-Señor Llamosas.- farfulló la empleada.
Llamosas se sacudió las solapas del traje con bastante lentitud, como queriendo indicar, con esta morosidad, que había esperado mucho más de lo necesario, y que ahora ella, la señorita empleada del Mercado Ictícola, debía esperarlo a él, que tenía una necesidad impostergable de sacudirse las solapas del traje.
El mercado había caído en la decadencia. Ahora las terrazas estaban superpobladas de peces que se amontonaban, por sectores, por encima de la línea de agua, produciendo un hedor insoportable. Al contrario de lo que podría pensarse, esta multiplicación aberrante de peces no redundaba en una mayor rentabilidad. Muchos grandes inversores se habían volcado hacia el Mercado Avícola que se encontraba en la ciudad vecina, por considerar a los peces superpuestos ordinarios e insalubres. Las aves, en cambio, si bien inmundas, proponían una mayor movilidad de capitales puesto que muchas de ellas migraban hacia regiones mejor reputadas y, se creía, volvían con márgenes de ganancia mucho más versátiles.
Los puestos de atención estaban abajo, en un pequeño hundimiento techado, con columnas finas de hierro de estilo art decó en cuyos ornatos de falso follaje se peleaban a muerte por despeñamiento los ratones del edificio, que vivían de la rapacidad y de los peces pequeños e indefensos. Desde la amplia sala de espera, detrás de los puestos de atención, todavía podían verse los fondos de los tanques, que, debido al atroz atiborramiento de animales, ya no eran color turquesa como en sus años mozos, sino de un verdinegro indiferenciado, en el que sobresalían ojos, aletas y bocas siempre abiertas. Los peces del mercado no estaban ni vivos ni muertos, pero seguían reproduciéndose. Y a esta hora, enloquecidos por los ruidos del tránsito urbano, cogoteaban como caños de escape obstruidos; un espectáculo penoso.
Llamosas caminó lentamente hacia el puesto de atención número doscientos cuarenta y siete, balanceando su maletín gamuzado en cuidadoso compás. Su esposa lo esperaba en la calle, porque no soportaba el olor. El matrimonio Llamosas había invertido algún dinero en acciones ictícolas, y esperaba poder cobrar esa tarde de viernes los suculentos intereses de su plazo fijo para darse un fin de semana de lujo. Por eso, y porque como todo capitalista advenedizo desconfiaban de la materialidad del dinero, se habían encontrado a la salida de sus respectivos trabajos y habían atravesado el centro de la ciudad en hora pico para llegar al mercado justamente un viernes, con lo que se demora en ir y venir los viernes.
-Con lo que se demora en ir y venir los viernes- espetó Llamosas a la empleada-, encima tener que esperar aquí algo de dos horas para que a uno lo atiendan.
-Los viernes es el peor día- contestó con irreprochable lógica la empleada.-¿Domicilio?
-Capibara cuarenta.
-Eso es acá a la vuelta.
-¿Usted sabe lo que es el tránsito de la circunvalación, señorita? Se marcha a paso de hombre.
-¿Por qué no viene a pie?
-No me demore con averiguaciones inútiles. Cuánto hay en la cuenta.
-Setecientos uno.
-¿Mil?
-¿Qué dice?
-Setecientos uno. Redondo.- ironiza el pobre Llamosas.
-Redondo.
-¿Es todo?
-Señor Llamosas, es todo. ¿Quiere ver la pantalla? Vea la pantalla. -y le señala con la uña esculpida el monitor, haciendo un tic tic tic enloquecedor.
-Debería ponerme los anteojos... pero no, no quiero ver la pantalla. ¿Se puede imprimir el ticket?
-¿Va a retirar?
-Necesito el ticket para mostrarle...
-Si no va a retirar no le puedo imprimir.
-Tengo que consultar con mi señora. Enseguida regreso,
-Sigo atendiendo, señor Llamosas.
-Es un momento nada más,
-El viernes es el peor día. ¡Alacarsis!
Llamosas hace un gesto de profundo fastidio y se va, olvidando el maletín sobre el escritorio. Camina hasta la mitad del pasillo, vuelve resoplando y mirando su reloj de muñeca.
En tanto, una señora de piernas gordas y pies diminutos se apura a a través del amplio pasillo y los piecitos apenas le responden, preocupada la señora de que Llamosas se le cuele. Se allegan al escritorio casi al mismo tiempo; Llamosas aferra a la manija del maletín que ofrece una leve resistencia porque se traba con el borde reptiliano de la cartera de Alacarsis y tira; el maletín se desprende bruscamente y le da a la señora un tumbo que la deja tarada.
"Seguridad", propone con calmo espanto la empleada. Los peces no se alborotan. Los otros inversores que merodean la sala de espera continúan afectando mal humor con los dedos en pinza sobre las narices, o agitando algún papel a una cierta distancia de sus rostros. Alacarsis parece levemente inconsciente. Llamosas, en un instante de lúcido descaro, gira hacia la empleada del puesto doscientos cuarenta y siete y le dice:
-Deme los setecientos uno míos, y lo que iba a llevar la señora.- Y amenaza vagamente la quijada de la empleada con su maletín gamuzado, mientras se oye el estruendo de un ratón que se despeña desde alguna columna cercana.
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