militancia pulcra de escolares, formaditos, ordenados, que aplauden al mismo tiempo, uniformados en remeras amarillas. chicas y chicos prolijamente vestidos y aseados, cada uno con un trapo de distinto color para revolear por el aire. chicos y chicas con pelos de peluquería, con los labios rojos, con rostros publicitarios.
fiesta de fin de curso. se gradúan de militantes nacionales. por fin.
y el discurso, largamente ensayado, sale. sale o sale. hay algunos silencios que desorientan a la vicedirectora. hay algunas repeticiones, pero ella lo mira embelesada, con esa mirada también ensayada, aguantando en los labios el impulso de intervenir, o, cuanto menos, de seguir en mute las líneas del director. ella se limita, mansamente -tiene todo bajo control-, a indicar con su mano a la multitud que reduzca sus cánticos. porque el director está hablando de cosas importantes. y el discurso sale, va saliendo. se lanza. y mejor así, que no es para desaprovechar la oportunidad. el acto.
los chicos aplauden y vivan. el director les habla a ellos, a los jóvenes. a los que no participaron de los debates ideológicos del siglo pasado. en los debates ideológicos que van a morir ahora, a manos de esos jóvenes de remeras amarillas. el director le habla al futuro. que empieza hoy y de cero.
el timing funciona. se palmean detrás de cámaras los jefes de campaña, los productores, los wedding-planners.
porque la política no se trata de discutir modelos teóricos. se trata de bailar y tirar papelitos y revolear remeras, como en una fiesta de egresados.
27 octubre 2013
20 octubre 2013
modelo '83, como la democracia
Un saludito a todos mis amigos que están cumpliendo, o cumplieron, o están por cumplir 30 pirulines. Es bueno tener una generación y es bueno tener una re-generación de los vínculos con las personas con las que crecimos. Es un flash que ya hayan pasado 15 de mis 15. De nuestros 15, quiero decir. De todo eso que era tener 15, incluyendo pensar que los 30 estaban tan pero tan lejos como para escribirles una carta.
Ayer, en una terraza, mirando los espectaculares relámpagos de la tormenta, pensé en Marty Mc Fly, el profesor Brown y el Delorian. Algo pasó, sí, porque estábamos ahí otra vez. Y los relámpagos y la estática lo probaron: viajamos en el tiempo. Pero no en el tiempo lineal, sino en el espiralado. Estábamos ahí, iguales pero distintos. Estábamos ahí como si una tormenta eléctrica y un auto nos hubieran transportado desde 1998.
15-30, estamos a la mitad de un game de tenis.
La impresión exacta es paradójica: mezcla de vértigo, y, a la vez, una profunda sensación de arraigo.
Ayer, en una terraza, mirando los espectaculares relámpagos de la tormenta, pensé en Marty Mc Fly, el profesor Brown y el Delorian. Algo pasó, sí, porque estábamos ahí otra vez. Y los relámpagos y la estática lo probaron: viajamos en el tiempo. Pero no en el tiempo lineal, sino en el espiralado. Estábamos ahí, iguales pero distintos. Estábamos ahí como si una tormenta eléctrica y un auto nos hubieran transportado desde 1998.
15-30, estamos a la mitad de un game de tenis.
La impresión exacta es paradójica: mezcla de vértigo, y, a la vez, una profunda sensación de arraigo.
08 octubre 2013
poema para un.
hoy me río
porque todavía se puede
llorar
leyendo un poema
y porque ese poema
-y otros
muchos otros,
del pasado,
del futuro;
suyos, míos,
y de toda la historia
del mundo-
serán tuyos,
mañana, cuando vengas
cuando te cantemos
y cuando cantes
y cuando
hables con las cosas
porque todavía se puede
llorar
leyendo un poema
y porque ese poema
-y otros
muchos otros,
del pasado,
del futuro;
suyos, míos,
y de toda la historia
del mundo-
serán tuyos,
mañana, cuando vengas
cuando te cantemos
y cuando cantes
y cuando
hables con las cosas
23 septiembre 2013
Pianelli en su despacho
La pareja está sentada frente a un escritorio enchapado color negro. Se toman de la mano, entrecruzando los dedos. La habitación, recién pintada de blanco, disimula sin eficacia la falta de aseo: veloces arañas ya han arraigado sus redes en cada rincón, al revés de la pintura que, aplicada sobre el polvo, se adhiere con dificultad.
Ella tiene una cartera de cuero azul oscuro sobre la falda; tamborilea con los dedos de la mano libre. Las uñas prolijamente cortadas, con un brillo sutil, de modesta coquetería, casi no producen sonido sobre el cuero. Él transpira mares. Un pobre pañuelito estampado lo asiste sin éxito.
El piso cruje, casi inaudible. La mujer y el hombre oyen el diminuto quejido de la madera. Se enderezan, expectantes, cuando la puerta a sus espaldas por fin se abre. Contienen la respiración. El hombre se seca, una vez más, la frente, y vuelve a guardar el pañuelo empapado. La mujer atina a mirar por sobre su hombro, ansiosa; el hombre la censura con un imperceptible apretón de mano.
