Cuando era chica, a los 11 años, recibía la Billiken los sábados a la mañana. Ese año venían por fascículos el Antiguo y el Nuevo Testamento. Yo, que no había tenido una educación religiosa, me los leía como una golosina, alucinada con las historias. Me acuerdo que me impresionó particularmente la historia de Moisés y las plagas, en especial la última, la de la muerte del primogénito. La idea de un dios inmaterial, entrando en las casas de los egipcios y matando a los bebés, pero, sobre todo, la de la marca en la puerta, me resultaba siniestra. Y entonces me preguntaba por qué los judíos estarían tan convencidos de tener un dios aparte, uno que reconociera las marcas en las puertas de sus casas para que la desgracia pasara de largo. Qué pruebas tenían de que funcionaría. Y me imaginaba el terror de esa noche, el insomnio de esos padres y madres esperando el amanecer y rogando que dios existiera y fuera certera la marca y que no se confundiera.
El Estado de Israel tiene medios para proteger a sus ciudadanos. Hablo con mi familia que vive allá y ellos están bien, tranquilos, de algún modo acostumbrados a estos conflictos, tomando los recaudos necesarios, atentos a las sirenas, con sus refugios cerca, pero siguiendo con su vida.
Leo las noticias sobre Gaza y los muertos son miles, niños la mayor parte.
Israel sólo quiere asesinar terroristas, dicen. ¿Pensarán que el prodigio de dios hará que la muerte pase de largo las casas de esos niños? Si es que acaso piensan que dios tiene algo que ver con tirar bombas. Si es que acaso piensan, todavía, en dios.
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