Estoy soñando con una ciudad portuaria, que es mi vida nueva.
Me cuesta alejarme del edificio de mi amiga, pero ella sale al balcón y me grita: "Dale, andá!" y me da mucho ánimo. Entonces cruzo la calle y veo la plaza principal, que la conozco de un sueño anterior. Enfrente de la plaza está la casa de gobierno, rodeada de árboles. No puedo ir ahora, pero sé que voy a volver por estos lados.
Cruzamos una calle inundada y del otro lado está la estación de servicio con su bar adentro. La paloma que venía conmigo se queda afuera, esperando. En la cantina está encendido un televisor, y hace calor. Los vidrios están empañados porque afuera llueve. La paloma encontró un pozo dónde instalarse.
En frente de la estación se ve el río y pienso: Qué hermoso. Es un paisaje que ya conozco, pero ahora es mío.
09 mayo 2020
03 mayo 2020
Un asunto en la heladera
Podemos hacer lo que quiera porque es noche de chicas, ¿no mamá?
A partir de ahora, todas son noches de chicas.
Pero ¿podemos ver el de los pasteles? ¿Puedo dormir en tu cama?
Por hoy sí. Pero mañana también. Pero no te lo digo.
Tengo que desenchufar la heladera y dejar la luz encendida para no olvidarme.
Tengo que conseguir no dormirme.
Tengo que proponerme pasarte a tu cama. Más tarde. O quizás la próxima.
Tengo que definirme. Tengo que contestarme. Tengo unos asuntos pendientes, además de la heladera.
Tengo un poco de tristeza en el lado derecho.
Es gracioso el programa; se trata de fallar. La chica se olvidó los huevos en la mezcla del bizcochuelo. Yo, pensando en eso, olvidé el bicarbonato en el budín.
Tengo que apagar la luz de la cocina. Tengo bastante sueño. Tengo una mostaza atrapada en una bola de hielo.
Pasó el tiempo. Ya debería estar listo ese asunto. Ya debería encontrar ese sabor que perdí. Ya se volcaron los deseos del último cumpleaños. Ya se derritió un poco el hielo.
No es fácil de remover. Sale de la pared pero se ha aferrado a la rejilla. Tendré que sacarla, sin perjuicio de botellas y frascos. Hay un momento en que parece que todo se va a caer. Pero no se cae. Sin embargo no se quiere despegar, está agarradísimo. Ya casi no es posible ver el envase de mostaza dentro. Voy a apoyarlo bajo el chorro de agua, eso es. Agua caliente, porque es tarde y tengo sueño. Sin tiempo para que las cosas ocurran, hay que hacerlas ocurrir.
Ya está hecho. Puedo enchufar la heladera y sentirme exitosa. Algo salió bien, por esta vez.
A partir de ahora, todas son noches de chicas.
Pero ¿podemos ver el de los pasteles? ¿Puedo dormir en tu cama?
Por hoy sí. Pero mañana también. Pero no te lo digo.
Tengo que desenchufar la heladera y dejar la luz encendida para no olvidarme.
Tengo que conseguir no dormirme.
Tengo que proponerme pasarte a tu cama. Más tarde. O quizás la próxima.
Tengo que definirme. Tengo que contestarme. Tengo unos asuntos pendientes, además de la heladera.
Tengo un poco de tristeza en el lado derecho.
Es gracioso el programa; se trata de fallar. La chica se olvidó los huevos en la mezcla del bizcochuelo. Yo, pensando en eso, olvidé el bicarbonato en el budín.
Tengo que apagar la luz de la cocina. Tengo bastante sueño. Tengo una mostaza atrapada en una bola de hielo.
Pasó el tiempo. Ya debería estar listo ese asunto. Ya debería encontrar ese sabor que perdí. Ya se volcaron los deseos del último cumpleaños. Ya se derritió un poco el hielo.
No es fácil de remover. Sale de la pared pero se ha aferrado a la rejilla. Tendré que sacarla, sin perjuicio de botellas y frascos. Hay un momento en que parece que todo se va a caer. Pero no se cae. Sin embargo no se quiere despegar, está agarradísimo. Ya casi no es posible ver el envase de mostaza dentro. Voy a apoyarlo bajo el chorro de agua, eso es. Agua caliente, porque es tarde y tengo sueño. Sin tiempo para que las cosas ocurran, hay que hacerlas ocurrir.
Ya está hecho. Puedo enchufar la heladera y sentirme exitosa. Algo salió bien, por esta vez.