Pianelli ingresa ceremoniosamente, portando un enorme bibliorato desbocado de papeles. Camina hacia el escritorio con exagerada gravedad, cuidando muy bien de apoyar los talones firmemente en el suelo, luego las plantas, luego las puntas. Al verlo desplazarse así uno podría pensar que algo realmente importante ocupa su mente. Le gusta jugar ese juego. No el de la importancia,-que no es un juego sino un factum-, sino el de evitar el crujir de las maderas. Lo distrae de su trabajo, el cual no disfruta la mayor parte del tiempo, aunque sí goza. Goza con sus zapatos lustrados pisando esas maderas -viejas, importantes, pinotea del siglo XIX-, del despacho que hace unos años le pertenece (desde aquel penoso incidente con el dr. Ripetta, los sobres rotulados que aparecieron en la oficina equivocada, aquella desafortunada nota que le dirigiera el dr. al secretario del ministro, y las consecuencias subsiguientes que no vale la pena detallar por no revivir el oprobio); goza de la corbata impecable que, como una pitón, se enseñorea sobre su pecho. Goza el aire de respetabilidad que le da su escritorio art decó, completamente enchapado en negro, con detalles curiosos como ese adorno del ciclista que gira de forma -casi- continua, el pisa papeles de mármol de carrara, el portarretratos de vitreaux con la mujer rubia y la cría, dorados de sol en alguna playa superpoblada. Atrás están los solemnes estantes, llenos de biblioratos y cajas de archivo numerados o señalados con una letra del alfabeto, rotulados con distintos colores: verde, rojo, azul; sistema que sólo él y su secretaria conocen, él menos, pero, aún así, impenetrable para cualquiera que lo visite. Sistema que, a solas y honestamente, le produce cierta angustia; como si esa organización minuciosa de papeles y cartoné fuera un reflejo burlón de su propia existencia. Pero basta que alguien lo venga a ver, ¡ah!, para trocar ese sentimiento en goce; puro goce de saber y manejar al dedillo -o casi- algo que nadie más en el mundo comprende, aunque sea algo que carece de relevancia fuera de esa miserable oficina.
Camina gravemente, entonces, mirándose los zapatos, sabiéndose mirado, intuyéndose respetado. Camina calculando lo inmenso que debe parecer frente a esa pobre pareja, cuya felicidad está depositada en sus manos, en sus enormes y prolijas manos de funcionario público. Demora el momento, multiplica su goce. Esa caminata solemne entre la puerta y el escritorio, esos segundos de gloria en que la expectativa ajena flota en el despacho como un perfume incitante, como un narcótico, son los retazos más plenos de su cotidianidad. Esto es lo que va a hacer:
Va a apoyar suavemente el mamotreto gris en el escritorio. Va a arremangar sus pantalones con un gesto casi campesino. Se va a sentar y a poner los anteojos que ha dejado sobre el escritorio, usando ambas manos, con cierta torpeza, para imprimirle humildad al gesto. Va a hacer una pausa solemne. Va a carraspear apenas, como quien intenta atenuar su autoridad, como quien teme -y no puede evitar- producir un daño terrible en la sensibilidad de sus interlocutores. Luego dirá:
-No va a ser posible, caballero - le hablará a él, porque a duras penas tiene valor para mirar a la mujer, cuyo abultado escote, pudorosamente abotonado, le produce una mezcla de lástima y excitación. (Se ha masturbado allí mismo, en su despacho, evocando pares de senos privados de su facultad de alimentar, senos cuya sola función es producir placer en un hombre adulto, senos reservados para el goce, para la baba, para el capricho)
-Lamento - continuará- ser portador de malas noticias...- Aquí aguzará el oído, y creerá advertir un lejano escándalo de vidrios rotos, como si alguien hubiera pateado, sin querer, una mesa de café; como si los dos corazones frente a él se hubieran congelado y estallado en esquirlas de hielo- La familia ha reclamado, ha llamado al juzgado y ha dicho -abusará del pretérito compuesto, pareciéndole más impersonal, acaso menos severo- que la familia tiene la potestad absoluta... La familia, usted sabe, la familia es lo primero... ¿Cómo dice? -porque el hombre, vagamente, protestará- En absoluto, señor. He hecho todo lo humanamente posible, al parecer esa gente ha recibido información... Comprenda, caballero: -agregará, con toda la autoridad del Estado materializada en un sereno pero contundente arqueo de cejas- así son las cosas en este país.
Ella proferirá suaves sollozos. Sus pechos se agitarán en pequeñas convulsiones. Él se pondrá rojo de rabia, de impotencia, de dolor. Golpeará el escritorio enchapado con ira trocada en resignación. Ella sacará de su cartera azul un pañuelo de papel, y se sonará la nariz silenciosamente. Sus manos se estrecharán más que antes. Nadie dirá nada, y el ciclista seguirá su inútil carrera circular, mientras el tiempo se ensancha para siempre para esa mujer y para ese hombre.
Pianelli caminará despaciosamente hacia la puerta, humilde, casi encorvado, y la abrirá con un gesto de invitación. Les dará las buenas tardes, y cerrará rápidamente la puerta, no sea cosa que adviertan la inquina de su gesto final, el fajo de billetes que le abulta el pectoral izquierdo, y que está ansioso por empezar a contar.
