15 julio 2013

Al otro lado de la barranca

Salimos del lugar e instantáneamente me desoriento. A pesar de que no es la primera vez que voy. A pesar de que parecía tan fácil encontrar el camino.
Caminamos dos cuadras para el lado que, creo, está la Av. Libertador. Pero no. No es por ahí.
Damos unas vueltas -Juan y yo- y subimos una barranca cubierta de pasto, con unas escaleras de cemento que hacen una curva al final y desembocan en una hermosa glorieta. La opción, sin embargo, parece extraña, arriesgada, incluso peligrosa. (¿Una barranca? ¿Acá? ¿Desde cuándo?)
Pero llegamos a la cima, y, contra todo pronóstico, al otro lado el camino se aclara. Nos ubicamos. Vemos el mapa. Entendemos para dónde tenemos que ir.

La escena se repite. Salimos del mismo lugar -Juan, yo y alguien más-, pero esta vez, por más inverosímil que parezca el camino de la barranca, vamos directo hacia él. Con seguridad. Con la certeza de que, por más absurdo que parezca, es por ahí.


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