de pronto
todo se tiñe
de deseo
03 septiembre 2014
06 agosto 2014
La autopista mineral
El sueño era así: iba en un coche con amigos, en una autopista cargadísima, a mucha velocidad. Tenía miedo de chocar. Mejor dicho: sabía que, en algún momento, íbamos a chocar. Era la autopista mineral, me decían o yo decía. Esa era la explicación.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
04 agosto 2014
cuatro de agosto
pa
papá
papi
aprovecho este cuatro de agosto
para nombrarte
pa
papi
como un golpeteo de tambor
papá
me gusta
que suene
pa
papi
en mí queda raro
decirlo
queda lejos
queda triste
pa
papi
papá
me gusta nombrarte
como si tal cosa
papi
no tengo cielo
suficiente
y eso que es radiante
este cuatro de agosto
papá
para recordarte
papi
tu sonrisa
de bigotes
tus ojos
de filmadora
gracias
pa
por todo
pero
papi
por favor
quedate
no te vayas
de mis palabras
papá
pa
papi
02 agosto 2014
Puertas marcadas
Cuando era chica, a los 11 años, recibía la Billiken los sábados a la mañana. Ese año venían por fascículos el Antiguo y el Nuevo Testamento. Yo, que no había tenido una educación religiosa, me los leía como una golosina, alucinada con las historias. Me acuerdo que me impresionó particularmente la historia de Moisés y las plagas, en especial la última, la de la muerte del primogénito. La idea de un dios inmaterial, entrando en las casas de los egipcios y matando a los bebés, pero, sobre todo, la de la marca en la puerta, me resultaba siniestra. Y entonces me preguntaba por qué los judíos estarían tan convencidos de tener un dios aparte, uno que reconociera las marcas en las puertas de sus casas para que la desgracia pasara de largo. Qué pruebas tenían de que funcionaría. Y me imaginaba el terror de esa noche, el insomnio de esos padres y madres esperando el amanecer y rogando que dios existiera y fuera certera la marca y que no se confundiera.
El Estado de Israel tiene medios para proteger a sus ciudadanos. Hablo con mi familia que vive allá y ellos están bien, tranquilos, de algún modo acostumbrados a estos conflictos, tomando los recaudos necesarios, atentos a las sirenas, con sus refugios cerca, pero siguiendo con su vida.
Leo las noticias sobre Gaza y los muertos son miles, niños la mayor parte.
Israel sólo quiere asesinar terroristas, dicen. ¿Pensarán que el prodigio de dios hará que la muerte pase de largo las casas de esos niños? Si es que acaso piensan que dios tiene algo que ver con tirar bombas. Si es que acaso piensan, todavía, en dios.

El Estado de Israel tiene medios para proteger a sus ciudadanos. Hablo con mi familia que vive allá y ellos están bien, tranquilos, de algún modo acostumbrados a estos conflictos, tomando los recaudos necesarios, atentos a las sirenas, con sus refugios cerca, pero siguiendo con su vida.
Leo las noticias sobre Gaza y los muertos son miles, niños la mayor parte.
Israel sólo quiere asesinar terroristas, dicen. ¿Pensarán que el prodigio de dios hará que la muerte pase de largo las casas de esos niños? Si es que acaso piensan que dios tiene algo que ver con tirar bombas. Si es que acaso piensan, todavía, en dios.

22 junio 2014
Suerte
Rodó un par de vueltas cuando la golpeó el coche (¿o fueron dos coches?). Yo había doblado justo en esa esquina, volviendo sobre mis pasos por miedo a unos muchachos gritones de la otra cuadra, para el lado de Rivadavia. Salió volando hacia la calle, eso fue lo que vi; y el golpe del coche (¿los coches?). Vi que rodó, sí, unas dos o tres veces, y entonces empecé a gritar (¿a gritar? No lo recuerdo bien), creo que dije "no, no, no, no", tal vez en un susurro. Sé que me quité los auriculares y me oí decir "no, no, no, no" (aunque no sé si gritaba; nadie me miró). La calle estaba en silencio, pero había algunas personas a mitad de cuadra. Los coches (¿el coche?) siguieron su camino, y la perrita volvió, una flecha, hacia la vereda. Corriendo.
"No, no. No", repetía yo. En la mitad de cuadra una mujer esperaba algo. La perra corría ahora hacia la esquina. "No". Cerré los ojos. Los abrí. Creo que corrí. Ahora la perra volvía. Una nena, unos pasos adelante de mí, logró detenerla. La mujer seguía esperando.
-¿Es suya?- le pregunté. (¿La nena o la perra?).
