30 abril 2014

salgo y soy como una flecha que va, va, va, trazo un recorrido con mis pasos, me llevo, no me detengo, esquivo a la gente que pasa, no estoy apurada pero no puedo parar, hago zig zag, desafío a los semáforos, no pienso, voy, camino y no pienso, como si fuera una máquina, como si me llevara otro, voy como una flecha que tiene fijado de antemano el destino y no tiene más que seguir la trayectoria fijada entre dos puntos, soy como una bala que se endereza una vez y para siempre, sigo caminando y no miro las vidrieras aunque las veo pasar, miro el cielo gris plomo, bajo, de mi ciudad, como un sombrero sobre los edificios, miro ese cielo que es nuestro, tan distinto de todos los demás, denso y bien delimitado, como una frazada que no alcanza a cubrir todo el colchón, los árboles que hacen un coro de verdes sobre la gente que corre o toma mate, camino y doblo, bajo el cordón, cruzo la avenida, esquivo el mar de gente que va o vuelve, tomo decisiones imperceptibles pero sigo, siempre sigo y no paro, no me detengo nunca más, sigo como la flecha siempre para adelante, a encontrarme con el destino que no me espera ni yo lo busco porque aunque vaya sin querer allá voy

12 abril 2014

Abril, 12

El 160 sigue pasando, indefectiblemente, por esa esquina de Medrano en la que tantas veces bajé ansiosa por llegar hasta una puerta celeste a la mitad de cuadra, en frente de la plaza. Detrás de la puerta celeste había un zaguán, de esos de azulejos, antiguo y fresco. La puerta tenía una mirilla redonda y saltona como un ojo de sapo, y una cerradura ruidosa de chapa. Había que esperar el sonido de los pasos que venían del fondo -porque era una casa chorizo-, parada en el escalón. Después, la puerta se abría y era una bienvenida reída que sonaba "miamorcito, midivina", un abrazo fuerte y un chuik cerca de la oreja que quedaba zumbando un rato. Después del zaguán se pasaba por el "boliche", y de ahí al patio, donde venía el olor de la comida (ese que me sopapeó en el guetto de Venezia), el calor del horno en invierno y el frescor de la enredadera en verano, la siesta que empezábamos juntas, y después despertarme con el ruido suave de la radio desde la cocina, el té con tostadas y el bigote de queso blanco.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.


04 marzo 2014

postal

esa tarde la calle
estaba llena
de mundos tuyos

el cielo se había
llevado puesto
un edificio


lengua plástica

Maravilla de algunos vocablos que le hacen pito catalán a aquella máxima saussureana de la arbitraria unión de significado y significante.
Caracol en inglés se dice snail.
Ambas palabras, -intuición de relámpago-, me parecen establecer una intimidad material con el bicho en cuestión. 

Mientras la castellana parece hacer énfasis en la rosca
el rulo
las vueltas del asunto;
la inglesa, en cambio, se concentra en la baba
el pegote
el rastro sinuoso y húmedo que deja el bicho al pasar.

-Pronuncio en un susurro las dos al hilo, y algo en la boca se me enrosca, avanza y deja su lento zigzag viscoso en el aire-

19 noviembre 2013

Yo robot

Llueve todo el tiempo,
eso sería el concepto.

Diálogo fiacoso, con un actor.
Igual me esgunfié.
El jovie detuvo un instante preciso
en que fueron brutalmente separados
de autos , camiones, volquetes, mujeres con hijos
de un húngaro.
Inventa un destino.
No es poder.

Salen unos segundos para desmayarse
de otro hurra.

Es super probable que los estudiantes
pierdan un día virtualmente inexistente.
El seminario es en los rincones.
A todos los rincones:
Hola otra vez,
por resistir al sinsentido
del río allá nomás.
Hola otra vez, Oliverio.
Si es posible,
quiere decir que se van partiendo
sin la alegría del marco.
Y nos ha pasado.

