Por la compañía Schaubühne am Lehniner Platz, dirigida
por Thomas Ostermeier.
Como se suele decir, Hamlet
es una de las obras más representadas de la historia del teatro. Un poco como
los antiguos griegos, e incluso como los ingleses de la época isabelina,
asistimos a la realización de una historia que ya conocemos (por haberla leído
o visto, porque su trama forma parte del inconsciente colectivo, por las muchas
citas que de ella se hacen, etcétera). Todos sabemos cómo empieza, qué pasa y
cómo termina. La intriga, digamos, se desplaza desde el qué hacia el cómo. Lo
deseable es que la versión haga sonar a la obra, que la haga decir desde un
lugar nuevo; algo similar a lo que sucede cuando releemos un libro y no es el
mismo libro que la primera vez.
El Hamlet de Ostermeier suena con sonidos
propios. Por empezar, suena en alemán, que no es poco decir. Claro que están
los subtítulos, pero es sin dudas una experiencia interesante escuchar esos
textos en un idioma con una cadencia tan diferente de la propia, olvidarse por
momentos de la traducción para ingresar en un nivel de comprensión puramente
material. Entonces la intensidad, las pequeñas inflexiones, los gestos, cobran
dimensiones mayúsculas.
También hay que decir que el dispositivo escénico de Jan
Pappelbaum es maravilloso, y que plantar al podrido reino de Dinamarca en el
barro/cementerio es un gran hallazgo.
Este Hamlet es oscuro. Lo mortuorio se instala de un modo absolutamente
tangible en una primera y descollante escena que es el entierro del Rey
Claudio. Esta escena no existe en el texto original, Ostermeier la crea y logra
condensar en ella gran parte de la esencia del espectáculo, con una belleza
poético-cómica extraordinaria.
La puesta utiliza muy bien el
recurso del video, el cual se re-significa en cada escena, pero siempre está
justificado dramáticamente. Algo similar sucede con el espacio, que muta de
modo casi imperceptible, y con los actores, que interpretan a varios personajes
cada uno -a excepción de Hamlet, interpretado por el genial Lars Eidinger-.
La duración (casi 3 horas) puede resultar
un poco excesiva -independientemente de que estemos o no habituados-, porque el
clima que se propone tiene una gran densidad (apoyado en la música, que es otro
de los puntos fuertes), especialmente en la segunda mitad, en la que el humor
claunesco que domina el comienzo deviene sombrío y desbordado. Pero este pasaje
de lo cómico a lo trágico resulta totalmente adecuado, porque es también el
tránsito que hace Hamlet desde el dolor llano hasta la turbación. Y esta
turbación de la que se ve definitivamente cautivo, desborda el escenario y se
empieza a filtrar entre el público. Una propuesta fuerte de Ostermeier es que
Hamlet no sea un héroe idealizado, caballeresco, que duda frente a su deber
moral de vengar a su padre porque teme convertirse en un asesino. Este Hamlet
transita un camino de degradación/putrefacción, tanto psicológica como física,
y rebasa la cuarta pared para impedir que el público se desentienda de esto. Algunas
personas optaron por irse en algún momento de la función, y no creo que fuera
solamente por el tema de la longitud: algo de esa degradación nos incomoda, nos
toca el hombro y nos recuerda que Dinamarca es un no-lugar, porque es todos los
lugares. Antes de dar lugar a la representación de “La Ratonera”, Hamlet dice
que el teatro muestra la realidad tal como ella es, y que sentado tranquilamente
en el público podría haber un asesino (tras lo cual, un actor filma a las
personas ubicadas cerca del escenario, cuya imagen se proyecta en el telón).
Esta intromisión estupenda de la realidad en la ficción y de la ficción en la
realidad resuena: los asesinos están sueltos.
El oprobio es que el
comportamiento errático de Hamlet no hace más que dilatar su accionar político
(la venganza), y lo transforma en un pusilánime descomedido (valga la
paradoja), enojado con todo y con todos (público incluido), que solamente
volverá a reconstituirse en el momento de su agonía final; en el momento en el
que la farsa que ha montado se termina, y sólo queda el silencio.

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