22 septiembre 2013
el pudor
qué hago yo acá haciendo rodar las pupilas sobre una nada luminosa
qué hago y qué dejo de hacer
por qué no escribo
escribo
y si alguien me leyera
perdón
escribo pero
si alguien me leyera no sabría
qué decirle
cómo retenerlo
no escribo por pudor
porque alguien me lee
no escribo
por
nada
no
si alguien me leyera sin saber
que escribo sin pensar
que pienso sin escribir
que hago rodar los dedos sobre una nada opaca
si alguien no supiera
que me desborda y no me llena
(si es posible:
sí)
qué hago que no escribo
hago que no
y no.
qué hago y qué dejo de hacer
por qué no escribo
escribo
y si alguien me leyera
perdón
escribo pero
si alguien me leyera no sabría
qué decirle
cómo retenerlo
no escribo por pudor
porque alguien me lee
no escribo
por
nada
no
si alguien me leyera sin saber
que escribo sin pensar
que pienso sin escribir
que hago rodar los dedos sobre una nada opaca
si alguien no supiera
que me desborda y no me llena
(si es posible:
sí)
qué hago que no escribo
hago que no
y no.
21 agosto 2013
15 julio 2013
Al otro lado de la barranca
Salimos del lugar e instantáneamente me desoriento. A pesar de que no es la primera vez que voy. A pesar de que parecía tan fácil encontrar el camino.
Caminamos dos cuadras para el lado que, creo, está la Av. Libertador. Pero no. No es por ahí.
Damos unas vueltas -Juan y yo- y subimos una barranca cubierta de pasto, con unas escaleras de cemento que hacen una curva al final y desembocan en una hermosa glorieta. La opción, sin embargo, parece extraña, arriesgada, incluso peligrosa. (¿Una barranca? ¿Acá? ¿Desde cuándo?)
Pero llegamos a la cima, y, contra todo pronóstico, al otro lado el camino se aclara. Nos ubicamos. Vemos el mapa. Entendemos para dónde tenemos que ir.
La escena se repite. Salimos del mismo lugar -Juan, yo y alguien más-, pero esta vez, por más inverosímil que parezca el camino de la barranca, vamos directo hacia él. Con seguridad. Con la certeza de que, por más absurdo que parezca, es por ahí.
Caminamos dos cuadras para el lado que, creo, está la Av. Libertador. Pero no. No es por ahí.
Damos unas vueltas -Juan y yo- y subimos una barranca cubierta de pasto, con unas escaleras de cemento que hacen una curva al final y desembocan en una hermosa glorieta. La opción, sin embargo, parece extraña, arriesgada, incluso peligrosa. (¿Una barranca? ¿Acá? ¿Desde cuándo?)
Pero llegamos a la cima, y, contra todo pronóstico, al otro lado el camino se aclara. Nos ubicamos. Vemos el mapa. Entendemos para dónde tenemos que ir.
La escena se repite. Salimos del mismo lugar -Juan, yo y alguien más-, pero esta vez, por más inverosímil que parezca el camino de la barranca, vamos directo hacia él. Con seguridad. Con la certeza de que, por más absurdo que parezca, es por ahí.
13 julio 2013
Apuntes sobre LA MÁQUINA IDIOTA, de Ricardo Bartís
Ser y no
ser pueden superponerse. Ser Hamlet y no ser Hamlet, sino un actor que
ensaya el papel de Hamlet, es una posibilidad absolutamente admisible de la
existencia.
Luego, dormir y estar muerto son homologables en el imaginario poético,
optimista de los vivos. El muerto que duerme vendría a figurar, entonces, una
suerte de muerto al cuadrado. Y el muerto que despierta encarnaría otra
variante de la paradoja del ser y no ser.
En ambos casos se anula, entonces, la disyuntiva que Hamlet no sabe bien cómo resolver, no tanto porque cesar voluntariamente la vida sea indecoroso, sino porque no sabe -y lo aterra- qué esperar del sueño de la muerte. “¿Quién -se pregunta- aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte (…)?”. La muerte no garantiza sacudirse los pesares de la vida.
En ambos casos se anula, entonces, la disyuntiva que Hamlet no sabe bien cómo resolver, no tanto porque cesar voluntariamente la vida sea indecoroso, sino porque no sabe -y lo aterra- qué esperar del sueño de la muerte. “¿Quién -se pregunta- aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte (…)?”. La muerte no garantiza sacudirse los pesares de la vida.
En un terreno adyacente al panteón de actores se está
ensayando Hamlet. Los actores despiertan para encarnar la paradoja del
ser y no ser. Muertos que padecen, en la muerte despierta, los mismos males, la
misma decadencia, los mismos sufrimientos que en la vida. La corrosión acecha.
Todo se repite. La burocracia trasciende los altos muros que separan la
existencia de la no existencia, y se instala cómodamente. En donde todo parece
no ser, la burocracia es. Rabiosa.
Se presenta el problema insoslayable del olor y se espera que la Asociación responda enviando un filtro purificador de aire. Todo se demora: el vestuario, el texto, la merienda, el filtro. Todo se dilata, y, mientras tanto, el secador de pelo no funciona, los sánguches de miga se secan y el espacio de esparcimiento tiene césped sintético. Acaso el único consuelo para tanto abandono sea la irrefutable apariencia de continuidad que todo el asunto tiene con la vida. Porque la vida también puede ser mustia, reseca y polvorienta; en especial en esos espacios donde la organización percude lo organizado.