La perra jadeaba, con los ojos desorbitados. Tironeaba de una cuerda que la nena le ponía torpemente en el cuello. Sé que pensé "no, no, no, no". La mujer me miró y estaba desencajada. Jadeaba también.
-No la puedo controlar,- me decía mientras los ojos se le perdían en otra cosa.-No la puedo controlar,-(¿A la nena o a la perra?)-¿Te interesa?.
"Claro que me interesa", pensé.
-No, no, no,- tartamudeaba- es que vi el accidente. Pobrecita.- dije.
-Fue un golpe, nada más- seguía ella, miraba a la nena.-No le pasó nada. ¿La querés?.
"Pobrecita", pensé. "Pobre"
-No, no, no, no- dije- tengo un gato, vivo en un lugar pequeño; no, no. No puedo tenerla.
La perra jadeaba con la mirada perdida. La mujer insistía:
-Estoy teniendo un problema familiar por esta perra. Trece años tiene, no la cuida, trece años tiene, mi hija, no le importa nada- seguía ella con su furia, mirando siempre a otro lugar.
La palabra hija fue como un dardo. Ahí miré a la nena que en silencio sostenía la cuerda que la perra tironeaba, jadeando, queriendo salir corriendo. Salir corriendo las dos; las tres, digo. La nena no miraba, no sé si veía. Era como si el dardo de la palabra hija la hubiera hecho visible y ciega. Estuvo quieta ahí mientras la mujer entró a controlar a otro perro de la casa. Yo le dije a su cara de ausencia que había lugares a donde llevarla (¿a quién?), la madre ya volvía diciendo:
-Dejá, no te molestes, a ella igual no le importa nada- y la palabra ella fue otro dardo, más filoso que el anterior, y la nena tenía cara de "no, no, no, no". Cara de nadie. Parada ahí con la perra que se le zafaba de la soga.
-La estoy llevando al parque- dijo la madre (¿a quién?).
-Pobrecita- atiné a decir.
-Yo no puedo más, que se ocupe otro- (¿de quién?).
"La perra qué culpa tiene", pensé (¿o dije?); la nena miraba a la nada mientras la perra se zafaba de nuevo y yo, que era una extraña, me empezaba a ir lentamente (¿o corría?) hacia la esquina, olvidada ya de los amenazantes gritos que me habían hecho dar la vuelta. En el último instante, la mujer me escupió:
-Gracias, igual.- mientras arriaba a un tiempo la puerta, la niña, la perra.
Yo volví a ponerme el auricular y sé que doblé la esquina a tiempo, antes de decir
-Suerte.
13 junio 2014
Señora
Ella estaba en mi casa. Familiarmente, me parece recordar.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.
Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.
Había estado en la cocina. Cocinábamos algo.
Ahora, en el living, me daba un abrazo profundo. Cálido. Seguro.
Yo pensaba que debía decirle un montón de cosas. Aprovechar la visita. Cosas en tono de reproche, que, seguramente, arruinarían la ternura del abrazo.
Me sentía a gusto, rumiando mis peros con culpa porque no había nada más confortable que ese abrazo; honesto, sensible, cercano.
Yo me quedaba en silencio; me guardaba mis objeciones, mis dudas, mi estado de alerta. Me callaba los argumentos y me abandonaba a la seguridad mullida del abrazo de esa mujer, que había venido a mi casa sabe dios por qué ni para qué.
11 junio 2014
Arrojo
No es algo de ahora, este descubrimiento. Lo vengo pensando desde antes de dejar terapia.
Yo las veo a esas jóvenes estudiantes apropiarse de la escritura, con ese despilfarro de confianza que caracteriza ciertos años de la vida. Las veo desempeñarse alegremente en los espacios de reconocimiento correspondientes, y hacerlo con... cómo decirlo... arrojo. Ese arrojo del que sabe que tiene con qué y no le importa lo que vayan a pensar, no le importa el fracaso porque esa palabra no está en su archivo.
Yo fui así una vez, en otra carrera. Me llevaba el mundo por delante, con mis 20 años, cuando me decían que era muy chica para ser directora. No me importaba. Me tenía fe. Era orgullosa, intrépida; escribía los textos y se los daba a los actores (¡caradura!). Era del centro de estudiantes. Iba a ver obras, opinaba, me metía en proyectos, cursaba de a cinco materias.
Después no sé qué pasó. O sí. Pero todavía no descifré cómo fue que pasó. Me perdí.
Me perdí.
Me busqué.
Lloré cuando no me encontraba.
Sufrí cuando me reencontré y no me gusté.
Me perdí de nuevo, me dejé olvidada.
Pasaron casi diez años.
