06 agosto 2014

La autopista mineral

El sueño era así: iba en un coche con amigos, en una autopista cargadísima, a mucha velocidad. Tenía miedo de chocar. Mejor dicho: sabía que, en algún momento, íbamos a chocar. Era la autopista mineral, me decían o yo decía. Esa era la explicación.

Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."

Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.


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