11 abril 2021

Interlunio

 

Es sábado y son las dos de la mañana. Otra vez no puedo dormir porque en el silencio lúcido de la noche vienen pensamientos.

Ya pasó un año del big bang. Todo lo que era se puso en pausa permanente. Ahora llueve y la calle está vacía y bastante silenciosa, y se parece a una noche de abril del año pasado, en la que también me desvelé y lloré de incertidumbre y de vacío, y me abracé a mi hija como si fuera mi madre.

Julia sigue durmiendo conmigo porque es lo único que me mantiene presente. El resto de mí deambula en un laberinto cada vez más revuelto de pasados y futuros, movimiento continuo que no deja dormir y tensa el cuello.

Necesito que este dolor se transforme en escritura. Palabras que puedan ser escritas y articuladas, organizadas y comprendidas. Palabras que adquieran un sentido que vaya más allá de mí, que me salve.

La noche está más oscura de lo que me gustaría. La luna nueva es la que se oculta, la que da la espalda. Como todo lo que no quiere ser visto, irradia algo más absoluto que cualquier luz. Como todo lo  ausente, habita de formas más poderosas e inexorables que cualquier presencia.
Las canillas del edificio hacen ruidos amenazantes; también los autos que pasan por la calle. Lo que está callado debería sonar, pero sucede lo contrario. Lo que está quieto debería moverse. Lo que avanza no se quiere detener, y es preciso que así sea, pero tampoco que arrase. Tampoco que arrase.

Yo no puedo tener más planes.
No tengo resto para
arrastrar más cadáveres.
No tengo suelo donde pisar firme,
no encuentro el lugar confortable.
Hay en mí un exceso de conciencia.
Sentir demasiado anestesia.
Si no encuentro el modo
de narrar lo que siento
una espiral me lleva mar adentro,
y me arrasa, y me pierdo.

Un abrazo inesperado del que no sabemos cómo vamos a salir. En el momento exacto de desarmar el abrazo nos damos cuenta de que no hay plan, y no hay modo de salir de ahí sin perder algo. Qué dejaremos. Qué nos será dado. Quiénes seremos cuando el abrazo termine.

No se puede vivir pensando en cómo narrar la vida.
Y yo no sé vivir sin pensar en eso.
Todavía no sé cómo se narra una vida. Ni para qué o para quién.
No encuentro el modo de vivir en silencio, adentro.
No hay mar; es pura espiral que se agita y ahoga. Sola. Una tempestad sin viento.

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