Volví. No así, como a los 20. Pero creo que recuperé algo de ese arrojo, de esa confianza ciega que es el único motor posible para hacer; para ser.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
Allá por los 20 había pensado y escrito en el techo de mi cama: cuánto de cierto hay en el espacio vacío. Estaba tramitando ausencias.
Hace un tiempo (un par de años) me hice esta pregunta: ¿el ser se resuelve en el hacer? Estaba tramitando deseos.
Respondo hoy: A ser, y nada más.
01 junio 2014
tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo
acá, en el costadito
lo que susurra de noche
y se cuela en los paisajes
entra y sale
de escena
reposa lento en la hamaca
y se marea
acá, en el centro
lo que salta de la rama
al cielo
abierto, crece
se hace nido
empieza a zumbar
acá, bajito
letanía
pasitos que avanzan
en silencio
no importa qué promete
es la promesa
lo que se queda
después del sueño
lo que susurra de noche
y se cuela en los paisajes
entra y sale
de escena
reposa lento en la hamaca
y se marea
acá, en el centro
lo que salta de la rama
al cielo
abierto, crece
se hace nido
empieza a zumbar
acá, bajito
letanía
pasitos que avanzan
en silencio
no importa qué promete
es la promesa
lo que se queda
después del sueño
07 mayo 2014
Cofi breiquin
Bueno: a mí me gusta el café. Últimamente, desde que tengo mi maquinita, digamos que me gusta más que antes, y que, con mi sibaritismo mediopelo, me están pareciendo medio intomables algunos cafeses que antes me gustaban (sobre todo los de Puan)
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Ayer tenía que hacer tiempo y desayunar algo antes de seguir con mi día de locos.
Como no son tiempos de mucha bonanza, me fui al McDonalds más cercano a tomar un café con medialunas por 17 pesos. Adelante está la sección McCafé, donde el café es express pero cuesta bastante más caro (el doble). Y no son tiempos de mucha bonanza, repito, por lo que el café de la promoción me pareció más que bien.
Había, en una mesa cercana, un hombre de aspecto descuidado, con una gran mochila y muchas bolsas, leyendo el diario, con dos vasitos de café ya tomado. Entre el hombre y yo, otra mesa con tres mujeres hablando a los gritos. Yo intentaba leer algo para Renacimiento, abajo de todo ese ruido.
En un momento el hombre se levanta, se acerca a ellas y hace un gesto con la mano. Me ilusioné de pensar que él había tenido el coraje que yo no, de pedirles que bajaran un poco el cacareo. De pronto las veo que sacan plata y se la dan. "¡Qué prejuiciosas!", pensé, convencida de que el tema era otro.
Pero no, el hombre agarró lo que le daban y lo contó. "No alcanza", dijo. Una de las mujeres le dijo que le alcanzaría con eso.
Las tres se levantaron y se fueron; el hombre vacilaba, recontando el dinero.
Se acercó al mostrador McCafé y preguntó cuánto costaba algo. A la respuesta de la chica, reaccionó con un "¡¡Ehhhhhhhh!!! ¿Tanto?", y sacó del bolsillo unas monedas que se puso a contar. Yo lo miré, sintiéndome un poco identificada porque acababa de pensar lo mismo hacía diez minutos, y le señalé mi mesa: "Esta promoción sale 17 pesos, pero es en el otro mostrador". El tipo me miró con una apatía inesperada y negó con la cabeza, mientras seguía contando sus monedas y billetes.
En este momento hace su aparición una señora que estaba justo atrás mío, tomándose un café express. No la había registrado antes. Fue como si hubiera empezado a existir en ese instante, para decir eso que me dijo, el remate absurdo de toda la escena:
"Yo por eso no le doy más. Ya lo conozco a este. Siempre viene. Siempre pide y va y se compra el más caro. Claro, al señor no le gusta cualquier cosa, ¿viste? Si tenés hambre no te vas a estar fijando si el café es bueno o no es bueno."
Más allá de lo cómica y grotesca que fue toda la escena, me fui pensando que así es como una sociedad se degrada: asumiendo que el pobre sólo tiene derecho a vivir para sobrevivir.
