23 septiembre 2013

Pianelli en su despacho

La pareja está sentada frente a un escritorio enchapado color negro. Se toman de la mano, entrecruzando los dedos. La habitación, recién pintada de blanco, disimula sin eficacia la falta de aseo: veloces arañas ya han arraigado sus redes en cada rincón, al revés de la pintura que, aplicada sobre el polvo, se adhiere con dificultad.

Ella tiene una cartera de cuero azul oscuro sobre la falda; tamborilea con los dedos de la mano libre. Las uñas prolijamente cortadas, con un brillo sutil, de modesta coquetería, casi no producen sonido sobre el cuero. Él transpira mares. Un pobre pañuelito estampado lo asiste sin éxito.
El piso cruje, casi inaudible. La mujer y el hombre oyen el diminuto quejido de la madera. Se enderezan, expectantes, cuando la puerta a sus espaldas por fin se abre. Contienen la respiración. El hombre se seca, una vez más, la frente, y vuelve a guardar el pañuelo empapado. La mujer atina a mirar por sobre su hombro, ansiosa; el hombre la censura con un imperceptible apretón de mano.

Pianelli ingresa ceremoniosamente, portando un enorme bibliorato desbocado de papeles. Camina hacia el escritorio con exagerada gravedad, cuidando muy bien de apoyar los talones firmemente en el suelo, luego las plantas, luego las puntas. Al verlo desplazarse así uno podría pensar que algo realmente importante ocupa su mente. Le gusta jugar ese juego. No el de la importancia,-que no es un juego sino un factum-, sino el de evitar el crujir de las maderas. Lo distrae de su trabajo, el cual no disfruta la mayor parte del tiempo, aunque sí goza. Goza con sus zapatos lustrados pisando esas maderas -viejas, importantes, pinotea del siglo XIX-, del despacho que hace unos años le pertenece (desde aquel penoso incidente con el dr. Ripetta, los sobres rotulados que aparecieron en la oficina equivocada, aquella desafortunada nota que le dirigiera el dr. al secretario del ministro, y las consecuencias subsiguientes que no vale la pena detallar por no revivir el oprobio); goza de la corbata impecable que, como una pitón, se enseñorea sobre su pecho. Goza el aire de respetabilidad que le da su escritorio art decó, completamente enchapado en negro, con detalles curiosos como ese adorno del ciclista que gira de forma -casi- continua, el pisa papeles de mármol de carrara, el portarretratos de vitreaux con la mujer rubia y la cría, dorados de sol en alguna playa superpoblada. Atrás están los solemnes estantes, llenos de biblioratos y cajas de archivo numerados o señalados con una letra del alfabeto, rotulados con distintos colores: verde, rojo, azul; sistema que sólo él y su secretaria conocen, él menos, pero, aún así, impenetrable para cualquiera que lo visite. Sistema que, a solas y honestamente, le produce cierta angustia; como si esa organización minuciosa de papeles y cartoné fuera un reflejo burlón de su propia existencia. Pero basta que alguien lo venga a ver, ¡ah!, para trocar ese sentimiento en goce; puro goce de saber y manejar al dedillo -o casi- algo que nadie más en el mundo comprende, aunque sea algo que carece de relevancia fuera de esa miserable oficina.

Camina gravemente, entonces, mirándose los zapatos, sabiéndose mirado, intuyéndose respetado. Camina calculando lo inmenso que debe parecer frente a esa pobre pareja, cuya felicidad está depositada en sus manos, en sus enormes y prolijas manos de funcionario público. Demora el momento, multiplica su goce. Esa caminata solemne entre la puerta y el escritorio, esos segundos de gloria en que la expectativa ajena flota en el despacho como un perfume incitante, como un narcótico, son los retazos más plenos de su cotidianidad. Esto es lo que va a hacer:

Va a apoyar suavemente el mamotreto gris en el escritorio. Va a arremangar sus pantalones con un gesto casi campesino. Se va a sentar y a poner los anteojos que ha dejado sobre el escritorio, usando ambas manos, con cierta torpeza, para imprimirle humildad al gesto. Va a hacer una pausa solemne. Va a carraspear apenas, como quien intenta atenuar su autoridad, como quien teme -y no puede evitar- producir un daño terrible en la sensibilidad de sus interlocutores. Luego dirá:
-No va a ser posible, caballero - le hablará a él, porque a duras penas tiene valor para mirar a la mujer, cuyo abultado escote, pudorosamente abotonado,  le produce una mezcla de lástima y excitación. (Se ha masturbado allí mismo, en su despacho, evocando pares de senos privados de su facultad de alimentar, senos cuya sola función es producir placer en un hombre adulto, senos reservados para el goce, para la baba, para el capricho)
-Lamento - continuará- ser portador de malas noticias...- Aquí aguzará el oído, y creerá advertir un lejano escándalo de vidrios rotos, como si alguien hubiera pateado, sin querer, una mesa de café; como si los dos corazones frente a él se hubieran congelado y estallado en esquirlas de hielo- La familia ha reclamado, ha llamado al juzgado y ha dicho -abusará del pretérito compuesto, pareciéndole más impersonal, acaso menos severo- que la familia tiene la potestad absoluta... La familia, usted sabe, la familia es lo primero... ¿Cómo dice? -porque el hombre, vagamente, protestará- En absoluto, señor. He hecho todo lo humanamente posible, al parecer esa gente ha recibido información... Comprenda, caballero: -agregará, con toda la autoridad del Estado materializada en un sereno pero contundente arqueo de cejas- así son las cosas en este país.

Ella proferirá suaves sollozos. Sus pechos se agitarán en pequeñas convulsiones. Él se pondrá rojo de rabia, de impotencia, de dolor. Golpeará el escritorio enchapado con ira trocada en resignación. Ella sacará de su cartera azul un pañuelo de papel, y se sonará la nariz silenciosamente. Sus manos se estrecharán más que antes. Nadie dirá nada, y el ciclista seguirá su inútil carrera circular, mientras el tiempo se ensancha para siempre para esa mujer y para ese hombre.

Pianelli caminará despaciosamente hacia la puerta, humilde, casi encorvado, y la abrirá con un gesto de invitación. Les dará las buenas tardes, y cerrará rápidamente la puerta, no sea cosa que adviertan la inquina de su gesto final, el fajo de billetes que le abulta el pectoral izquierdo, y que está ansioso por empezar a contar.

1 comentario:

Quappi dijo...

"«En este país...», ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos." Larra.

Nada, me hizo acordar mucho a eso. Me re gusta lo que escribiste.