12 diciembre 2021

 Hace tres días, dejé en borrador esta entrada completamente en blanco. Quería escribir y no pude, y ahora no recuerdo qué era lo que me había hecho abrir esta ventana.

Pero es domingo y llueve, me duele la cabeza otra vez, y pienso que si no encuentro algo que me ancle pronto, voy a tener que barajar las opciones del delirio y de la muerte. Escribir es un anclaje que llevo demasiado tiempo postergando. Una hoja abierta como una herida. Blanca. Sin sangre.

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Alejandra era huérfana de madre desde los siete años. Ella estaba de vacaciones con sus abuelos, y cuando volvió le dijeron que su mamá había cruzado mal las vías del tren. Nunca lo creyó, por supuesto, porque era una mentira muy tonta para una niña demasiado inteligente. 


Las hijas vemos el sufrimiento de nuestras madres. A veces las palabras huelgan, pero mi mamá siempre le puso palabras a todo. Había días en que me decía "hoy estoy triste". Esos días de tristeza yo también hacía mucha catarsis. Era, en cierta forma, un alivio poder estar triste con ella (y no sola). La vi llorar muchas veces. Y sin embargo, en la cúspide de su fragilidad, mi mamá siempre fue mi refugio. Ahora siento que no, que mi refugio es mi hija. Y me preocupa. No tanto que me haya visto muchas veces llorar, que casi a diario me vea desbordada, infeliz. Me preocupa que ella sea mi único anclaje en este mundo, porque yo no puedo, no me permito, hacerle lo que su mamá le hizo a Alejandra. No voy a dejarla sola en la tristeza, multiplicando la tristeza.


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