30 abril 2014
salgo y soy como una flecha que va, va, va, trazo un recorrido con mis pasos, me llevo, no me detengo, esquivo a la gente que pasa, no estoy apurada pero no puedo parar, hago zig zag, desafío a los semáforos, no pienso, voy, camino y no pienso, como si fuera una máquina, como si me llevara otro, voy como una flecha que tiene fijado de antemano el destino y no tiene más que seguir la trayectoria fijada entre dos puntos, soy como una bala que se endereza una vez y para siempre, sigo caminando y no miro las vidrieras aunque las veo pasar, miro el cielo gris plomo, bajo, de mi ciudad, como un sombrero sobre los edificios, miro ese cielo que es nuestro, tan distinto de todos los demás, denso y bien delimitado, como una frazada que no alcanza a cubrir todo el colchón, los árboles que hacen un coro de verdes sobre la gente que corre o toma mate, camino y doblo, bajo el cordón, cruzo la avenida, esquivo el mar de gente que va o vuelve, tomo decisiones imperceptibles pero sigo, siempre sigo y no paro, no me detengo nunca más, sigo como la flecha siempre para adelante, a encontrarme con el destino que no me espera ni yo lo busco porque aunque vaya sin querer allá voy
12 abril 2014
Abril, 12
El 160 sigue pasando, indefectiblemente, por esa esquina de Medrano en la que tantas veces bajé ansiosa por llegar hasta una puerta celeste a la mitad de cuadra, en frente de la plaza. Detrás de la puerta celeste había un zaguán, de esos de azulejos, antiguo y fresco. La puerta tenía una mirilla redonda y saltona como un ojo de sapo, y una cerradura ruidosa de chapa. Había que esperar el sonido de los pasos que venían del fondo -porque era una casa chorizo-, parada en el escalón. Después, la puerta se abría y era una bienvenida reída que sonaba "miamorcito, midivina", un abrazo fuerte y un chuik cerca de la oreja que quedaba zumbando un rato. Después del zaguán se pasaba por el "boliche", y de ahí al patio, donde venía el olor de la comida (ese que me sopapeó en el guetto de Venezia), el calor del horno en invierno y el frescor de la enredadera en verano, la siesta que empezábamos juntas, y después despertarme con el ruido suave de la radio desde la cocina, el té con tostadas y el bigote de queso blanco.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.
Es cierto que dejaste la casa antes de irte. Pero yo sigo soñándote ahí, entre tus cosas, charlando conmigo, poniéndote al día de los últimos nueve años. Te sueño y te cuento que te extraño; sin comprender qué hacemos ahí, en la casa, ni dónde estuviste todo este tiempo.
04 marzo 2014
lengua plástica
Maravilla de algunos vocablos que le hacen pito catalán a aquella máxima saussureana de la arbitraria unión de significado y significante.
Caracol en inglés se dice snail.
Ambas palabras, -intuición de relámpago-, me parecen establecer una intimidad material con el bicho en cuestión.
Mientras la castellana parece hacer énfasis en la rosca
el rulo
las vueltas del asunto;
la inglesa, en cambio, se concentra en la baba
el pegote
el rastro sinuoso y húmedo que deja el bicho al pasar.
-Pronuncio en un susurro las dos al hilo, y algo en la boca se me enrosca, avanza y deja su lento zigzag viscoso en el aire-
19 noviembre 2013
Yo robot
Llueve todo el tiempo,
eso sería el concepto.
Diálogo fiacoso, con un actor.
Igual me esgunfié.
El jovie detuvo un instante preciso
en que fueron brutalmente separados
de autos , camiones, volquetes, mujeres con hijos
de un húngaro.
Inventa un destino.
No es poder.
Salen unos segundos para desmayarse
de otro hurra.
Es super probable que los estudiantes
pierdan un día virtualmente inexistente.
El seminario es en los rincones.
A todos los rincones:
Hola otra vez,
por resistir al sinsentido
del río allá nomás.
Hola otra vez, Oliverio.
Si es posible,
quiere decir que se van partiendo
sin la alegría del marco.
Y nos ha pasado.
Esta sobrina está cuando todo se prende fuego. Me da
mucha risa.
Porque necesito un comentario mordaz
respecto del culo
en mis mediodías
y arroz Crema para una publicidad de
don Julio en su hogar.
No sé bien cómo, se abría...
poquísima claridad.
El culo te llueve, por Tersites,
pero igual
te lo merecés.
Primero el escarabajo gigante
imposible no volver a pasar las moscas.
Me dieron sólo una aberración
para saludar
insignificantemente
a las cosas en su caja.
Y la mosca venía, empujaba un gobierno.
Pero,
¿había alguna de...
Eso era. Hoy era muy aburrido y lo guardás.
Es un tipo siamés.
Y al que sobreviene toda su desventura.
¡No pasarás!
Me voy a pegar
un cartelito en el primer
aplastamiento de las partes verticales.
La hora pico.
Leí cosas frágiles,
con globitos para explotar.
Acabo de leer lo imposible,
cualquier cosa
con respecto a la empanada y a mí.
