24 noviembre 2014

Fixing a hole

Ahora que pasaron casi diez años empiezo a pensar que no hace falta seguir sosteniendo el recuerdo cariñoso sólo porque es parte de mí, de mi historia, etc. No hace falta idealizar el pasado, hacer de cuenta que fuiste un gran amor.
No fuiste algo bueno en mi vida. Fuiste nocivo. Me aislaste de todo, me convenciste de que mi mundo eras vos. Me llenaste de inseguridad. Fuiste un perro guardián, un psicopateador; distante en la intimidad pero muy territorialmente cariñoso en público. Me hiciste creer muchas cosas sobre mí, sobre vos, sobre la vida. Casi, casi me hacés creer que vos me dejaste de amar, y no al revés. Cuánto miedo te tuve, sin saberlo. Miedo de que me dejaras, de que te enojaras conmigo, de que no quisieras volver a hablarme, de que te alejaras dando un portazo; miedo de que nunca nadie me volviera a elegir, miedo de que fueras demasiado para mí, miedo de no estar haciendo las cosas bien, miedo de lo que pensaba, miedo de lo que sentía, miedo de que no me entendieras -y no me entendías-. Finalmente tuve miedo de no poder olvidarte, de que me dolieras toda la vida.
Nunca me enojé con vos. Nunca te culpé por nada. Me pasé algunos cuantos años echándome la culpa por haberte dejado, primero, por haberte lastimado, después; por haber terminado mal, yo y mi torpeza. Me pasé otros cuantos años perdonándome, reconciliándome conmigo, con la vida, con el pasado y con el dolor. Pero nunca, nunca, hasta ahora, me había enojado con vos. Y bueno, no; no es un enojo real. Porque vos ya no existís, no realmente. Pero mientras te ponías tu pasamontañas, dándome intencionalmente la espalda, mientras, en la soledad de esa vereda, lo único que no podías hacer era hacerte cargo de mi presencia; mientras te subías a la bicicleta y arrancabas, yo, que estaba por hablar, me callé. Porque entonces, recién entonces, entendí que esa manera tuya de lastimar no es de ahora (de ahora que ya no existimos el uno para el otro). Vos siempre fuiste eso.

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