Esta sobrina está cuando todo se prende fuego. Me da mucha risa.
Porque necesito un comentario mordaz
respecto del culo
en mis mediodías
y arroz Crema para una publicidad de
don Julio en su hogar.
No sé bien cómo, se abría...
poquísima claridad.
El culo te llueve, por Tersites,
pero igual
te lo merecés.

Primero el escarabajo gigante
imposible no volver a pasar las moscas.
Me dieron sólo una aberración
para saludar
insignificantemente
a las cosas en su caja.
Y la mosca venía, empujaba un gobierno.
Pero,
¿había alguna de...
Eso era. Hoy era muy aburrido y lo guardás.
Es un tipo siamés.
Y al que sobreviene toda su desventura.
¡No pasarás!
Me voy a pegar
un cartelito en el primer
aplastamiento de las partes verticales.

La hora pico.
Leí cosas frágiles,
con globitos para explotar.
Acabo de leer lo imposible,
cualquier cosa
con respecto a la empanada y a mí.
No sé quién lo escribió, pero no puedo.

Este fin tuve.

27 octubre 2013

El avión en la ventana

                                                                   
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones
telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí...

R. G. Tuñón
"Escrito sobre una mesa de Montparnasse"




-Eso no se ve nada bien.
-Nada bien.

Por el amplio ventanal miraban de soslayo la trayectoria de uno de los tantos aviones que circulaban por el cielo de ese barrio, cercano al aeropuerto.
Eran manzanas densamente pobladas, algunas de edificios, pero mayormente de opulentas casas con jardín y pileta. Calles con árboles generosos, algún espacio verde, la avenida.
Paula iba a almorzar casi todos los domingos desde que se había separado. Una estadística casera indicaba que el noventa por ciento de las veces, llovía.
Pero esta era una de las pocas excepciones. El cielo, de tan azul, provocaba la ilusión de cercanía.

Era la sobremesa, y los párpados pesaban. Los cuerpos se desparramaban sobre los sillones y las sillas, combatiendo la siesta a fuerza de charla.
Paula tomaba ansiolíticos desde que se había separado. Por eso había rechazado el vino. Por eso y no porque estuviera -o creyera estar- embarazada, como pensaba Ángela para sí. Paula intuyó vagamente este malentendido, pero sintió que era penoso explicar semejante absurdo. Contestar lo que nadie le preguntaba. Además, si hacía seis meses que estaba separada. Si no se había acostado con nadie desde entonces. Si a duras penas se acariciaba en la ducha.
El departamento de Paula estaba semi-desnudo. No de un modo sensual: era la semi-desnudez del damnificado por un temporal, del evacuado por peligro de incendio, del refugiado de guerra. De aquel, en fin, que no ha tenido tiempo de agarrar sus pertenencias; que se ha ido con lo puesto en el momento de la catástrofe. Lo más triste eran las paredes: las siluetas blancas, delimitadas por hollín, que habían dejado los cuadros ausentes; los tarugos sin tornillo, como ojos de ciego, mirando sin ver desde sus cuencas vacías.

En la sobremesa siempre rondaba la broma del avión en la ventana. Había un instante en la trayectoria, cuando pegaba la vuelta, en que la trompa los apuntaba directamente, los interpelaba cara a cara. Se bromeaba al respecto para no confesar que se contenía la respiración por unos segundos. Se bromeaba para soltar el aire suavemente, para disimular las palpitaciones y el pánico. Se bromeaba distraídamente, pero nadie miraba de frente por miedo a toparse con ese hocico monstruoso olfateando la ventana en cámara lenta.
Pero esta vez el avión estaba en chanfle, con la punta hacia abajo. En pausa. Allá, todavía lejos. Todavía irreal. Pero hacia abajo. Claramente hacia abajo, e inmóvil. Como una flecha apuntando desde el cielo hacia el techo de una casa. Como el cursor de la computadora señalando un punto en el mapa virtual.

Paula había estado en internet. Había puesto en el buscador una dirección, su nueva dirección, y había hecho zoom en el mapa. Era un edificio de departamentos, en un barrio del centro de la ciudad. En la manzana había un colegio, se veía nítidamente el patio. Había un enorme galpón con techo de zinc, un supermercado o un depósito. Había muchos otros edificios. Algunos con pileta en la terraza. El de él, no. Era sencillo. Antiguo. Y eso era todo lo que el zoom la podía acercar a su nueva vida.

