Es sábado y
son las dos de la mañana. Otra vez no puedo dormir porque en el silencio lúcido
de la noche vienen pensamientos.
Ya pasó un
año del big bang. Todo lo que era se puso en pausa permanente. Ahora llueve y
la calle está vacía y bastante silenciosa, y se parece a una noche de abril del
año pasado, en la que también me desvelé y lloré de incertidumbre y de vacío, y
me abracé a mi hija como si fuera mi madre.
Julia sigue
durmiendo conmigo porque es lo único que me mantiene presente. El resto de mí
deambula en un laberinto cada vez más revuelto de pasados y futuros, movimiento
continuo que no deja dormir y tensa el cuello.
Necesito
que este dolor se transforme en escritura. Palabras que puedan ser escritas y
articuladas, organizadas y comprendidas. Palabras que adquieran un sentido que
vaya más allá de mí, que me salve.
La noche
está más oscura de lo que me gustaría. La luna nueva es la que se oculta, la que da la espalda. Como todo lo que no quiere ser visto, irradia algo más absoluto que cualquier luz. Como todo lo ausente, habita de formas más poderosas e inexorables que cualquier presencia.
Las canillas del edificio hacen ruidos
amenazantes; también los autos que pasan por la calle. Lo que está callado
debería sonar, pero sucede lo contrario. Lo que está quieto debería moverse. Lo
que avanza no se quiere detener, y es preciso que así sea, pero tampoco que
arrase. Tampoco que arrase.
Yo no puedo
tener más planes.
No tengo resto para
arrastrar más cadáveres.
No tengo suelo donde pisar firme,
no encuentro el lugar confortable.
Hay en mí un exceso de conciencia.
Sentir demasiado anestesia.
Si no encuentro el modo
de narrar lo que siento
una espiral me lleva mar adentro,
y me arrasa, y me pierdo.
Un abrazo
inesperado del que no sabemos cómo vamos a salir. En el momento exacto de
desarmar el abrazo nos damos cuenta de que no hay plan, y no hay modo de salir
de ahí sin perder algo. Qué dejaremos. Qué nos será dado. Quiénes seremos
cuando el abrazo termine.
No se puede vivir pensando en cómo narrar la vida.
Y yo no sé vivir sin pensar en eso.
Todavía no sé cómo se narra una vida. Ni para qué o para quién.
No encuentro el modo de vivir en silencio, adentro.
No hay mar; es pura espiral que se agita y ahoga. Sola. Una tempestad sin
viento.
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