Hay actores que hacen de actores y actores que hacen de espectadores. Actores todos ellos, haciendo de actores que hacen de actores o de espectadores. Que hacen de Hamlet o de Ofelia, o de Gertrudis o de Polonio. Se presenta el problema de la representación. Porque hay uno -uno solo- que ni es actor ni hace de actor, ni nada: un advenedizo, un insepulto, un padre. Un padre angustiado que desea hablar una última vez con su hijo, comunicarle su estado.
Se presenta el problema insoslayable del olor y se espera que la Asociación responda enviando un filtro purificador de aire. Todo se demora: el vestuario, el texto, la merienda, el filtro. Todo se dilata, y, mientras tanto, el secador de pelo no funciona, los sánguches de miga se secan y el espacio de esparcimiento tiene césped sintético. Acaso el único consuelo para tanto abandono sea la irrefutable apariencia de continuidad que todo el asunto tiene con la vida. Porque la vida también puede ser mustia, reseca y polvorienta; en especial en esos espacios donde la organización percude lo organizado.
Hay actores que hacen de actores y actores que hacen de espectadores. Actores todos ellos, haciendo de actores que hacen de actores o de espectadores. Que hacen de Hamlet o de Ofelia, o de Gertrudis o de Polonio. Se presenta el problema de la representación. Porque hay uno -uno solo- que ni es actor ni hace de actor, ni nada: un advenedizo, un insepulto, un padre. Un padre angustiado que desea hablar una última vez con su hijo, comunicarle su estado.
En
Hamlet, la burocracia aparece en la
dilación de la acción política de vengar la muerte del padre. Hamlet se demora
en las minucias de la representación: se finge loco; monta, además de La
ratonera, su propia ficción de enajenado. Pero, ¿es realmente necesaria la
representación para consumar la venganza? ¿Es realmente necesaria la
representación de Hamlet?
La
radio indócil parece querer comunicar algo. Los textos llegaron, pero están
todos mal. El manual del filtro está en inglés. La radio interfiere, nasal, y
dice cosas que parecen importantes y no se comprenden. Y mientras tanto ¿es
necesaria la representación de Hamlet? ¿Y la de Hamlet?
Sigue
la pregunta acechando, como una letanía.
El padre está angustiado. El mozo está resignado. El inglés está semi-desnudo y
se quiere volver.
La radio cruje, gangosa. Todos paran la oreja.
No.
Al final, no era necesaria.
La radio cruje, gangosa. Todos paran la oreja.
No.
Al final, no era necesaria.
Al
ser o no ser se impone lo prosaico:
“Lo que se hizo se hizo, lo que no se hizo, no se hizo.”
12 mayo 2013
Tersites y los malos representantes de la nobleza en la Ilíada
La areté,
según Werner Jaeger, implica tanto una conducta cortesana y selecta
como el heroísmo guerrero. El hombre ordinario no tiene areté:
es un atributo propio de la nobleza.
Tersites
es el único contrapunto del ideal noble guerrero. A pesar de que su
origen es noble (es un héroe etolio -Grimal-), representa todo lo
opuesto al ideal, a la areté.
Carece de valor espiritual y corporal, y muestra su falta de coraje
al instar a los aqueos a levantar el sitio de Ilio y huir en las
naves. Según Jaeger, la violación del “sentido del deber”, es
decir, el deseo y la voluntad de acercarse al ideal, despierta en los
demás el sentimiento de la némesis.
Según Grimal, en tanto abstracción, la Némesis es aquello que
tiende a trastornar el orden del universo, y por eso debe castigarse
si se quiere que el mundo siga tal como es. Esto es lo que le sucede
a Tersites.
Agamenón pone a prueba la virtud de la hueste en la asamblea, al decirles que deben cejar en el asedio y volver a sus respectivas patrias. Todos comienzan a retirarse hacia las naves, pero Atenea le infunde a Ulises coraje para que con sus “amables palabras” retenga a cada uno de los hombres. Ulises increpa a los “hombres de pueblo” que encuentra gritando, los golpea con el cetro y les recuerda que no pueden compararse al rey Agamenón, puesto que son inútiles y carentes de coraje, y “ni en el combate (…) ni en la asamblea” se los tiene en cuenta. Tersites le recrimina a Agamenón que atesore para sí numerosos tesoros, ganados para él por los aqueos, y amenaza con dejarlo solo en el combate, para que así aprecie el valor de la hueste. Básicamente, protesta contra su despotismo, tal como Aquiles lo hace retirándose de la lucha. La diferencia, obvia, radica en que Tersites carece de areté, mientras que Aquiles es el más virtuoso de todos los guerreros. Además, Aquiles se retira de la lucha porque ha sido herido en su honor, pero permanece (a pesar de que amenaza, en algunos pasajes, con remontar el mar) en el campamento griego y no huye. En cambio Tersites propone lo más indigno de un noble guerrero, que es renunciar a la lucha. Lo llamativo, veremos luego, es que esto será propuesto por el mismísimo Átrida en episodios posteriores.
