27 julio 2020

El centro de estudiantes

Volví, ni sé para qué, y crucé el hall de entrada de techo abovedado que todavía conservaba la elegancia de otros tiempos a pesar de que había sido pintado de un color ocre bastante feo.
Apenas estuve frente a la enorme estantería, un recuadro de libros se eyectó hacia adelante y hacia el costado, y la cara de Alejandra apareció enmarcada en la ventanita. "Entrá", me dijo, mientras relojeaba para los costados que nadie me viera. Entonces recordé la maniobra para entrar a través de esa abertura tan reducida: primero el pie derecho, dejarse chorrear hacia adentro, acomodar la cadera, pasar un brazo, el hombro, la cabeza, deslizar el torso, introducir la otra pierna, dejar el brazo izquierdo para el final de modo que tomara el rectángulo de libros que oficiaba de puerta, y cerrar con la mayor discreción posible. "Uf", pensé, "no sé si estoy para estos trotes".
Pero enseguida Alejandra movió la estantería y se abrió una puerta de tamaño perfectamente normal. Se ve que además de pintar el techo habían resuelto ese tema. Adentro también estaba cambiado: ahora eran dos habitaciones, bastante grandes, una para las reuniones y la otra para los apuntes.
Me quedé mirando un poco, a ver si entendía. Nadie me habló. No supe para qué había vuelto.

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