El vino los había aletargado. Comentaban con sorna la gravedad del asunto del avión en la ventana, con desinterés, con incredulidad. Mirando siempre de reojo, evitando la confrontación.
-Paula, ¿nada de vino querés?
-Nada.
-Así te relajás.
-No estoy tensa.
Ángela sabía que no era la mejor opción. Madre soltera. Pero era lo que había, lo que había podido ser. Paula no querría contarlo aún, porque seguramente no sabía quién era el padre. O sí lo sabía y no podía confesarlo: una relación incipiente, acaso casual, acaso clandestina. Ella no le preguntaría por el padre, respetaría su silencio. La ayudaría a criarlo. O criarla. Pero mejor criarlo.

-¿Sigue ahí?
Nadie quería corroborarlo. Era inquietante admitirlo, pero tal vez no fuera, como las otras veces, una ilusión óptica. El cielo era diáfano, es cierto. Sólo había que mirar por la ventana.

Paula decidió mirar. Se enderezó en el sillón y clavó los ojos en la imagen. El avión se puso súbitamente en movimiento, como si Paula, al mirarlo, lo hubiera sacado de la pausa. Como una gota, se desprendió del aire y se estrelló sobre la calle arbolada.

veinte quince

militancia pulcra de escolares, formaditos, ordenados, que aplauden al mismo tiempo, uniformados en remeras amarillas. chicas y chicos prolijamente vestidos y aseados, cada uno con un trapo de distinto color para revolear por el aire. chicos y chicas con pelos de peluquería, con los labios rojos, con rostros publicitarios. 
fiesta de fin de curso. se gradúan de militantes nacionales. por fin.
y el discurso, largamente ensayado, sale. sale o sale. hay algunos silencios que desorientan a la vicedirectora. hay algunas repeticiones, pero ella lo mira embelesada, con esa mirada también ensayada, aguantando en los labios el impulso de intervenir, o, cuanto menos, de seguir en mute las líneas del director. ella se limita, mansamente -tiene todo bajo control-, a indicar con su mano a la multitud que reduzca sus cánticos. porque el director está hablando de cosas importantes. y el discurso sale, va saliendo. se lanza. y mejor así, que no es para desaprovechar la oportunidad. el acto. 
los chicos aplauden y vivan. el director les habla a ellos, a los jóvenes. a los que no participaron de los debates ideológicos del siglo pasado. en los debates ideológicos que van a morir ahora, a manos de esos jóvenes de remeras amarillas. el director le habla al futuro. que empieza hoy y de cero.
el timing funciona. se palmean detrás de cámaras los jefes de campaña, los productores, los wedding-planners.
porque la política no se trata de discutir modelos teóricos. se trata de bailar y tirar papelitos y revolear remeras, como en una fiesta de egresados.

20 octubre 2013

modelo '83, como la democracia

Un saludito a todos mis amigos que están cumpliendo, o cumplieron, o están por cumplir 30 pirulines. Es bueno tener una generación y es bueno tener una re-generación de los vínculos con las personas con las que crecimos. Es un flash que ya hayan pasado 15 de mis 15. De nuestros 15, quiero decir. De todo eso que era tener 15, incluyendo pensar que los 30 estaban tan pero tan lejos como para escribirles una carta.
Ayer, en una terraza, mirando los espectaculares relámpagos de la tormenta, pensé en Marty Mc Fly, el profesor Brown y el Delorian. Algo pasó, sí, porque estábamos ahí otra vez. Y los relámpagos y la estática lo probaron: viajamos en el tiempo. Pero no en el tiempo lineal, sino en el espiralado. Estábamos ahí, iguales pero distintos. Estábamos ahí como si una tormenta eléctrica y un auto nos hubieran transportado desde 1998.
15-30, estamos a la mitad de un game de tenis.
La impresión exacta es paradójica: mezcla de vértigo, y, a la vez, una profunda sensación de arraigo.

