La areté,
según Werner Jaeger, implica tanto una conducta cortesana y selecta
como el heroísmo guerrero. El hombre ordinario no tiene areté:
es un atributo propio de la nobleza.
Tersites
es el único contrapunto del ideal noble guerrero. A pesar de que su
origen es noble (es un héroe etolio -Grimal-), representa todo lo
opuesto al ideal, a la areté.
Carece de valor espiritual y corporal, y muestra su falta de coraje
al instar a los aqueos a levantar el sitio de Ilio y huir en las
naves. Según Jaeger, la violación del “sentido del deber”, es
decir, el deseo y la voluntad de acercarse al ideal, despierta en los
demás el sentimiento de la némesis.
Según Grimal, en tanto abstracción, la Némesis es aquello que
tiende a trastornar el orden del universo, y por eso debe castigarse
si se quiere que el mundo siga tal como es. Esto es lo que le sucede
a Tersites.
Agamenón pone a prueba la virtud de la hueste en la asamblea, al decirles que deben cejar en el asedio y volver a sus respectivas patrias. Todos comienzan a retirarse hacia las naves, pero Atenea le infunde a Ulises coraje para que con sus “amables palabras” retenga a cada uno de los hombres. Ulises increpa a los “hombres de pueblo” que encuentra gritando, los golpea con el cetro y les recuerda que no pueden compararse al rey Agamenón, puesto que son inútiles y carentes de coraje, y “ni en el combate (…) ni en la asamblea” se los tiene en cuenta. Tersites le recrimina a Agamenón que atesore para sí numerosos tesoros, ganados para él por los aqueos, y amenaza con dejarlo solo en el combate, para que así aprecie el valor de la hueste. Básicamente, protesta contra su despotismo, tal como Aquiles lo hace retirándose de la lucha. La diferencia, obvia, radica en que Tersites carece de areté, mientras que Aquiles es el más virtuoso de todos los guerreros. Además, Aquiles se retira de la lucha porque ha sido herido en su honor, pero permanece (a pesar de que amenaza, en algunos pasajes, con remontar el mar) en el campamento griego y no huye. En cambio Tersites propone lo más indigno de un noble guerrero, que es renunciar a la lucha. Lo llamativo, veremos luego, es que esto será propuesto por el mismísimo Átrida en episodios posteriores.
El texto remarca la torpeza y el desafuero de Tersites como orador: “desmedidas palabras” “graznaba” “desordenadas palabras” “disputar con los reyes locamente” “estridentes chillidos”. Puede, incluso, leerse en esta caracterización una animalización de su figura. Entonces, no solamente es el más indigno entre los hombres, el menos agatós, el más alejado del ideal, de la areté que por su linaje debería intentar alcanzar de acuerdo al “sentido del deber”, expuesto por Jaeger, sino que además su humanidad se desfigura, hasta casi borrarse, componiendo, según Jaeger, “la única caricatura realmente maliciosa en toda la obra de Homero”. Luego de la reprimenda y los bastonazos que Ulises le propina (lo llama “parlanchín sin juicio” y lo golpea en la espalda y los hombros), Tersites se encorva, lagrimea, y se sienta, temeroso y dolorido, casi como un perro. En tanto, la multitud celebra el castigo, y comentan entre sí la justicia que se ha hecho con el “ultrajador que dispara palabrería”.
Agamenón pone a prueba la virtud de la hueste en la asamblea, al decirles que deben cejar en el asedio y volver a sus respectivas patrias. Todos comienzan a retirarse hacia las naves, pero Atenea le infunde a Ulises coraje para que con sus “amables palabras” retenga a cada uno de los hombres. Ulises increpa a los “hombres de pueblo” que encuentra gritando, los golpea con el cetro y les recuerda que no pueden compararse al rey Agamenón, puesto que son inútiles y carentes de coraje, y “ni en el combate (…) ni en la asamblea” se los tiene en cuenta. Tersites le recrimina a Agamenón que atesore para sí numerosos tesoros, ganados para él por los aqueos, y amenaza con dejarlo solo en el combate, para que así aprecie el valor de la hueste. Básicamente, protesta contra su despotismo, tal como Aquiles lo hace retirándose de la lucha. La diferencia, obvia, radica en que Tersites carece de areté, mientras que Aquiles es el más virtuoso de todos los guerreros. Además, Aquiles se retira de la lucha porque ha sido herido en su honor, pero permanece (a pesar de que amenaza, en algunos pasajes, con remontar el mar) en el campamento griego y no huye. En cambio Tersites propone lo más indigno de un noble guerrero, que es renunciar a la lucha. Lo llamativo, veremos luego, es que esto será propuesto por el mismísimo Átrida en episodios posteriores.
