me gustan los varones de mirada intensa;
no importa tanto el color, pero hay algo
en la densidad del iris,
ya sea espeso o translúcido,
y en la forma de las cejas,
o su condición gimnástica
para hacer las piruetas
del gesto.
amé a dos hombres con lunares en los ojos
y a uno de sonrisa perfecta.
amé a uno sueco, con
mandíbula de playmóvil.
todos me miraron así
entre pestañas largas.
a todos les escribí
poemas.
casi siempre me sentí
vulnerable,
imprecisa,
llena de una discreta
pero tenaz
incondicionalidad
(y fe)
me encontré arrinconada
por sus manos ausentes,
anhelantes
o despistadas.
fui necia, o solemne.
o frágil. o tierna.
y fui feroz.
lloré sus heridas
y leyeron mis muslos.
les tuve sed
y vergüenza.
aprendí a fabricar
escenas de encantamiento.
condición primera del amor,
esa historia que nos contamos.
todavía los sueño
y les escribo cosas.
nunca me supe decir de otro modo,
ni guardarme nada
para mí.
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