08 octubre 2013

poema para un.

hoy me río
porque todavía se puede
llorar
leyendo un poema

y porque ese poema
-y otros
muchos otros,
del pasado,
del futuro;
suyos, míos,
y de toda la historia
del mundo-
serán tuyos,
mañana, cuando vengas

cuando te cantemos
y cuando cantes
y cuando
hables con las cosas



23 septiembre 2013

Pianelli en su despacho

La pareja está sentada frente a un escritorio enchapado color negro. Se toman de la mano, entrecruzando los dedos. La habitación, recién pintada de blanco, disimula sin eficacia la falta de aseo: veloces arañas ya han arraigado sus redes en cada rincón, al revés de la pintura que, aplicada sobre el polvo, se adhiere con dificultad.

Ella tiene una cartera de cuero azul oscuro sobre la falda; tamborilea con los dedos de la mano libre. Las uñas prolijamente cortadas, con un brillo sutil, de modesta coquetería, casi no producen sonido sobre el cuero. Él transpira mares. Un pobre pañuelito estampado lo asiste sin éxito.
El piso cruje, casi inaudible. La mujer y el hombre oyen el diminuto quejido de la madera. Se enderezan, expectantes, cuando la puerta a sus espaldas por fin se abre. Contienen la respiración. El hombre se seca, una vez más, la frente, y vuelve a guardar el pañuelo empapado. La mujer atina a mirar por sobre su hombro, ansiosa; el hombre la censura con un imperceptible apretón de mano.

Pianelli ingresa ceremoniosamente, portando un enorme bibliorato desbocado de papeles. Camina hacia el escritorio con exagerada gravedad, cuidando muy bien de apoyar los talones firmemente en el suelo, luego las plantas, luego las puntas. Al verlo desplazarse así uno podría pensar que algo realmente importante ocupa su mente. Le gusta jugar ese juego. No el de la importancia,-que no es un juego sino un factum-, sino el de evitar el crujir de las maderas. Lo distrae de su trabajo, el cual no disfruta la mayor parte del tiempo, aunque sí goza. Goza con sus zapatos lustrados pisando esas maderas -viejas, importantes, pinotea del siglo XIX-, del despacho que hace unos años le pertenece (desde aquel penoso incidente con el dr. Ripetta, los sobres rotulados que aparecieron en la oficina equivocada, aquella desafortunada nota que le dirigiera el dr. al secretario del ministro, y las consecuencias subsiguientes que no vale la pena detallar por no revivir el oprobio); goza de la corbata impecable que, como una pitón, se enseñorea sobre su pecho. Goza el aire de respetabilidad que le da su escritorio art decó, completamente enchapado en negro, con detalles curiosos como ese adorno del ciclista que gira de forma -casi- continua, el pisa papeles de mármol de carrara, el portarretratos de vitreaux con la mujer rubia y la cría, dorados de sol en alguna playa superpoblada. Atrás están los solemnes estantes, llenos de biblioratos y cajas de archivo numerados o señalados con una letra del alfabeto, rotulados con distintos colores: verde, rojo, azul; sistema que sólo él y su secretaria conocen, él menos, pero, aún así, impenetrable para cualquiera que lo visite. Sistema que, a solas y honestamente, le produce cierta angustia; como si esa organización minuciosa de papeles y cartoné fuera un reflejo burlón de su propia existencia. Pero basta que alguien lo venga a ver, ¡ah!, para trocar ese sentimiento en goce; puro goce de saber y manejar al dedillo -o casi- algo que nadie más en el mundo comprende, aunque sea algo que carece de relevancia fuera de esa miserable oficina.