El texto remarca la torpeza y el desafuero de Tersites como orador: “desmedidas palabras” “graznaba” “desordenadas palabras” “disputar con los reyes locamente” “estridentes chillidos”. Puede, incluso, leerse en esta caracterización una animalización de su figura. Entonces, no solamente es el más indigno entre los hombres, el menos agatós, el más alejado del ideal, de la areté que por su linaje debería intentar alcanzar de acuerdo al “sentido del deber”, expuesto por Jaeger, sino que además su humanidad se desfigura, hasta casi borrarse, componiendo, según Jaeger, “la única caricatura realmente maliciosa en toda la obra de Homero”. Luego de la reprimenda y los bastonazos que Ulises le propina (lo llama “parlanchín sin juicio” y lo golpea en la espalda y los hombros), Tersites se encorva, lagrimea, y se sienta, temeroso y dolorido, casi como un perro. En tanto, la multitud celebra el castigo, y comentan entre sí la justicia que se ha hecho con el “ultrajador que dispara palabrería”.
Agamenón pone a prueba la virtud de la hueste en la asamblea, al decirles que deben cejar en el asedio y volver a sus respectivas patrias. Todos comienzan a retirarse hacia las naves, pero Atenea le infunde a Ulises coraje para que con sus “amables palabras” retenga a cada uno de los hombres. Ulises increpa a los “hombres de pueblo” que encuentra gritando, los golpea con el cetro y les recuerda que no pueden compararse al rey Agamenón, puesto que son inútiles y carentes de coraje, y “ni en el combate (…) ni en la asamblea” se los tiene en cuenta. Tersites le recrimina a Agamenón que atesore para sí numerosos tesoros, ganados para él por los aqueos, y amenaza con dejarlo solo en el combate, para que así aprecie el valor de la hueste. Básicamente, protesta contra su despotismo, tal como Aquiles lo hace retirándose de la lucha. La diferencia, obvia, radica en que Tersites carece de areté, mientras que Aquiles es el más virtuoso de todos los guerreros. Además, Aquiles se retira de la lucha porque ha sido herido en su honor, pero permanece (a pesar de que amenaza, en algunos pasajes, con remontar el mar) en el campamento griego y no huye. En cambio Tersites propone lo más indigno de un noble guerrero, que es renunciar a la lucha. Lo llamativo, veremos luego, es que esto será propuesto por el mismísimo Átrida en episodios posteriores.
El texto remarca la torpeza y el desafuero de Tersites como orador: “desmedidas palabras” “graznaba” “desordenadas palabras” “disputar con los reyes locamente” “estridentes chillidos”. Puede, incluso, leerse en esta caracterización una animalización de su figura. Entonces, no solamente es el más indigno entre los hombres, el menos agatós, el más alejado del ideal, de la areté que por su linaje debería intentar alcanzar de acuerdo al “sentido del deber”, expuesto por Jaeger, sino que además su humanidad se desfigura, hasta casi borrarse, componiendo, según Jaeger, “la única caricatura realmente maliciosa en toda la obra de Homero”. Luego de la reprimenda y los bastonazos que Ulises le propina (lo llama “parlanchín sin juicio” y lo golpea en la espalda y los hombros), Tersites se encorva, lagrimea, y se sienta, temeroso y dolorido, casi como un perro. En tanto, la multitud celebra el castigo, y comentan entre sí la justicia que se ha hecho con el “ultrajador que dispara palabrería”.
Según
Jaeger, la Ilíada muestra
que el viejo concepto guerrero de la areté no
era suficiente para los poetas nuevos. Fénix, quien dice haber sido
el educador de Aquiles (aunque esto se contradiga con la tradición
que adjudica al centauro Quirón ese papel), expresa este ideal, en
el que “se erige una nueva imagen del hombre perfecto para la cual,
al lado de la acción, estaba la nobleza del espíritu, y sólo en la
unión de ambas se hallaba el verdadero fin”. “Para pronunciar
palabras y para realizar acciones” ha sido educado Aquiles, héroe
prototípico. Puesto que el dominio de la palabra dignifica la
soberanía del espíritu, la imagen del hombre ideal se caracteriza
por un lado, por la habilidad guerrera, pero también, por otro lado,
por la habilidad oratoria.
Dos pares
de héroes, uno de cada bando, que encarnan estas aptitudes: los
troyanos Polidamantes y Héctor, nacidos la misma noche; y los
griegos Ulises y Áyax (Telamonio), parte de la embajada destinada a
persuadir a Aquiles a que deponga su cólera.
En el caso de Ulises y Áyax, en lo que compete a lo relatado en la Ilíada, son presentados por Fénix a Aquiles como las "dos caras" del ideal: uno es hombre de acción, el otro de palabras. Aquiles, se supone, reúne ambas cualidades, y por eso es el prototipo de Héroe
En el caso de Ulises y Áyax, en lo que compete a lo relatado en la Ilíada, son presentados por Fénix a Aquiles como las "dos caras" del ideal: uno es hombre de acción, el otro de palabras. Aquiles, se supone, reúne ambas cualidades, y por eso es el prototipo de Héroe
Polidamante
propone prudentes consejos, la mayoría de los cuales Héctor
rechaza, para ruina de los Troyanos. En el CXII acepta el consejo de
no pasar con los carros por la fosa llena de picas. En CXVIII, sin
embargo, Polidamante “el único que veía lo que había delante y
detrás”, y que “descollaba por sus opiniones” (contrario a
Héctor que lo hacía por la pica), aconseja retirarse cuanto antes a
la ciudad, antes de que amanezca, prediciendo que Aquiles atacará
enseguida. Héctor se opone a su “buen plan”, y los troyanos,
carentes de juicio por obra de Atenea, lo aclaman. Sin embargo, la
más flagrante terquedad de Héctor ante el consejo de Polidamante
sucede antes, en el CXII, en ocasión de un agüero que Polidamante
interpreta como contrario a la suerte de los troyanos. Allí expone
cómo Héctor censura sus propuestas en las asambleas, puesto que no
es adecuado que un hombre del vulgo (no perteneciente a la familia
real) “exponga opiniones discrepantes” sino que por el contrario
debería incrementar el poder del líder. Héctor replica duramente,
no sólo censurando el prudente consejo de Polidamante, sino
desconociendo el carácter divino del agüero e incluso
vituperándolo: “me ordenas que a aves de desplegadas alas
haga caso. De ellas ni me preocupo ni me importa que vayan a la
derecha (etc)”
Agamenón
es el más rico de los príncipes aqueos llegados a Troya, pero no es
el más virtuoso. Dice Jaeger que, en esta cultura, “quien atenta a
la areté ajena pierde
en suma el sentido mismo de la areté”.
