13 febrero 2021

13-2-21

 No recuerdo cuánto hace de la última vez que me levanté corriendo a escribir un sueño.

Este apuro responde también a poder apresar todo eso que se va, o mejor dicho, que ya se fue. 



Soñé que abrazaba a tu fantasma. A ese vos que se murió. 

Salimos del salón, atravesamos parte del parque, y me di cuenta, medio borracha, de que había olvidado mis ojotas adentro. Te pedí que me esperes y entré corriendo a buscarlas. Pero, ya sabés, los espacios se desordenan en los sueños, y en mis sueños siempre son una trampa, un laberinto imposible.

Llegué al sótano bajando escaleras a toda velocidad. No quería que me esperases tanto tiempo. Para el último subsuelo se cortaba la escalera. Parecía un estacionamiento ahí abajo. Reculé, perdida. Atavesé el pasillo de la sala teatral, me crucé en contramano con los actores y actrices que bajaban en personaje, como parte de la obra. Estaba Alejandra, por supuesto, como casi siempre que sueño con teatros. Yo pasaba de largo, seguía en mi carrera para volver a vos. Ya a esta altura me preguntaba si eran tan importantes las ojotas, y la verdad que no. Pero estaba perdida ahí adentro, y ya no era la misma hora ni el mismo tiempo en que te había dejado en el parque con la promesa de volver pronto. Porque después aparecí en un living, y Julia me mostraba unos papeles de un departamento donde ibas a vivir con alguien más., un nido de amor en el barrio de Parque Avellaneda. Me daba tanto enojo que rompía esos papeles. Después era de noche y yo vivía en una casa grande, abrazando a Julia que dormía conmigo igual que ahora. Antes de dormir, Julia tenía la nariz fría y yo había inventado la cama para narices. Ahora ella estaba dormida, abrazada a mí, y yo miraba por la ventana el cielo, y el cielo luego era la ventana. Era el patio de una casa chorizo, con un comedor enorme, y pensaba en por fin festejar mi cumpleaños en mi casa grande. 


Y después venía la escena del reencuentro. Ocurría en una especie de camarín, un espacio neutro e irreal. Vos me reclamabas, llorando, haberme esperado toda la noche, o la eternidad, o demasiado tiempo. Yo te explicaba que no había querido, que te había mandado mensajes, y hasta una foto (aunque ya no recordaba haber sacado esa foto). Estabas herido, pero, sobre todo, enamorado. Nos dimos un abrazo más y entendí que era un sueño, y lloré yo también abrazada a tu fantasma, y nos dijimos te amo, y me despedí de todo eso.

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