Ahora hay un silencio espeso, de burbuja bajo el agua, de calma antes del vendaval. Las imágenes vienen y se ordenan en esta ventana que enmarca mis exorcismos.
El mar está en una habitación. Mi pato gris se mece alegremente sobre una ola.
Algún asunto me saca del agua. Una ensalada con perejil azul indica que algo puede estar mal.
Parece que una horrible tempestad revolvió todo el mar de la pieza, que mi pato se ahogó. En una esquina, un horrible cadáver de pato con el cuello en forma de S. Pero es color verdoso, no puede ser mi pato gris. A excepción de que los patos ahogados se pongan verdes, y yo grito y no quiero ver.
Como el otro día, ese pez globo flotando en un pequeño cuenco. Devolvelo al cuenco, le decía yo a J. El globo-pez flotaba a cinco centímetros del cuenco, y sin la gravedad del agua el riesgo era enorme. Devolvelo al cuenco, le dije, y el pez, como si mis palabras hubieran sido un conjuro, flotó hacia arriba, hacia el ventilador encendido, y explotó, y yo grité y cerré los ojos.
26 diciembre 2014
23 diciembre 2014
llanto de gato
El verano empezó con aire fresco. La ventana estaba abierta y a través de las líneas de noche que se entreveraban con la persiana ese aire se había adueñado de la habitación. No fue por eso que se levantó a cerrar. Fue por el gato. Un gato maullaba cerca; la despertó cuando estaba, como se dice, entrando en la narcosis del sueño. Se levantó y cerró la ventana, esta vez sin asomarse a mirar de dónde venía el sonido; cerró con la tristeza de otras noches pero, esta vez, sin voluntad heroica.
Se estaba por duchar. Sin saber por qué, salió a la terraza, desnuda, quizás con una breve toalla que alcanzaba a cubrir solamente la mitad de sus vergüenzas. Se acercó a la medianera, siguiendo un sordo presentimiento. El gato, blanco y sucio, y también flaco y enfermo, la miraba con terror desde arriba. Tenía un collar en el que algo relucía, pobrísimo, con el sol nublado de la madrugada. Podían verla desde los balcones, pero el gato lloraba en la medianera y soltó la toalla. Lo llamó, intentando que no percibiera la urgencia en su voz. El gato hizo un ademán, como acercándose. Ella, en un relampaguear de la conciencia, entendió que su casa no tenía terraza, ni medianera. El gato se evaporó al contacto de su mano, y la toalla que había soltado se le enroscó en los pies con suavidad aterciopelada, en el confín de la cama. La oreja pegada a la almohada seguía escuchando la letanía del llanto de gato, más allá de la ventana cerrada.
Se estaba por duchar. Sin saber por qué, salió a la terraza, desnuda, quizás con una breve toalla que alcanzaba a cubrir solamente la mitad de sus vergüenzas. Se acercó a la medianera, siguiendo un sordo presentimiento. El gato, blanco y sucio, y también flaco y enfermo, la miraba con terror desde arriba. Tenía un collar en el que algo relucía, pobrísimo, con el sol nublado de la madrugada. Podían verla desde los balcones, pero el gato lloraba en la medianera y soltó la toalla. Lo llamó, intentando que no percibiera la urgencia en su voz. El gato hizo un ademán, como acercándose. Ella, en un relampaguear de la conciencia, entendió que su casa no tenía terraza, ni medianera. El gato se evaporó al contacto de su mano, y la toalla que había soltado se le enroscó en los pies con suavidad aterciopelada, en el confín de la cama. La oreja pegada a la almohada seguía escuchando la letanía del llanto de gato, más allá de la ventana cerrada.
16 diciembre 2014
los ALARIDOS que esos pobres camiones de la basura nos prodigan cada medianoche, ese JADEO DE PERRO ENFERMO, y el horrendo ESTRÉPITO con el que se detienen a veces de golpe y uno no sabe si llamar a una ambulancia hasta que uno de los muchachos pega el grito y AY otra vez el jadeo, el traquetrac, el FUUUUUUUUUUUUU que se aleja y sabemos que está entero, que sigue su camino terrible por la noche, despertando abuelas y muriéndose un poco
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