Necesité todo el día, necesité hablar por la radio, escuchar a Patricio Rey sonando en los negocios del barrio, saliendo de los autos, en el gimnasio de kinesiología. Necesité llegar a casa, estar un rato largo sentada en la computadora, abrir un archivo, dejarlo en blanco. Pero sobre todo, necesité poner Bang Bang, mi disco favorito (no el primero que escuché, no el que siempre preferí, sino el que me vino a buscar en la matriz del tiempo), bailar enloquecida, saltando en mi living, cantar a los gritos los roncanroles de Un pacman en el Savoy y Nadie es perfecto, bajar con la belleza melancólica de Esa estrella era mi lujo, poner su rocanrol bajo este pulso.
Pensé hoy, sin miedo a la hipérbole, que el Indio es nuestro Homero. Pensé en su frase "mientras tanto, el sol se apaga", pensé que nos vamos despidiendo de las cosas, que sentimos que todo lo hacemos por última vez. Que estamos duelando varias cosas.
Le mandé un mensaje a Julia, mi hija, para contarle que se había muerto el Indio. Le dije: yo los empecé a escuchar (escuchar posta) de grande, no quiero que a vos te pase lo mismo. Sin imposiciones, entendiendo que cada cual elige a sus maestros, trato de que se vaya construyendo ese legado. Pero es algo inherentemente humano pasar la palabra de los poetas, la melodía de todos los tiempos, de generación en generación.
No lo pude precisar en la entrevista, pero ahora recuerdo. La primera vez que escuché La bestia pop tenía catorce; fue en una fiesta en un garage, en la casa de una chica en Villa Real, ¿Importa cuándo, dónde y cómo? Sí. Importan las primeras veces porque, en general, las podemos identificar; las últimas son más esquivas. Recuerdo que ese sonido espesaba la fiesta, la volvía más fascinante, me tironeaba con fuerza al abismo de crecer. El sonido puede, como los olores, transportar el ser. Yo escuché La bestia pop, y después Jijiji, y su sonido latoso, de tugurio y de humareda, me asomaron a un paisaje fantástico, igual que lo hacían en ese momento las tragedias de Shakespeare y los cuentos de Cortázar y de Bradbury.
Después pasaron diez años y en mi reproductor de mp3 tuve Oktubre y La mosca y la sopa, y algunos temas sueltos, que escuché con asombro, prestando atención a las letras por primera vez, mientras en la facultad leía a Arlt y al Borges de los cuchilleros, y pensaba que ahí se cifraba un núcleo de esa identidad argentina que habíamos buscado explicar con poquísimas herramientas y con muchísima devoción en las monografías que escribimos en 5to año, en el 2001.
Importan los comienzos porque son fundaciones. Me pasé todo el día leyendo y escuchando testimonios de cómo llegaron Los Redondos a las vidas de su público: por un amigo, un hermano, tíos, padres. La sensación de ser iniciados en un culto, de que uno no volverá a ser el mismo. "La labor de los artistas es abrir puertas y dejar entrar las profecías, lo desconocido, lo extraño", dice Rebeca Solnit.
Los lazos que se fundan en esos descubrimientos son los de una comunidad que busca perpetuarse a través de lo que considera sagrado. Palabras divinas que condensan el misterio de la existencia, el brillo imposible que buscamos tanteando a ciegas, en la oscuridad. Como Homero, reproducido en múltiples copias en la Biblioteca de Alejandría. Como los memorizadores de libros, de Bradbury.
En mi caso, el duelo también incluye la sensación de haber llegado tarde. De haberme perdido la potencia del fenómeno. Duelar la adolescencia, la que fui (y la que no pude ser), duelar algo que no seremos más.
Pero también esta tristeza dice que llegué a tiempo para saber lo que perdimos. Para saber cuáles son nuestros libros sagrados, esos que vamos a pasarle a la siguiente generación.