No sé quién lo escribió, pero no puedo.
Este fin tuve.
27 octubre 2013
El avión en la ventana
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones
telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí...
R. G. Tuñón
"Escrito sobre una mesa de Montparnasse"
-Eso no se ve nada bien.
-Nada bien.
Por el amplio ventanal miraban de soslayo la trayectoria de uno de los tantos aviones que circulaban por el cielo de ese barrio, cercano al aeropuerto.
Eran manzanas densamente pobladas, algunas de edificios, pero mayormente de opulentas casas con jardín y pileta. Calles con árboles generosos, algún espacio verde, la avenida.
Paula iba a almorzar casi todos los domingos desde que se había separado. Una estadística casera indicaba que el noventa por ciento de las veces, llovía.
Pero esta era una de las pocas excepciones. El cielo, de tan azul, provocaba la ilusión de cercanía.
Era la sobremesa, y los párpados pesaban. Los cuerpos se desparramaban sobre los sillones y las sillas, combatiendo la siesta a fuerza de charla.
Paula tomaba ansiolíticos desde que se había separado. Por eso había rechazado el vino. Por eso y no porque estuviera -o creyera estar- embarazada, como pensaba Ángela para sí. Paula intuyó vagamente este malentendido, pero sintió que era penoso explicar semejante absurdo. Contestar lo que nadie le preguntaba. Además, si hacía seis meses que estaba separada. Si no se había acostado con nadie desde entonces. Si a duras penas se acariciaba en la ducha.
El departamento de Paula estaba semi-desnudo. No de un modo sensual: era la semi-desnudez del damnificado por un temporal, del evacuado por peligro de incendio, del refugiado de guerra. De aquel, en fin, que no ha tenido tiempo de agarrar sus pertenencias; que se ha ido con lo puesto en el momento de la catástrofe. Lo más triste eran las paredes: las siluetas blancas, delimitadas por hollín, que habían dejado los cuadros ausentes; los tarugos sin tornillo, como ojos de ciego, mirando sin ver desde sus cuencas vacías.
En la sobremesa siempre rondaba la broma del avión en la ventana. Había un instante en la trayectoria, cuando pegaba la vuelta, en que la trompa los apuntaba directamente, los interpelaba cara a cara. Se bromeaba al respecto para no confesar que se contenía la respiración por unos segundos. Se bromeaba para soltar el aire suavemente, para disimular las palpitaciones y el pánico. Se bromeaba distraídamente, pero nadie miraba de frente por miedo a toparse con ese hocico monstruoso olfateando la ventana en cámara lenta.
Pero esta vez el avión estaba en chanfle, con la punta hacia abajo. En pausa. Allá, todavía lejos. Todavía irreal. Pero hacia abajo. Claramente hacia abajo, e inmóvil. Como una flecha apuntando desde el cielo hacia el techo de una casa. Como el cursor de la computadora señalando un punto en el mapa virtual.
Paula había estado en internet. Había puesto en el buscador una dirección, su nueva dirección, y había hecho zoom en el mapa. Era un edificio de departamentos, en un barrio del centro de la ciudad. En la manzana había un colegio, se veía nítidamente el patio. Había un enorme galpón con techo de zinc, un supermercado o un depósito. Había muchos otros edificios. Algunos con pileta en la terraza. El de él, no. Era sencillo. Antiguo. Y eso era todo lo que el zoom la podía acercar a su nueva vida.
El vino los había aletargado. Comentaban con sorna la gravedad del asunto del avión en la ventana, con desinterés, con incredulidad. Mirando siempre de reojo, evitando la confrontación.
-Paula, ¿nada de vino querés?
-Nada.
-Así te relajás.
-No estoy tensa.
Ángela sabía que no era la mejor opción. Madre soltera. Pero era lo que había, lo que había podido ser. Paula no querría contarlo aún, porque seguramente no sabía quién era el padre. O sí lo sabía y no podía confesarlo: una relación incipiente, acaso casual, acaso clandestina. Ella no le preguntaría por el padre, respetaría su silencio. La ayudaría a criarlo. O criarla. Pero mejor criarlo.
-¿Sigue ahí?
Nadie quería corroborarlo. Era inquietante admitirlo, pero tal vez no fuera, como las otras veces, una ilusión óptica. El cielo era diáfano, es cierto. Sólo había que mirar por la ventana.
Paula decidió mirar. Se enderezó en el sillón y clavó los ojos en la imagen. El avión se puso súbitamente en movimiento, como si Paula, al mirarlo, lo hubiera sacado de la pausa. Como una gota, se desprendió del aire y se estrelló sobre la calle arbolada.
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