27 mayo 2026

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 Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno


Tantas cosas van pasándome por la cabeza todos los días; como un parpadeo de luces estroboscópicas, como se pasa la vida también. No recuerdo ningún otro momento de tanto cansancio. Quiero decir también que la primera vez escribí estroboscómicas, y me parece un hallazgo atendible. Me está costando un poco la liviandad. El cansancio pesa. Me pesa el cuerpo, la panza, la digestión, la cabeza, el culo. 

Esta semana mi concentración no es buena. Se descompuso mi máquina de café y no puedo dejar de buscar soluciones para arreglarla, y modelos para reemplazarla. Yo necesito café. El café me salva y me sirve. Cada día un poco más.

Ayer hubo reunión con familias en la escuela donde trabajo. Los padres/madres tienden a dividirse entre estos dos grupos: de un lado los que prefieren pensar que su hijo es inteligente pero vago, tal vez canchero en exceso, buen pibe/a pero poco dado a las responsabilidades; y del otro los que prefieren pensar que su hijo es quizás algo lento, que muy probablemente necesite más ayuda de la que tiene, un trato especial y algodonado, cualquier cosa antes que admitir falta de voluntad. Hay un tercer grupo, cierto: los que van alegremente por el mundo sin enterarse de qué clase de hijo tienen.

Yo no sé cuál grupo habito. Esta semana fue de mucho pelear con mi hija. Dice que no soy buena con ella, como su papá. Protesta mis gritos y mis malos modos (algo hay). Sola igual se dio cuenta (no como asumiendo una culpa, sino como una verdad ontológica) que ella no es la misma hija acá que allá. No estoy muy segura de si los padres hacemos a los hijos, o al revés.

Otra cosa de estos días, de estas noches: sueños intensos. La vida del otro lado también está potente, pero mucho más liviana. El otro día por ejemplo me soñé andando a caballo a lo largo de un camino con árboles a los costados. Había sorpresa en la suavidad con la que podía manejar al caballo, hacerlo girar para cambiar de dirección. No había montura ni estribos, y las riendas eran suaves. El pelo del caballo también era suave, de color marrón claro. El caballo al girar se quedaba un momento mirándome, con la cabeza vuelta, y yo le acariciaba la barbilla. El caballo era mi gato en una forma aumentada.
Dormir como si se estuviera sobre la grupa de un caballo suave y dócil.

No hay conclusión. No hay síntesis.

Es que decidí volver al blog para estas cosas de los días. Para ponerlas afuera de la gravedad; para que no pesen.

Y para no olvidarme de que puedo escribir; para darme ese permiso.

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