Camina gravemente, entonces, mirándose los zapatos, sabiéndose mirado, intuyéndose respetado. Camina calculando lo inmenso que debe parecer frente a esa pobre pareja, cuya felicidad está depositada en sus manos, en sus enormes y prolijas manos de funcionario público. Demora el momento, multiplica su goce. Esa caminata solemne entre la puerta y el escritorio, esos segundos de gloria en que la expectativa ajena flota en el despacho como un perfume incitante, como un narcótico, son los retazos más plenos de su cotidianidad. Esto es lo que va a hacer:

Va a apoyar suavemente el mamotreto gris en el escritorio. Va a arremangar sus pantalones con un gesto casi campesino. Se va a sentar y a poner los anteojos que ha dejado sobre el escritorio, usando ambas manos, con cierta torpeza, para imprimirle humildad al gesto. Va a hacer una pausa solemne. Va a carraspear apenas, como quien intenta atenuar su autoridad, como quien teme -y no puede evitar- producir un daño terrible en la sensibilidad de sus interlocutores. Luego dirá:
-No va a ser posible, caballero - le hablará a él, porque a duras penas tiene valor para mirar a la mujer, cuyo abultado escote, pudorosamente abotonado,  le produce una mezcla de lástima y excitación. (Se ha masturbado allí mismo, en su despacho, evocando pares de senos privados de su facultad de alimentar, senos cuya sola función es producir placer en un hombre adulto, senos reservados para el goce, para la baba, para el capricho)
-Lamento - continuará- ser portador de malas noticias...- Aquí aguzará el oído, y creerá advertir un lejano escándalo de vidrios rotos, como si alguien hubiera pateado, sin querer, una mesa de café; como si los dos corazones frente a él se hubieran congelado y estallado en esquirlas de hielo- La familia ha reclamado, ha llamado al juzgado y ha dicho -abusará del pretérito compuesto, pareciéndole más impersonal, acaso menos severo- que la familia tiene la potestad absoluta... La familia, usted sabe, la familia es lo primero... ¿Cómo dice? -porque el hombre, vagamente, protestará- En absoluto, señor. He hecho todo lo humanamente posible, al parecer esa gente ha recibido información... Comprenda, caballero: -agregará, con toda la autoridad del Estado materializada en un sereno pero contundente arqueo de cejas- así son las cosas en este país.

Ella proferirá suaves sollozos. Sus pechos se agitarán en pequeñas convulsiones. Él se pondrá rojo de rabia, de impotencia, de dolor. Golpeará el escritorio enchapado con ira trocada en resignación. Ella sacará de su cartera azul un pañuelo de papel, y se sonará la nariz silenciosamente. Sus manos se estrecharán más que antes. Nadie dirá nada, y el ciclista seguirá su inútil carrera circular, mientras el tiempo se ensancha para siempre para esa mujer y para ese hombre.

Pianelli caminará despaciosamente hacia la puerta, humilde, casi encorvado, y la abrirá con un gesto de invitación. Les dará las buenas tardes, y cerrará rápidamente la puerta, no sea cosa que adviertan la inquina de su gesto final, el fajo de billetes que le abulta el pectoral izquierdo, y que está ansioso por empezar a contar.

22 septiembre 2013

el pudor

qué hago yo acá haciendo rodar las pupilas sobre una nada luminosa
qué hago y qué dejo de hacer
por qué no escribo

escribo
y si alguien me leyera
perdón

escribo pero
si alguien me leyera no sabría
qué decirle
cómo retenerlo

no escribo por pudor
porque alguien me lee

no escribo
por
nada

no

si alguien me leyera sin saber
que escribo sin pensar
que pienso sin escribir
que hago rodar los dedos sobre una nada opaca

si alguien no supiera
que me desborda y no me llena
(si es posible:
sí)

qué hago que no escribo
hago que no
y no.

21 agosto 2013

rara, como encendida

la congoja y la luna


15 julio 2013

Al otro lado de la barranca

Salimos del lugar e instantáneamente me desoriento. A pesar de que no es la primera vez que voy. A pesar de que parecía tan fácil encontrar el camino.
Caminamos dos cuadras para el lado que, creo, está la Av. Libertador. Pero no. No es por ahí.
Damos unas vueltas -Juan y yo- y subimos una barranca cubierta de pasto, con unas escaleras de cemento que hacen una curva al final y desembocan en una hermosa glorieta. La opción, sin embargo, parece extraña, arriesgada, incluso peligrosa. (¿Una barranca? ¿Acá? ¿Desde cuándo?)
Pero llegamos a la cima, y, contra todo pronóstico, al otro lado el camino se aclara. Nos ubicamos. Vemos el mapa. Entendemos para dónde tenemos que ir.