El texto remarca la torpeza y el desafuero de Tersites como orador: “desmedidas palabras” “graznaba” “desordenadas palabras” “disputar con los reyes locamente” “estridentes chillidos”. Puede, incluso, leerse en esta caracterización una animalización de su figura. Entonces, no solamente es el más indigno entre los hombres, el menos agatós, el más alejado del ideal, de la areté que por su linaje debería intentar alcanzar de acuerdo al “sentido del deber”, expuesto por Jaeger, sino que además su humanidad se desfigura, hasta casi borrarse, componiendo, según Jaeger, “la única caricatura realmente maliciosa en toda la obra de Homero”. Luego de la reprimenda y los bastonazos que Ulises le propina (lo llama “parlanchín sin juicio” y lo golpea en la espalda y los hombros), Tersites se encorva, lagrimea, y se sienta, temeroso y dolorido, casi como un perro. En tanto, la multitud celebra el castigo, y comentan entre sí la justicia que se ha hecho con el “ultrajador que dispara palabrería”.
Según
Jaeger, la Ilíada muestra
que el viejo concepto guerrero de la areté no
era suficiente para los poetas nuevos. Fénix, quien dice haber sido
el educador de Aquiles (aunque esto se contradiga con la tradición
que adjudica al centauro Quirón ese papel), expresa este ideal, en
el que “se erige una nueva imagen del hombre perfecto para la cual,
al lado de la acción, estaba la nobleza del espíritu, y sólo en la
unión de ambas se hallaba el verdadero fin”. “Para pronunciar
palabras y para realizar acciones” ha sido educado Aquiles, héroe
prototípico. Puesto que el dominio de la palabra dignifica la
soberanía del espíritu, la imagen del hombre ideal se caracteriza
por un lado, por la habilidad guerrera, pero también, por otro lado,
por la habilidad oratoria.
Dos pares
de héroes, uno de cada bando, que encarnan estas aptitudes: los
troyanos Polidamantes y Héctor, nacidos la misma noche; y los
griegos Ulises y Áyax (Telamonio), parte de la embajada destinada a
persuadir a Aquiles a que deponga su cólera.
En el caso de Ulises y Áyax, en lo que compete a lo relatado en la Ilíada, son presentados por Fénix a Aquiles como las "dos caras" del ideal: uno es hombre de acción, el otro de palabras. Aquiles, se supone, reúne ambas cualidades, y por eso es el prototipo de Héroe
En el caso de Ulises y Áyax, en lo que compete a lo relatado en la Ilíada, son presentados por Fénix a Aquiles como las "dos caras" del ideal: uno es hombre de acción, el otro de palabras. Aquiles, se supone, reúne ambas cualidades, y por eso es el prototipo de Héroe
Polidamante
propone prudentes consejos, la mayoría de los cuales Héctor
rechaza, para ruina de los Troyanos. En el CXII acepta el consejo de
no pasar con los carros por la fosa llena de picas. En CXVIII, sin
embargo, Polidamante “el único que veía lo que había delante y
detrás”, y que “descollaba por sus opiniones” (contrario a
Héctor que lo hacía por la pica), aconseja retirarse cuanto antes a
la ciudad, antes de que amanezca, prediciendo que Aquiles atacará
enseguida. Héctor se opone a su “buen plan”, y los troyanos,
carentes de juicio por obra de Atenea, lo aclaman. Sin embargo, la
más flagrante terquedad de Héctor ante el consejo de Polidamante
sucede antes, en el CXII, en ocasión de un agüero que Polidamante
interpreta como contrario a la suerte de los troyanos. Allí expone
cómo Héctor censura sus propuestas en las asambleas, puesto que no
es adecuado que un hombre del vulgo (no perteneciente a la familia
real) “exponga opiniones discrepantes” sino que por el contrario
debería incrementar el poder del líder. Héctor replica duramente,
no sólo censurando el prudente consejo de Polidamante, sino
desconociendo el carácter divino del agüero e incluso
vituperándolo: “me ordenas que a aves de desplegadas alas
haga caso. De ellas ni me preocupo ni me importa que vayan a la
derecha (etc)”
Agamenón
es el más rico de los príncipes aqueos llegados a Troya, pero no es
el más virtuoso. Dice Jaeger que, en esta cultura, “quien atenta a
la areté ajena pierde
en suma el sentido mismo de la areté”.