Agamenón lo hace, al deshonrar a Aquiles, y
además pone en peligro a la hueste y la empresa guerrera de los
griegos causando su ira y su retirada del combate.
Agamenón tiene su aristía, pero no descolla. Lo supera Diomedes, por ejemplo, a pesar de ser más joven, y le recrimina su insensatez, en la asamblea del canto IX, cuando Agamenón propone desistir de la lucha y volver a sus respectivos hogares, ya que Zeus ha decidido favorecer al enemigo. También le dice que Zeus le ha dado solamente el cetro, y con él la honra por encima de todos los aqueos, pero no le ha dado coraje, que es el verdadero poder. Es notable que Agamenón, el más poderoso de todos los príncipes griegos, el “pastor de huestes”, proponga abandonar la guerra, tal como lo ha hecho el indigno Tersites poco tiempo antes. Diomedes se cuida de aclarar que es legal oponerse al soberano en la asamblea. Sus juiciosas palabras son aclamadas por la asamblea, puesto que él sobresale tanto en el combate como en el consejo, según afirma el venerable anciano Nestor. Reúne, con mucho, las cualidades del ideal.
En el CXIV, Agamenón, preocupado por el avance de los troyanos, vuelve a proponer la huida. Lo reprime Ulises y Diomedes, nuevamente, es quien, luego de dar cuenta de su linaje, les recuerda a los guerreros que yacen en las naves, heridos, que es su obligación volver al combate, aun estando heridos, cuanto menos para estimular a los demás.
La figura de Agamenón se alza gloriosa gracias a su linaje y a su poderío, pero pierde valor frente a los héroes que descollan tanto en el combate como en el consejo y las asambleas.
Agamenón tiene su aristía, pero no descolla. Lo supera Diomedes, por ejemplo, a pesar de ser más joven, y le recrimina su insensatez, en la asamblea del canto IX, cuando Agamenón propone desistir de la lucha y volver a sus respectivos hogares, ya que Zeus ha decidido favorecer al enemigo. También le dice que Zeus le ha dado solamente el cetro, y con él la honra por encima de todos los aqueos, pero no le ha dado coraje, que es el verdadero poder. Es notable que Agamenón, el más poderoso de todos los príncipes griegos, el “pastor de huestes”, proponga abandonar la guerra, tal como lo ha hecho el indigno Tersites poco tiempo antes. Diomedes se cuida de aclarar que es legal oponerse al soberano en la asamblea. Sus juiciosas palabras son aclamadas por la asamblea, puesto que él sobresale tanto en el combate como en el consejo, según afirma el venerable anciano Nestor. Reúne, con mucho, las cualidades del ideal.
En el CXIV, Agamenón, preocupado por el avance de los troyanos, vuelve a proponer la huida. Lo reprime Ulises y Diomedes, nuevamente, es quien, luego de dar cuenta de su linaje, les recuerda a los guerreros que yacen en las naves, heridos, que es su obligación volver al combate, aun estando heridos, cuanto menos para estimular a los demás.
La figura de Agamenón se alza gloriosa gracias a su linaje y a su poderío, pero pierde valor frente a los héroes que descollan tanto en el combate como en el consejo y las asambleas.
Dice
Jaeger que “la nobleza de la Ilíada
es una imagen ideal de la fantasía (…) dominada (…) por la
admiración por la sobrehumana areté
de los héroes de la Antigüedad” y que sólo presenta “unos
pocos rasgos realistas y políticos, como la escena de Tersites,
(que) revelan el tiempo relativamente tardío del nacimiento de la
Ilíada en su forma
actual”. Para el autor, el atrevimiento de Tersites muestra la
distancia que separa al poeta de esa nobleza y, agrega, “le
capacita para pintarla (…) con aquella cálida simpatía por el
valor de la conciencia y la educación de los verdaderos nobles que,
a pesar de la aguda crítica de los malos representantes de la clase,
hace su testimonio indispensable para nosotros.” Agamenón, sin ser
vituperado, y también Paris (a quien no me he dedicado en esta
exposición), encarnan, aunque no caricaturescamente, a malos
representantes de la nobleza, al menos en algunas de sus acciones.
Pero es Tersites quien carga sobre sus espaldas, literal y
metafóricamente, con el peso de la ignominia, materializando la
némesis, el
exagerado contrapunto con el ideal de la nobleza guerrera.
