Busco el abrazo de mi madre confortando mi angustia, pero en cambio yo soy la madre y mi hija me siente llorar y me acaricia la mano. Tiene los ojos enormes y me pregunta si se puede no ir a ningún lado en auto. Cuando ya no puedo meter el llanto adentro le explico que estoy cansada, y eso es sólo una parte de la verdad. Pero ella no hace preguntas. Sus manos bucean en mi cuello, quiere abrazarme la cabeza completa, la parte rota de mi sueño.
Su respiración se vuelve densa y me quedo muy quieta; es necesario que se forme una capa gruesa, una cámara de aire que nos envuelva, que haga de la oscuridad un hueco confortable. El sueño que vuelve, algo que se vacía y se vuelve a llenar cuando la noche ya se desarma.
30 abril 2020
27 abril 2020
miscelánea de lunes
No se nos dan bien los abriles.
Tuvimos la lluvia y el encierro en el Tigre. Tuvimos ese otro seco, y en el fondo del dolor un tallo.
Ahora esta otra isla que nos naufraga, uno en cada punta.
Trabajo toda la mañana en preparar la actividad, la actividad como un hijo que por el solo hecho de ser me produce una inmensa alegría, lanzo el hijo al mundo y sólo espero que sea amado y que vuelva siempre y que vuelva otro -mejor, más sabio y más fuerte. Así un poco con las actividades, pero el mundo no quiere estos hijos, el mundo está aislado y quiere pensar en nada, quiere amarse a sí mismo tal como era, el mundo no quiere cambiar y todo lo que hacemos (los trabajos, los hijos) con la fe puesta en poner el rumbo hacia el amor y la verdad, todo eso vuelve pervertido y vaciado, seco, con las raíces muertas, imposible de trasplantar.
Estoy doblada para uno de mis lados, como si un pellizco me obligase a acercar siempre la costilla a la cresta; duermo así, me despierto así, sueño así, trabajo así, me alegro para ese lado, me desgarro en igual sentido. No sé doblarme en otra dirección, la curva está marcada, como la raya que me divide el cabello. Estas tristezas de lado derecho y yo nos conocemos muy bien.
Tuvimos la lluvia y el encierro en el Tigre. Tuvimos ese otro seco, y en el fondo del dolor un tallo.
Ahora esta otra isla que nos naufraga, uno en cada punta.
Trabajo toda la mañana en preparar la actividad, la actividad como un hijo que por el solo hecho de ser me produce una inmensa alegría, lanzo el hijo al mundo y sólo espero que sea amado y que vuelva siempre y que vuelva otro -mejor, más sabio y más fuerte. Así un poco con las actividades, pero el mundo no quiere estos hijos, el mundo está aislado y quiere pensar en nada, quiere amarse a sí mismo tal como era, el mundo no quiere cambiar y todo lo que hacemos (los trabajos, los hijos) con la fe puesta en poner el rumbo hacia el amor y la verdad, todo eso vuelve pervertido y vaciado, seco, con las raíces muertas, imposible de trasplantar.
Estoy doblada para uno de mis lados, como si un pellizco me obligase a acercar siempre la costilla a la cresta; duermo así, me despierto así, sueño así, trabajo así, me alegro para ese lado, me desgarro en igual sentido. No sé doblarme en otra dirección, la curva está marcada, como la raya que me divide el cabello. Estas tristezas de lado derecho y yo nos conocemos muy bien.
14 abril 2020
Fantasma
La casa de Laura estaba un poco diferente. Seguía siendo enorme, con muchos cuartos sin usar; pero no era una casa nueva, era un PH de principio de siglo. Sus padres se estaban separando, los míos también. Había un sillón en el pasillo.
No sé por qué me acordé de mi abuela. Me pregunté si todavía estaba viva, o si todavía estaba muerta. Dejé a Laura en el pasillo y me escondí en una habitación a intentar recordar su número de teléfono. Llamé a la operadora: cuatro ocho siete siete... cuatro ocho siete seis, dijo la operadora; la característica con doble siete ya no existe. Para el resto de número yo solo recordaba sietes. Llamaba desde un teléfono pequeño y gris como una piedra. No sabía dónde buscar la agenda. Mi abuela, pensé. Cuánto hace que no la llamo. Y sentí una culpa monumental, de quince años.