Agamenón lo hace, al deshonrar a Aquiles, y
además pone en peligro a la hueste y la empresa guerrera de los
griegos causando su ira y su retirada del combate.
Agamenón tiene su aristía, pero no descolla. Lo supera Diomedes, por ejemplo, a pesar de ser más joven, y le recrimina su insensatez, en la asamblea del canto IX, cuando Agamenón propone desistir de la lucha y volver a sus respectivos hogares, ya que Zeus ha decidido favorecer al enemigo. También le dice que Zeus le ha dado solamente el cetro, y con él la honra por encima de todos los aqueos, pero no le ha dado coraje, que es el verdadero poder. Es notable que Agamenón, el más poderoso de todos los príncipes griegos, el “pastor de huestes”, proponga abandonar la guerra, tal como lo ha hecho el indigno Tersites poco tiempo antes. Diomedes se cuida de aclarar que es legal oponerse al soberano en la asamblea. Sus juiciosas palabras son aclamadas por la asamblea, puesto que él sobresale tanto en el combate como en el consejo, según afirma el venerable anciano Nestor. Reúne, con mucho, las cualidades del ideal.
En el CXIV, Agamenón, preocupado por el avance de los troyanos, vuelve a proponer la huida. Lo reprime Ulises y Diomedes, nuevamente, es quien, luego de dar cuenta de su linaje, les recuerda a los guerreros que yacen en las naves, heridos, que es su obligación volver al combate, aun estando heridos, cuanto menos para estimular a los demás.
La figura de Agamenón se alza gloriosa gracias a su linaje y a su poderío, pero pierde valor frente a los héroes que descollan tanto en el combate como en el consejo y las asambleas.
Agamenón tiene su aristía, pero no descolla. Lo supera Diomedes, por ejemplo, a pesar de ser más joven, y le recrimina su insensatez, en la asamblea del canto IX, cuando Agamenón propone desistir de la lucha y volver a sus respectivos hogares, ya que Zeus ha decidido favorecer al enemigo. También le dice que Zeus le ha dado solamente el cetro, y con él la honra por encima de todos los aqueos, pero no le ha dado coraje, que es el verdadero poder. Es notable que Agamenón, el más poderoso de todos los príncipes griegos, el “pastor de huestes”, proponga abandonar la guerra, tal como lo ha hecho el indigno Tersites poco tiempo antes. Diomedes se cuida de aclarar que es legal oponerse al soberano en la asamblea. Sus juiciosas palabras son aclamadas por la asamblea, puesto que él sobresale tanto en el combate como en el consejo, según afirma el venerable anciano Nestor. Reúne, con mucho, las cualidades del ideal.
En el CXIV, Agamenón, preocupado por el avance de los troyanos, vuelve a proponer la huida. Lo reprime Ulises y Diomedes, nuevamente, es quien, luego de dar cuenta de su linaje, les recuerda a los guerreros que yacen en las naves, heridos, que es su obligación volver al combate, aun estando heridos, cuanto menos para estimular a los demás.
La figura de Agamenón se alza gloriosa gracias a su linaje y a su poderío, pero pierde valor frente a los héroes que descollan tanto en el combate como en el consejo y las asambleas.
Dice
Jaeger que “la nobleza de la Ilíada
es una imagen ideal de la fantasía (…) dominada (…) por la
admiración por la sobrehumana areté
de los héroes de la Antigüedad” y que sólo presenta “unos
pocos rasgos realistas y políticos, como la escena de Tersites,
(que) revelan el tiempo relativamente tardío del nacimiento de la
Ilíada en su forma
actual”. Para el autor, el atrevimiento de Tersites muestra la
distancia que separa al poeta de esa nobleza y, agrega, “le
capacita para pintarla (…) con aquella cálida simpatía por el
valor de la conciencia y la educación de los verdaderos nobles que,
a pesar de la aguda crítica de los malos representantes de la clase,
hace su testimonio indispensable para nosotros.” Agamenón, sin ser
vituperado, y también Paris (a quien no me he dedicado en esta
exposición), encarnan, aunque no caricaturescamente, a malos
representantes de la nobleza, al menos en algunas de sus acciones.
Pero es Tersites quien carga sobre sus espaldas, literal y
metafóricamente, con el peso de la ignominia, materializando la
némesis, el
exagerado contrapunto con el ideal de la nobleza guerrera.
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