11 mayo 2013
ciudad farmacia
Sábado por la tarde.
Algunas personas forman fila para pagar en una farmacia.
Señora está en la fila, cuando Señora 2 pasa a su lado con intención de colocarse al final de la misma.
SEÑORA.- Ay, Señora, mire que recién dijeron que sí había llegado lo suyo, eh.
SEÑORA 2.- (un poco confundida primero, luego contenta) ¿En serio? Ah, qué bueno.
SEÑORA.- Sí, sí, después que usted se fue lo encontraron.
SEÑORA 2.- Ah, bueno, muchas gracias. Ahora voy.
Señora 2 sale rauda hacia el fondo del local. Entre tanto, Señora 3 ha ingresado a la fila, justo detrás de Señora.
SEÑORA.- (mientras Señora 2 se va, un poco a ella y otro poco a Señora 3) No, yo le aviso para ayudarla, porque ellos no le dijeron nada...
SEÑORA 3.- Y, no... qué terrible.
SEÑORA.- A mí me duele. Ya no hay vendedores en mi país.
SEÑORA 3.- Es cierto, antes vos entrabas a un local y el vendedor te ofrecía.
SEÑORA.- ¡Claro! ahora no te muestran más que lo que vos viste en vidriera.
SEÑORA 3.- ¡Qué bárbaro!
SEÑORA.- Y a mí me gusta, si puedo ayudar a alguien, ¿por qué no lo voy a hacer?...
SEÑORA 3.- ¡Si no nos ayudamos entre nosotros, señora... ! ¡Es una barbaridad este país!
Algunas personas forman fila para pagar en una farmacia.
Señora está en la fila, cuando Señora 2 pasa a su lado con intención de colocarse al final de la misma.
SEÑORA.- Ay, Señora, mire que recién dijeron que sí había llegado lo suyo, eh.
SEÑORA 2.- (un poco confundida primero, luego contenta) ¿En serio? Ah, qué bueno.
SEÑORA.- Sí, sí, después que usted se fue lo encontraron.
SEÑORA 2.- Ah, bueno, muchas gracias. Ahora voy.
Señora 2 sale rauda hacia el fondo del local. Entre tanto, Señora 3 ha ingresado a la fila, justo detrás de Señora.
SEÑORA.- (mientras Señora 2 se va, un poco a ella y otro poco a Señora 3) No, yo le aviso para ayudarla, porque ellos no le dijeron nada...
SEÑORA 3.- Y, no... qué terrible.
SEÑORA.- A mí me duele. Ya no hay vendedores en mi país.
SEÑORA 3.- Es cierto, antes vos entrabas a un local y el vendedor te ofrecía.
SEÑORA.- ¡Claro! ahora no te muestran más que lo que vos viste en vidriera.
SEÑORA 3.- ¡Qué bárbaro!
SEÑORA.- Y a mí me gusta, si puedo ayudar a alguien, ¿por qué no lo voy a hacer?...
SEÑORA 3.- ¡Si no nos ayudamos entre nosotros, señora... ! ¡Es una barbaridad este país!
07 mayo 2013
Reseña de Hamlet, FIBA 2011, por Sol Lebenfisz
Hamlet (FIBA 2011)
Por la compañía Schaubühne am Lehniner Platz, dirigida
por Thomas Ostermeier.
Como se suele decir, Hamlet
es una de las obras más representadas de la historia del teatro. Un poco como
los antiguos griegos, e incluso como los ingleses de la época isabelina,
asistimos a la realización de una historia que ya conocemos (por haberla leído
o visto, porque su trama forma parte del inconsciente colectivo, por las muchas
citas que de ella se hacen, etcétera). Todos sabemos cómo empieza, qué pasa y
cómo termina. La intriga, digamos, se desplaza desde el qué hacia el cómo. Lo
deseable es que la versión haga sonar a la obra, que la haga decir desde un
lugar nuevo; algo similar a lo que sucede cuando releemos un libro y no es el
mismo libro que la primera vez.
El Hamlet de Ostermeier suena con sonidos
propios. Por empezar, suena en alemán, que no es poco decir. Claro que están
los subtítulos, pero es sin dudas una experiencia interesante escuchar esos
textos en un idioma con una cadencia tan diferente de la propia, olvidarse por
momentos de la traducción para ingresar en un nivel de comprensión puramente
material. Entonces la intensidad, las pequeñas inflexiones, los gestos, cobran
dimensiones mayúsculas.
También hay que decir que el dispositivo escénico de Jan
Pappelbaum es maravilloso, y que plantar al podrido reino de Dinamarca en el
barro/cementerio es un gran hallazgo.
Este Hamlet es oscuro. Lo mortuorio se instala de un modo absolutamente
tangible en una primera y descollante escena que es el entierro del Rey
Claudio. Esta escena no existe en el texto original, Ostermeier la crea y logra
condensar en ella gran parte de la esencia del espectáculo, con una belleza
poético-cómica extraordinaria.
La puesta utiliza muy bien el
recurso del video, el cual se re-significa en cada escena, pero siempre está
justificado dramáticamente. Algo similar sucede con el espacio, que muta de
modo casi imperceptible, y con los actores, que interpretan a varios personajes
cada uno -a excepción de Hamlet, interpretado por el genial Lars Eidinger-.
