Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones
telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí...
R. G. Tuñón
"Escrito sobre una mesa de Montparnasse"
-Eso no se ve nada bien.
-Nada bien.
Por el amplio ventanal miraban de soslayo la trayectoria de uno de los tantos aviones que circulaban por el cielo de ese barrio, cercano al aeropuerto.
Eran manzanas densamente pobladas, algunas de edificios, pero mayormente de opulentas casas con jardín y pileta. Calles con árboles generosos, algún espacio verde, la avenida.
Paula iba a almorzar casi todos los domingos desde que se había separado. Una estadística casera indicaba que el noventa por ciento de las veces, llovía.
Pero esta era una de las pocas excepciones. El cielo, de tan azul, provocaba la ilusión de cercanía.
Era la sobremesa, y los párpados pesaban. Los cuerpos se desparramaban sobre los sillones y las sillas, combatiendo la siesta a fuerza de charla.
Paula tomaba ansiolíticos desde que se había separado. Por eso había rechazado el vino. Por eso y no porque estuviera -o creyera estar- embarazada, como pensaba Ángela para sí. Paula intuyó vagamente este malentendido, pero sintió que era penoso explicar semejante absurdo. Contestar lo que nadie le preguntaba. Además, si hacía seis meses que estaba separada. Si no se había acostado con nadie desde entonces. Si a duras penas se acariciaba en la ducha.
El departamento de Paula estaba semi-desnudo. No de un modo sensual: era la semi-desnudez del damnificado por un temporal, del evacuado por peligro de incendio, del refugiado de guerra. De aquel, en fin, que no ha tenido tiempo de agarrar sus pertenencias; que se ha ido con lo puesto en el momento de la catástrofe. Lo más triste eran las paredes: las siluetas blancas, delimitadas por hollín, que habían dejado los cuadros ausentes; los tarugos sin tornillo, como ojos de ciego, mirando sin ver desde sus cuencas vacías.
En la sobremesa siempre rondaba la broma del avión en la ventana. Había un instante en la trayectoria, cuando pegaba la vuelta, en que la trompa los apuntaba directamente, los interpelaba cara a cara. Se bromeaba al respecto para no confesar que se contenía la respiración por unos segundos. Se bromeaba para soltar el aire suavemente, para disimular las palpitaciones y el pánico. Se bromeaba distraídamente, pero nadie miraba de frente por miedo a toparse con ese hocico monstruoso olfateando la ventana en cámara lenta.
Pero esta vez el avión estaba en chanfle, con la punta hacia abajo. En pausa. Allá, todavía lejos. Todavía irreal. Pero hacia abajo. Claramente hacia abajo, e inmóvil. Como una flecha apuntando desde el cielo hacia el techo de una casa. Como el cursor de la computadora señalando un punto en el mapa virtual.
Paula había estado en internet. Había puesto en el buscador una dirección, su nueva dirección, y había hecho zoom en el mapa. Era un edificio de departamentos, en un barrio del centro de la ciudad. En la manzana había un colegio, se veía nítidamente el patio. Había un enorme galpón con techo de zinc, un supermercado o un depósito. Había muchos otros edificios. Algunos con pileta en la terraza. El de él, no. Era sencillo. Antiguo. Y eso era todo lo que el zoom la podía acercar a su nueva vida.
El vino los había aletargado. Comentaban con sorna la gravedad del asunto del avión en la ventana, con desinterés, con incredulidad. Mirando siempre de reojo, evitando la confrontación.
-Paula, ¿nada de vino querés?
-Nada.
-Así te relajás.
-No estoy tensa.
Ángela sabía que no era la mejor opción. Madre soltera. Pero era lo que había, lo que había podido ser. Paula no querría contarlo aún, porque seguramente no sabía quién era el padre. O sí lo sabía y no podía confesarlo: una relación incipiente, acaso casual, acaso clandestina. Ella no le preguntaría por el padre, respetaría su silencio. La ayudaría a criarlo. O criarla. Pero mejor criarlo.
-¿Sigue ahí?
Nadie quería corroborarlo. Era inquietante admitirlo, pero tal vez no fuera, como las otras veces, una ilusión óptica. El cielo era diáfano, es cierto. Sólo había que mirar por la ventana.
Paula decidió mirar. Se enderezó en el sillón y clavó los ojos en la imagen. El avión se puso súbitamente en movimiento, como si Paula, al mirarlo, lo hubiera sacado de la pausa. Como una gota, se desprendió del aire y se estrelló sobre la calle arbolada.