Lo que sucede
-Quiero que sepan que
todos los días
me gustaría preguntarles
Cómo están.
Si no lo hago es porque
no me quiero arriesgar
a que respondan
¿Y vos?-
todos los días
me gustaría preguntarles
Cómo están.
Si no lo hago es porque
no me quiero arriesgar
a que respondan
¿Y vos?-
30 abril 2020
insomnio
Busco el abrazo de mi madre confortando mi angustia, pero en cambio yo soy la madre y mi hija me siente llorar y me acaricia la mano. Tiene los ojos enormes y me pregunta si se puede no ir a ningún lado en auto. Cuando ya no puedo meter el llanto adentro le explico que estoy cansada, y eso es sólo una parte de la verdad. Pero ella no hace preguntas. Sus manos bucean en mi cuello, quiere abrazarme la cabeza completa, la parte rota de mi sueño.
Su respiración se vuelve densa y me quedo muy quieta; es necesario que se forme una capa gruesa, una cámara de aire que nos envuelva, que haga de la oscuridad un hueco confortable. El sueño que vuelve, algo que se vacía y se vuelve a llenar cuando la noche ya se desarma.
Su respiración se vuelve densa y me quedo muy quieta; es necesario que se forme una capa gruesa, una cámara de aire que nos envuelva, que haga de la oscuridad un hueco confortable. El sueño que vuelve, algo que se vacía y se vuelve a llenar cuando la noche ya se desarma.
27 abril 2020
miscelánea de lunes
No se nos dan bien los abriles.
Tuvimos la lluvia y el encierro en el Tigre. Tuvimos ese otro seco, y en el fondo del dolor un tallo.
Ahora esta otra isla que nos naufraga, uno en cada punta.
Trabajo toda la mañana en preparar la actividad, la actividad como un hijo que por el solo hecho de ser me produce una inmensa alegría, lanzo el hijo al mundo y sólo espero que sea amado y que vuelva siempre y que vuelva otro -mejor, más sabio y más fuerte. Así un poco con las actividades, pero el mundo no quiere estos hijos, el mundo está aislado y quiere pensar en nada, quiere amarse a sí mismo tal como era, el mundo no quiere cambiar y todo lo que hacemos (los trabajos, los hijos) con la fe puesta en poner el rumbo hacia el amor y la verdad, todo eso vuelve pervertido y vaciado, seco, con las raíces muertas, imposible de trasplantar.
Estoy doblada para uno de mis lados, como si un pellizco me obligase a acercar siempre la costilla a la cresta; duermo así, me despierto así, sueño así, trabajo así, me alegro para ese lado, me desgarro en igual sentido. No sé doblarme en otra dirección, la curva está marcada, como la raya que me divide el cabello. Estas tristezas de lado derecho y yo nos conocemos muy bien.
Tuvimos la lluvia y el encierro en el Tigre. Tuvimos ese otro seco, y en el fondo del dolor un tallo.
Ahora esta otra isla que nos naufraga, uno en cada punta.
Trabajo toda la mañana en preparar la actividad, la actividad como un hijo que por el solo hecho de ser me produce una inmensa alegría, lanzo el hijo al mundo y sólo espero que sea amado y que vuelva siempre y que vuelva otro -mejor, más sabio y más fuerte. Así un poco con las actividades, pero el mundo no quiere estos hijos, el mundo está aislado y quiere pensar en nada, quiere amarse a sí mismo tal como era, el mundo no quiere cambiar y todo lo que hacemos (los trabajos, los hijos) con la fe puesta en poner el rumbo hacia el amor y la verdad, todo eso vuelve pervertido y vaciado, seco, con las raíces muertas, imposible de trasplantar.
Estoy doblada para uno de mis lados, como si un pellizco me obligase a acercar siempre la costilla a la cresta; duermo así, me despierto así, sueño así, trabajo así, me alegro para ese lado, me desgarro en igual sentido. No sé doblarme en otra dirección, la curva está marcada, como la raya que me divide el cabello. Estas tristezas de lado derecho y yo nos conocemos muy bien.
14 abril 2020
Fantasma
La casa de Laura estaba un poco diferente. Seguía siendo enorme, con muchos cuartos sin usar; pero no era una casa nueva, era un PH de principio de siglo. Sus padres se estaban separando, los míos también. Había un sillón en el pasillo.
