13 julio 2013

Apuntes sobre LA MÁQUINA IDIOTA, de Ricardo Bartís

Ser y no ser pueden superponerse. Ser Hamlet y no ser Hamlet, sino un actor que ensaya el papel de Hamlet, es una posibilidad absolutamente admisible de la existencia. 
Luego, dormir y estar muerto son homologables en el imaginario poético, optimista de los vivos. El muerto que duerme vendría a figurar, entonces, una suerte de muerto al cuadrado. Y el muerto que despierta encarnaría otra variante de la paradoja del ser y no ser.
      En ambos casos se anula, entonces, la disyuntiva que Hamlet no sabe bien cómo resolver, no tanto porque cesar voluntariamente la vida sea indecoroso, sino porque no sabe -y lo aterra- qué esperar del sueño de la muerte.  “¿Quién -se pregunta- aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte (…)?”. La muerte no garantiza sacudirse los pesares de la vida.
En un terreno adyacente al panteón de actores se está ensayando Hamlet. Los actores despiertan para encarnar la paradoja del ser y no ser. Muertos que padecen, en la muerte despierta, los mismos males, la misma decadencia, los mismos sufrimientos que en la vida. La corrosión acecha. Todo se repite. La burocracia trasciende los altos muros que separan la existencia de la no existencia, y se instala cómodamente. En donde todo parece no ser, la burocracia es. Rabiosa.
 Se presenta el problema insoslayable del olor y se espera que la Asociación responda enviando un filtro purificador de aire. Todo se demora: el vestuario, el texto, la merienda, el filtro. Todo se dilata, y, mientras tanto, el secador de pelo no funciona, los sánguches de miga se secan y el espacio de esparcimiento tiene césped sintético. Acaso el único consuelo para tanto abandono sea la irrefutable apariencia de continuidad que todo el asunto tiene con la vida. Porque la vida también puede ser mustia, reseca y polvorienta; en especial en esos espacios donde la organización percude lo organizado.
Hay actores que hacen de actores y actores que hacen de espectadores. Actores todos ellos, haciendo de actores que hacen de actores o de espectadores. Que hacen de Hamlet o de Ofelia, o de Gertrudis o de Polonio. Se presenta el problema de la representación. Porque hay uno -uno solo- que ni es actor ni hace de actor, ni nada: un advenedizo, un insepulto, un padre. Un padre angustiado que desea hablar una última vez con su hijo, comunicarle su estado.
En Hamlet, la burocracia aparece en la dilación de la acción política de vengar la muerte del padre. Hamlet se demora en las minucias de la representación: se finge loco; monta, además de La ratonera, su propia ficción de enajenado. Pero, ¿es realmente necesaria la representación para consumar la venganza? ¿Es realmente necesaria la representación de Hamlet?
La radio indócil parece querer comunicar algo. Los textos llegaron, pero están todos mal. El manual del filtro está en inglés. La radio interfiere, nasal, y dice cosas que parecen importantes y no se comprenden. Y mientras tanto ¿es necesaria la representación de Hamlet? ¿Y la de Hamlet?
Sigue la pregunta acechando, como una  letanía. El padre está angustiado. El mozo está resignado. El inglés está semi-desnudo y se quiere volver.     
La radio cruje, gangosa. Todos paran la oreja.  
No.
Al final, no era necesaria.

Al ser o no ser se impone lo prosaico: “Lo que se hizo se hizo, lo que no se hizo, no se hizo.”


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