta tristeza, que esa puerta no se abría, y esas habitaciones no se usaban.
Se oían ruidos y yo corría a trabar la puerta que daba hacia el patio de las mamparas. Espiaba: un gato. Si él había podido entrar, era porque había un hueco.
Acá el sueño es divergente:
-Luego del gato: una nena. En el patio. ¿Cómo había llegado? Una prima de mi abuela la había soltado desde su balcón (que daba al mismo patio), y, cuando yo salía, me gritaba reclamando para sí la casa.
-Luego del gato: nada. Yo deducía que los ruidos se debían a la presencia de un fantasma. De SU fantasma. Y, en ese caso, decía en voz alta, me quedaba tranquila porque era un fantasma benigno.
27 febrero 2016
Un poco más allá
En la playa, el bucle de las olas era alto. Altísimo.
El mundo se ponía redondo, cóncavo. Peligroso. Un mareo. Caminar a duras penas adivinando el horizonte. Playa barco zozobra.
Sin embargo, apenas un poco más allá amainaba el volumen del mar, se volvía calmo, apacible. Se podía buscar una plaza con juegos para quedarse, un conjunto de cabañas con la plaza en el medio, un sitio sereno para vacacionar.
Pero, entonces, ¿qué había sido aquello de los bucles de ese mar embravecido? ¿A dónde se iba, ahora, todo ese vértigo de fin del mundo? ¿Qué hacía yo en esa plaza tranquila, buscando la sombra bajo el tobogán?
Sólo habíamos caminado unos pasos. Tan sólo eso. Y lo demás había desaparecido.
El mundo se ponía redondo, cóncavo. Peligroso. Un mareo. Caminar a duras penas adivinando el horizonte. Playa barco zozobra.
Sin embargo, apenas un poco más allá amainaba el volumen del mar, se volvía calmo, apacible. Se podía buscar una plaza con juegos para quedarse, un conjunto de cabañas con la plaza en el medio, un sitio sereno para vacacionar.
Pero, entonces, ¿qué había sido aquello de los bucles de ese mar embravecido? ¿A dónde se iba, ahora, todo ese vértigo de fin del mundo? ¿Qué hacía yo en esa plaza tranquila, buscando la sombra bajo el tobogán?
Sólo habíamos caminado unos pasos. Tan sólo eso. Y lo demás había desaparecido.
22 febrero 2016
Proyecto de investigación
Esta vez, el sueño era un viaje, en colectivo, por la ciudad, al anochecer. Iba a Devoto/Chacarita. A visitar la cárcel/cementerio. Para mi proyecto de investigación.
La empleada de Turismo sugería tomar el 117 y alquilar pieza en un hotel con vistas al parque/cementerio de la cárcel. Desde allí, decía, se podía observar sin peligro.
Pero mi amiga lo consideraba innecesario. Ella tomaba el mismo colectivo pero iba a otra parte.
Bajaba, yo.
Se ponía turbio el barrio, la avenida.
En una casa en alto, por la ventana, veía a un amigo muerto.
Seguía avanzando hacia mi destino pero con la fuerte sospecha de que ya había llegado.
La empleada de Turismo sugería tomar el 117 y alquilar pieza en un hotel con vistas al parque/cementerio de la cárcel. Desde allí, decía, se podía observar sin peligro.
Pero mi amiga lo consideraba innecesario. Ella tomaba el mismo colectivo pero iba a otra parte.
Bajaba, yo.
Se ponía turbio el barrio, la avenida.
En una casa en alto, por la ventana, veía a un amigo muerto.
Seguía avanzando hacia mi destino pero con la fuerte sospecha de que ya había llegado.
18 febrero 2016
Agujero negro
Bueno, soñé que la influencia de un agujero negro cercano a la tierra se estaba chupando a los neonazis antisemitas, pero venía por todos, eventualmente. Yo misma veía volar un camión con acoplado como si tal cosa.
La respuesta era huir hacia mi edificio, tocarle timbre a los vecinos para reunirlos en mi departamento, prender la radio y dar una improvisadísima clase de baile (?) en bombacha (!) porque dado que era el fin del mundo qué sentido podía tener perder tiempo en vestirse.
Ah, era baile tipo Beyoncé.
La respuesta era huir hacia mi edificio, tocarle timbre a los vecinos para reunirlos en mi departamento, prender la radio y dar una improvisadísima clase de baile (?) en bombacha (!) porque dado que era el fin del mundo qué sentido podía tener perder tiempo en vestirse.
Ah, era baile tipo Beyoncé.
Tranqui. Mañana tengo terapia.
06 enero 2016
Peter y Wendy
Tengo que dormir, pero no duermo. Me quedo a voluntad en este insomnio para escribir y que no se atragante tanto que siento.
Medito si voy a devolverle el libro, si voy a deslizar en él una dedicatoria apócrifa, si voy a volver a decir lo que ya dije para volver a escuchar lo que ya escuché.
A veces no alcanza con quererse. No alcanza porque los vasos siguen rompiéndose y la desidia los sigue dejando rotos, en la mesada; filosos, y sobre todo rotos. Y el piso de la cocina astillado, y la escoba sucia, y el vaso roto, irremediablemente roto y sin arreglo.
Quiero ser otra vez Wendy en su mirada de niño que no quiere crecer. Jugar a la casita y que sea mi esposo; un padre para los niños perdidos y niño perdido a su vez. Quiero mirar sus ojos y ver chispas de presente y no este futuro; nunca jamás este futuro en el que nada se imagina, o, mejor dicho, en el que se hacen polvo las imágenes, como ese verano con las fotos.
Como esas tormentas eléctricas; como ese rayo partido que ciega un instante y después se queda titilando en las pupilas. Y no se va. No se va.
Medito si voy a devolverle el libro, si voy a deslizar en él una dedicatoria apócrifa, si voy a volver a decir lo que ya dije para volver a escuchar lo que ya escuché.
A veces no alcanza con quererse. No alcanza porque los vasos siguen rompiéndose y la desidia los sigue dejando rotos, en la mesada; filosos, y sobre todo rotos. Y el piso de la cocina astillado, y la escoba sucia, y el vaso roto, irremediablemente roto y sin arreglo.
Quiero ser otra vez Wendy en su mirada de niño que no quiere crecer. Jugar a la casita y que sea mi esposo; un padre para los niños perdidos y niño perdido a su vez. Quiero mirar sus ojos y ver chispas de presente y no este futuro; nunca jamás este futuro en el que nada se imagina, o, mejor dicho, en el que se hacen polvo las imágenes, como ese verano con las fotos.
Como esas tormentas eléctricas; como ese rayo partido que ciega un instante y después se queda titilando en las pupilas. Y no se va. No se va.
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