Nada es eterno.
Ni siquiera la rama de laurel
que trajiste el día que te pedí
para ponerle al guiso.
No un paquetito
de hojas de laurel
del supermercado,
sino una rama.
Fue una sorpresa
para mí
que trajeras algo
en abundancia
vos, que siempre compraste
lo justo y necesario
para hacerte tus comidas
y que no sobre;
que no eras de pensar
en lo que a mí me gustaba
para traer de paso
sin preguntar
vos, que cuando fue tiempo de nido
te volaste
dos veces
es decir siempre.
Y de pronto una rama
larga, llena de hojas
una fronda ilusionada
de guisos por venir.
Parecían eternos los laureles
pero ayer se terminaron.
Duraron más que nosotros.
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