En la playa, el bucle de las olas era alto. Altísimo.
El mundo se ponía redondo, cóncavo. Peligroso. Un mareo. Caminar a duras penas adivinando el horizonte. Playa barco zozobra.
Sin embargo, apenas un poco más allá amainaba el volumen del mar, se volvía calmo, apacible. Se podía buscar una plaza con juegos para quedarse, un conjunto de cabañas con la plaza en el medio, un sitio sereno para vacacionar.
Pero, entonces, ¿qué había sido aquello de los bucles de ese mar embravecido? ¿A dónde se iba, ahora, todo ese vértigo de fin del mundo? ¿Qué hacía yo en esa plaza tranquila, buscando la sombra bajo el tobogán?
Sólo habíamos caminado unos pasos. Tan sólo eso. Y lo demás había desaparecido.
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