No sé por qué me acordé de mi abuela. Me pregunté si todavía estaba viva, o si todavía estaba muerta. Dejé a Laura en el pasillo y me escondí en una habitación a intentar recordar su número de teléfono. Llamé a la operadora: cuatro ocho siete siete... cuatro ocho siete seis, dijo la operadora; la característica con doble siete ya no existe. Para el resto de número yo solo recordaba sietes. Llamaba desde un teléfono pequeño y gris como una piedra. No sabía dónde buscar la agenda. Mi abuela, pensé. Cuánto hace que no la llamo. Y sentí una culpa monumental, de quince años.
No sé por qué me acordé de mi abuela. Me pregunté si todavía estaba viva, o si todavía estaba muerta. Dejé a Laura en el pasillo y me escondí en una habitación a intentar recordar su número de teléfono. Llamé a la operadora: cuatro ocho siete siete... cuatro ocho siete seis, dijo la operadora; la característica con doble siete ya no existe. Para el resto de número yo solo recordaba sietes. Llamaba desde un teléfono pequeño y gris como una piedra. No sabía dónde buscar la agenda. Mi abuela, pensé. Cuánto hace que no la llamo. Y sentí una culpa monumental, de quince años.
2020 ~ Día #
Abrí la heladera y atrás de los frascos, en el estante de arriba, está el tumor de hielo con la mostaza adentro. Ya vamos 25 días de aislamiento, y ese tumor no hizo más que crecer, endurecerse, solidificarse. No me preocupa la mostaza en sí, que ya estaba casi vacía y vencida. Me preocupa que esto dañe el funcionamiento de la heladera. Pero ¿es momento de descongelarla? Estamos yendo más a hacer compras porque comemos más en casa. La heladera está llena de cosas, el freezer no tanto, pero tampoco está vacío. Pensar qué debo hacer con la heladera me distrae de pensar en qué debo hacer con mi vínculo, al que en paralelo también le creció un tumor del que no estamos hablando.
Ayer recordé con detalle la experiencia post-traumática del accidente: el Garraham y los cambios de yeso, la estadía en la casa de mis tíos, en la casa de mis abuelos; la forma en que mi tía me higienizaba (estoy segura de que esa palabra innecesaria fue obra de mi abuela) con una esponja y un pote de helado relleno de agua tibia. La forma en que me arrastraba con el yeso a través del largo pasillo. Las canciones de Xuxa.
Soñé con el mar descontrolado, después de mucho tiempo. Íbamos en auto, el agua estaba por todos lados. A un lado se armaba una ola gigante, el auto se desviaba para evitar la rompiente, imposible saber si estábamos atropellando gente que huía a pie. Otra mamá del jardín sostenía a Julia, la iba a llevar a su casa. Yo pensaba que quizás no era lo más prudente. Ella se ofendía un poco, me contestaba mal “Bueno, no sé, qué querés que te diga”. Julia viajaba en su regazo. El auto se detenía. Yo bajaba. Veía una lona sobre la arena, y un pequeño bulto debajo (¿la mostaza en la heladera?). No. Era un estuche con unos lentes de sol. Volvía a dejarlos bajo la lona, por si su dueño venía por ellos.
Ayer recordé con detalle la experiencia post-traumática del accidente: el Garraham y los cambios de yeso, la estadía en la casa de mis tíos, en la casa de mis abuelos; la forma en que mi tía me higienizaba (estoy segura de que esa palabra innecesaria fue obra de mi abuela) con una esponja y un pote de helado relleno de agua tibia. La forma en que me arrastraba con el yeso a través del largo pasillo. Las canciones de Xuxa.
Soñé con el mar descontrolado, después de mucho tiempo. Íbamos en auto, el agua estaba por todos lados. A un lado se armaba una ola gigante, el auto se desviaba para evitar la rompiente, imposible saber si estábamos atropellando gente que huía a pie. Otra mamá del jardín sostenía a Julia, la iba a llevar a su casa. Yo pensaba que quizás no era lo más prudente. Ella se ofendía un poco, me contestaba mal “Bueno, no sé, qué querés que te diga”. Julia viajaba en su regazo. El auto se detenía. Yo bajaba. Veía una lona sobre la arena, y un pequeño bulto debajo (¿la mostaza en la heladera?). No. Era un estuche con unos lentes de sol. Volvía a dejarlos bajo la lona, por si su dueño venía por ellos.
31 marzo 2020
Tragedia plástica
Yo guardo algunas botellitas.
