Se puede empezar a vivir el verano
saliendo al balcón
a comer papas fritas;
se puede respirar la brisa
en la que se anuncia
o se presiente
algo más del tiempo
que se nos debe.
Se ponen muy gedes los bichos en verano.
Picotean la piel transpirada,
transitan bordeando platos
y posibilidades.
A veces caen al vaso,
o al aceite de lo que fue la ensalada.
A veces pierden un ala y entonces
comienzan su itinerario recursivo
de compás
sobre manteles y mesadas.
Quien los ve, los auxilia;
con un dedo
o bajo el pudor de la servilleta.
El calor me dilata los poros
y las palabras.
Me nacen estos textos estivales,
suspendidos como las copas de los árboles
sin la fantasmagoría del viento.
08 noviembre 2018
05 noviembre 2018
La puerta
Un hombre halló una puerta pequeña y misteriosa en el sótano de su casa. Parecía sellada, como si nunca
nadie la hubiera abierto. Sin embargo, tenía un pequeño picaporte. Sintió una terrible curiosidad.
Durante varias noches, después de la cena, bajaba al sótano y golpeaba suavemente la puerta. Esperaba
unos instantes mirándola fijamente, pero esta permanecía siempre inmóvil. Luego de unos minutos,
se iba a dormir. Esto no tardó en convertirse en un ritual nocturno, tan imprescindible como tomar una
taza de té, o cepillarse los dientes.
Pero una madrugada de insomnio se levantó decidido a resolver el misterio. Era tarde. Bajó las escaleras y
se detuvo, como siempre, frente a la puerta. El sótano estaba oscuro. El hombre tenía fuertes palpitaciones
y transpiraba horriblemente. Había pocos ruidos a esa hora. Solamente oía sus latidos enloquecidos.
A pesar del terror que lo invadía, o quizás para darse coraje, golpeó un poco más fuerte que de costumbre.
Hizo una pausa y volvió a golpear. Esperó algunos segundos y golpeó por tercera vez. Luego de un
momento del más denso silencio, el picaporte chilló y la puerta se entreabrió.
El hombre, instintivamente, se cubrió el rostro con las manos. No alcanzó a ver el destello del flash:
del otro lado, otro hombre como él, pero mucho más pequeño, le había tomado una fotografía al horrible
gigante que lo acosaba todas las noches golpeando su puerta. Ahora sí, presentaría la denuncia y por fin se
haría justicia.
27 agosto 2018
27/8/18
Ando perdida y soñando desgracias
neurosis no resueltas
de hijos y carreras
y fracasos,
abortos clandestinos
no practicados,
mesas de finales de ping pong
sin haber preparado un solo texto
sin haber parido al hijo
no deseado
y deseado al mismo tiempo
Lucero, le iba a poner.
como Paulino, el de Ascasubi.
Algo me va diciendo
este barro de angustia
este destierro del libro
del texto
y del cuerpo.
Duermo a intervalos
para orillar los sueños.
Pa que me achuren.
12 febrero 2018
Verano 1 y 2
Ruedo,
en el sueño,
por el barrio de Saavedra.
No voy en bicicleta sino
en algún otro dispositivo
que me hace rodar a mí,
como a un bicho bolita
o un armadillo de la pampa.
Estoy feliz y no siento miedo,
aunque es de noche y paso
por abajo del puente.
Voy a una fiesta donde servirán choripán.
Llego
y me acerco a la parrilla.
Todo está muy bien, pero
mi choripán se demora en salir.
Entonces
recuerdo que dejé a mi hija
con alguien más,
que me espera y yo
tardando en esa fiesta.
Salgo;
camino para un lado y no es.
Pierdo tiempo.
Mi hija me espera y estoy tan triste.
-
Se hace tarde en ese pueblito
tan pequeño como un gran supermercado.
Salgo de un bar, tengo que ir a otro
o, en tal caso,
volver al hotel.
El mensaje es confuso.
La calle “Lemuel” al 1700.
Alcanzo a ver un mapa:
debo caminar hacia allá, y hacia allá.
Es todo lo que sé antes de que
el celular
se convierta en un sobrecito
de veneno para cucarachas.
En el camino, paso por el hospital.
Una conocida entra a parir.
Es de madrugada.
Cruzo las vías.
Voy con una multitud,
como a la hora pico
en la ciudad.
Pero es de madrugada,
en este pueblito tan pequeño
como un gran supermercado.
Somos una manada,
caminamos por unos terrenos verdes
al costado de la vía.
No veo bien, pero
algunos
van entrando a las fiestas
que hay del otro lado
del alambrado.
Yo no. No puedo detenerme.
Tengo que encontrar la calle “Lemuel”,
tengo que reencontrarme con los míos.
La noche avanza. Termina.
Salgo a la luz
al costado de unas canchas de tenis.
El sendero está embarrado.
No tienen asfalto estas calles
de pueblo.
Estoy disfrutando el paseo.
Recién me doy cuenta.
Pasando las canchas,
debería estar la calle que busco.
Una mujer con uniforme
y su credencial (“Sandra”)
abrochada en la camisa.
-Hola, Sandra. ¿Cuál es Lemuel?
-Este pasillo que nace acá.
-Tengo que ir al 1700.
-Es en la otra punta.
El mundo se me viene abajo.
Estoy en el sector de jardinería.
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