La duración (casi 3 horas) puede resultar
un poco excesiva -independientemente de que estemos o no habituados-, porque el
clima que se propone tiene una gran densidad (apoyado en la música, que es otro
de los puntos fuertes), especialmente en la segunda mitad, en la que el humor
claunesco que domina el comienzo deviene sombrío y desbordado. Pero este pasaje
de lo cómico a lo trágico resulta totalmente adecuado, porque es también el
tránsito que hace Hamlet desde el dolor llano hasta la turbación. Y esta
turbación de la que se ve definitivamente cautivo, desborda el escenario y se
empieza a filtrar entre el público. Una propuesta fuerte de Ostermeier es que
Hamlet no sea un héroe idealizado, caballeresco, que duda frente a su deber
moral de vengar a su padre porque teme convertirse en un asesino. Este Hamlet
transita un camino de degradación/putrefacción, tanto psicológica como física,
y rebasa la cuarta pared para impedir que el público se desentienda de esto. Algunas
personas optaron por irse en algún momento de la función, y no creo que fuera
solamente por el tema de la longitud: algo de esa degradación nos incomoda, nos
toca el hombro y nos recuerda que Dinamarca es un no-lugar, porque es todos los
lugares. Antes de dar lugar a la representación de “La Ratonera”, Hamlet dice
que el teatro muestra la realidad tal como ella es, y que sentado tranquilamente
en el público podría haber un asesino (tras lo cual, un actor filma a las
personas ubicadas cerca del escenario, cuya imagen se proyecta en el telón).
Esta intromisión estupenda de la realidad en la ficción y de la ficción en la
realidad resuena: los asesinos están sueltos.
El oprobio es que el
comportamiento errático de Hamlet no hace más que dilatar su accionar político
(la venganza), y lo transforma en un pusilánime descomedido (valga la
paradoja), enojado con todo y con todos (público incluido), que solamente
volverá a reconstituirse en el momento de su agonía final; en el momento en el
que la farsa que ha montado se termina, y sólo queda el silencio.
27 marzo 2013
re t a ce a r
me encanta la palabra
*retacear*:
hacer de retazos algo
o
hacer retazos de algo
(y también,
en su acepción más mezquina,
escatimar lo que se da:
acortar todo lo posible
un trozo de tela
de modo que,
sin dejar de ser lo que es,
no sea ya lo que era
ni llegue a ser lo que hubiera sido,
pero sin levantar
la más mínima sospecha)
me gustan, en el once, las cajas de retazos:
pedacitos de tela que
sabedios por qué
acabaron ahí,
qué tijera desbocada
cortó de más -o de menos-
qué moda pasajera
deslumbró un verano y después
olvidó para siempre
sus alegres retoños
deshilachados
me gusta el retazo generoso
que a la vuelta de cintura se hace falda
o el que, lentejuela mediante,
anima un viejo almohadón desvaído.
y esos otros coloridos
con los que no se sabe qué hacer
pero todavía alegran el costurero
entre carreteles de hilo
alfileres huérfanos y
un dedal pequeñito
encasquetado para siempre
en el séptimo botón
de un saco de seis.
21 febrero 2013
Pájaros chocan contra cristales
Tal vez en el futuro
Los pájaros sean de cristal
Y atinen a volar contra otras cosas
Poseídos por un fervor destructivo.
En mil pedazos estallarán
Contra el lomo de algún oficinista,
El brillo dorado de algún zapato fino,
La mejilla de nácar de algún niño.
O como botellas de varios colores
Arrojadas con furia por un ebrio
Irán a estrellarse contra los coches
Harán sonar las alarmas
Romperán las vidrieras
De los negocios de moda.
Entonces el mundo
Tendrá que cambiar
Volverse más blando
Y por fin los pájaros
Volverán a ser lo que fueron.
12 febrero 2013
la resonancia
Dice Noé Jitrik lo siguiente: que el silencio posee formas y que hay cuatro órdenes de problemas inherentes a esa idea de formas del silencio. Uno de estos órdenes es el de las configuraciones. La resonancia es un modo de configuración del silencio. Y ahora cito:
"De la "resonancia" se puede decir que es lo que queda del sonido en el silencio, que se convierte, de este modo, en medio propagador. Pero no todas las resonancias son iguales ni sus efectos son semejantes para dar cuenta de la forma del silencio. En una lectura que se detiene, por ejemplo, en la rima, arefacto que busca específicamente la resonancia así como en la música el gran acorde final, dos reacciones suelen producirse; una la de quien se pregunta: "¿Qué pasó?", tratando de entender una perplejidad o una emoción, y la otra de quien experimenta un sentimiento de inminencia, como si presintiera que ese silencio resonante va a dar lugar a otra cosa, indefinible y poderosa, un hecho o un discurso. La primera da lugar a un silencio que podemos llamar "reflexivo" (...), y la segunda, a un silencio que podemos llamar "preparatorio".
En este último, tematizado en el discurso, el mencionado sentimiento de inminencia se traduce en amenaza o premonición; lo ilustran con claridad situaciones de la naturaleza como, es muy común, presentir en un ominoso silencio atmosférico una tormenta o un terremoto o algo que se gesta en una selva que exhala, en su silencio, algo siniestro, o, por lo menos, nada bueno (...)"
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