La escena se repite. Salimos del mismo lugar -Juan, yo y alguien más-, pero esta vez, por más inverosímil que parezca el camino de la barranca, vamos directo hacia él. Con seguridad. Con la certeza de que, por más absurdo que parezca, es por ahí.


13 julio 2013

Apuntes sobre LA MÁQUINA IDIOTA, de Ricardo Bartís

Ser y no ser pueden superponerse. Ser Hamlet y no ser Hamlet, sino un actor que ensaya el papel de Hamlet, es una posibilidad absolutamente admisible de la existencia. 
Luego, dormir y estar muerto son homologables en el imaginario poético, optimista de los vivos. El muerto que duerme vendría a figurar, entonces, una suerte de muerto al cuadrado. Y el muerto que despierta encarnaría otra variante de la paradoja del ser y no ser.
      En ambos casos se anula, entonces, la disyuntiva que Hamlet no sabe bien cómo resolver, no tanto porque cesar voluntariamente la vida sea indecoroso, sino porque no sabe -y lo aterra- qué esperar del sueño de la muerte.  “¿Quién -se pregunta- aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte (…)?”. La muerte no garantiza sacudirse los pesares de la vida.
En un terreno adyacente al panteón de actores se está ensayando Hamlet. Los actores despiertan para encarnar la paradoja del ser y no ser. Muertos que padecen, en la muerte despierta, los mismos males, la misma decadencia, los mismos sufrimientos que en la vida. La corrosión acecha. Todo se repite. La burocracia trasciende los altos muros que separan la existencia de la no existencia, y se instala cómodamente. En donde todo parece no ser, la burocracia es. Rabiosa.
 Se presenta el problema insoslayable del olor y se espera que la Asociación responda enviando un filtro purificador de aire. Todo se demora: el vestuario, el texto, la merienda, el filtro. Todo se dilata, y, mientras tanto, el secador de pelo no funciona, los sánguches de miga se secan y el espacio de esparcimiento tiene césped sintético. Acaso el único consuelo para tanto abandono sea la irrefutable apariencia de continuidad que todo el asunto tiene con la vida. Porque la vida también puede ser mustia, reseca y polvorienta; en especial en esos espacios donde la organización percude lo organizado.
Hay actores que hacen de actores y actores que hacen de espectadores. Actores todos ellos, haciendo de actores que hacen de actores o de espectadores. Que hacen de Hamlet o de Ofelia, o de Gertrudis o de Polonio. Se presenta el problema de la representación. Porque hay uno -uno solo- que ni es actor ni hace de actor, ni nada: un advenedizo, un insepulto, un padre. Un padre angustiado que desea hablar una última vez con su hijo, comunicarle su estado.
En Hamlet, la burocracia aparece en la dilación de la acción política de vengar la muerte del padre. Hamlet se demora en las minucias de la representación: se finge loco; monta, además de La ratonera, su propia ficción de enajenado. Pero, ¿es realmente necesaria la representación para consumar la venganza? ¿Es realmente necesaria la representación de Hamlet?
La radio indócil parece querer comunicar algo. Los textos llegaron, pero están todos mal. El manual del filtro está en inglés. La radio interfiere, nasal, y dice cosas que parecen importantes y no se comprenden. Y mientras tanto ¿es necesaria la representación de Hamlet? ¿Y la de Hamlet?
Sigue la pregunta acechando, como una  letanía. El padre está angustiado. El mozo está resignado. El inglés está semi-desnudo y se quiere volver.     
La radio cruje, gangosa. Todos paran la oreja.  
No.
Al final, no era necesaria.

Al ser o no ser se impone lo prosaico: “Lo que se hizo se hizo, lo que no se hizo, no se hizo.”


el tiempo es mi enemigo
pero
a veces
el tiempo es mi amigo