No sé por qué me acordé de mi abuela. Me pregunté si todavía estaba viva, o si todavía estaba muerta. Dejé a Laura en el pasillo y me escondí en una habitación a intentar recordar su número de teléfono. Llamé a la operadora: cuatro ocho siete siete... cuatro ocho siete seis, dijo la operadora; la característica con doble siete ya no existe. Para el resto de número yo solo recordaba sietes. Llamaba desde un teléfono pequeño y gris como una piedra. No sabía dónde buscar la agenda. Mi abuela, pensé. Cuánto hace que no la llamo. Y sentí una culpa monumental, de quince años.
2020 ~ Día #
Abrí la heladera y atrás de los frascos, en el estante de arriba, está el tumor de hielo con la mostaza adentro. Ya vamos 25 días de aislamiento, y ese tumor no hizo más que crecer, endurecerse, solidificarse. No me preocupa la mostaza en sí, que ya estaba casi vacía y vencida. Me preocupa que esto dañe el funcionamiento de la heladera. Pero ¿es momento de descongelarla? Estamos yendo más a hacer compras porque comemos más en casa. La heladera está llena de cosas, el freezer no tanto, pero tampoco está vacío. Pensar qué debo hacer con la heladera me distrae de pensar en qué debo hacer con mi vínculo, al que en paralelo también le creció un tumor del que no estamos hablando.
Ayer recordé con detalle la experiencia post-traumática del accidente: el Garraham y los cambios de yeso, la estadía en la casa de mis tíos, en la casa de mis abuelos; la forma en que mi tía me higienizaba (estoy segura de que esa palabra innecesaria fue obra de mi abuela) con una esponja y un pote de helado relleno de agua tibia. La forma en que me arrastraba con el yeso a través del largo pasillo. Las canciones de Xuxa.
Soñé con el mar descontrolado, después de mucho tiempo. Íbamos en auto, el agua estaba por todos lados. A un lado se armaba una ola gigante, el auto se desviaba para evitar la rompiente, imposible saber si estábamos atropellando gente que huía a pie. Otra mamá del jardín sostenía a Julia, la iba a llevar a su casa. Yo pensaba que quizás no era lo más prudente. Ella se ofendía un poco, me contestaba mal “Bueno, no sé, qué querés que te diga”. Julia viajaba en su regazo. El auto se detenía. Yo bajaba. Veía una lona sobre la arena, y un pequeño bulto debajo (¿la mostaza en la heladera?). No. Era un estuche con unos lentes de sol. Volvía a dejarlos bajo la lona, por si su dueño venía por ellos.
Ayer recordé con detalle la experiencia post-traumática del accidente: el Garraham y los cambios de yeso, la estadía en la casa de mis tíos, en la casa de mis abuelos; la forma en que mi tía me higienizaba (estoy segura de que esa palabra innecesaria fue obra de mi abuela) con una esponja y un pote de helado relleno de agua tibia. La forma en que me arrastraba con el yeso a través del largo pasillo. Las canciones de Xuxa.
Soñé con el mar descontrolado, después de mucho tiempo. Íbamos en auto, el agua estaba por todos lados. A un lado se armaba una ola gigante, el auto se desviaba para evitar la rompiente, imposible saber si estábamos atropellando gente que huía a pie. Otra mamá del jardín sostenía a Julia, la iba a llevar a su casa. Yo pensaba que quizás no era lo más prudente. Ella se ofendía un poco, me contestaba mal “Bueno, no sé, qué querés que te diga”. Julia viajaba en su regazo. El auto se detenía. Yo bajaba. Veía una lona sobre la arena, y un pequeño bulto debajo (¿la mostaza en la heladera?). No. Era un estuche con unos lentes de sol. Volvía a dejarlos bajo la lona, por si su dueño venía por ellos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)