Para llevar agua cuando salgo y para la mesa de luz. No guardo todas, ni cualquiera. Sólo las que son de un tamaño, de una forma, con un material que me permite una más prolongada reutilización y una más cómoda portabilidad.
Para llevar agua cuando salgo y para la mesa de luz. No guardo todas, ni cualquiera. Sólo las que son de un tamaño, de una forma, con un material que me permite una más prolongada reutilización y una más cómoda portabilidad.
Pero sucede que las guardo destapadas, para que no tomen olor.
La botella va en un lugar, y la tapita en otro.
La botella va en un lugar, y la tapita en otro.
Y de pronto pasa que quiero usar una botella, pero no encuentro la tapa. Si la doy por perdida, entonces tiro la botella porque sin tapa ya no me sirve.
Pero luego sucede que al tiempo encuentro una tapa. Y no está su botella. Porque la tiré.
Esto mismo sucede a veces en el sentido inverso: me canso de ver las tapas acumuladas en el cajón, y pienso: esta seguro ya no tiene botella. Y la tiro. Y ya se entiende cómo sigue esto.
Lo que quiero decir es que hoy, día quichiciento de aislamiento social, esto me parece una pequeña parábola trágica, una suerte de Romeo y Julieta del insumo plástico reutilizable.
25 marzo 2020
lo que está quieto
durante el día jugamos
trabajamos, cocinamos
limpiamos, ordenamos
trabajamos, cocinamos
limpiamos, ordenamos
pero
hay una hora de la noche
en que todo se vuelve absurdo
hay una hora de la noche
en que todo se vuelve absurdo
salgo al balcón
y me quedo en cuclillas
al borde del llanto
y del equilibrio
y me quedo en cuclillas
al borde del llanto
y del equilibrio
el hombre que vive
en la calle, en frente
tampoco duerme:
está sentado fumando
en la calle, en frente
tampoco duerme:
está sentado fumando
creo que me mira
la brasa de su cigarro
apunta hacia mí como un láser
la brasa de su cigarro
apunta hacia mí como un láser
hay muchas ventanas encendidas
la venezolana del balcón
sigue con su celular
sacando selfies
haciendo videollamadas
chateando con su familia
de allá
sigue con su celular
sacando selfies
haciendo videollamadas
chateando con su familia
de allá
los de las luces de colores
están despiertos
en silencio
están despiertos
en silencio
el vecino que habla fuerte
está sentado a su mesa
se le hizo tarde para cenar
está sentado a su mesa
se le hizo tarde para cenar
.
.
.
me despierto temprano.
soñé una escena graciosa
para el final de la serie de una amiga.
necesito retenerla.
tiene que ver con la cuarentena.
para el final de la serie de una amiga.
necesito retenerla.
tiene que ver con la cuarentena.
"si todo esto termina bien" le diré
"tenés que hacer este final"
"tenés que hacer este final"
-dormida tengo ideas
despierta no tanto-
despierta no tanto-
vuelvo al balcón, a las cuclillas
el asfalto está mojado
el hombre que vive en la calle, duerme
acurrucado
el hombre que vive en la calle, duerme
acurrucado
muchos pájaros sonando
el aire húmedo y nuevo de la lluvia
el aire húmedo y nuevo de la lluvia
¿cuánto podrá notarse esta quietud
fuera de las ciudades?
en el Pan de Azúcar, por ejemplo
el aire es siempre nuevo
y los pájaros siempre son muchos
fuera de las ciudades?
en el Pan de Azúcar, por ejemplo
el aire es siempre nuevo
y los pájaros siempre son muchos
vuelvo a respirar y pienso
"si esto termina bien
al menos
redujimos nuestra huella de carbono"
"si esto termina bien
al menos
redujimos nuestra huella de carbono"
08 noviembre 2018
8.11.18
Se puede empezar a vivir el verano
saliendo al balcón
a comer papas fritas;
se puede respirar la brisa
en la que se anuncia
o se presiente
algo más del tiempo
que se nos debe.
Se ponen muy gedes los bichos en verano.
Picotean la piel transpirada,
transitan bordeando platos
y posibilidades.
A veces caen al vaso,
o al aceite de lo que fue la ensalada.
A veces pierden un ala y entonces
comienzan su itinerario recursivo
de compás
sobre manteles y mesadas.
Quien los ve, los auxilia;
con un dedo
o bajo el pudor de la servilleta.
El calor me dilata los poros
y las palabras.
Me nacen estos textos estivales,
suspendidos como las copas de los árboles
sin la fantasmagoría del viento.
saliendo al balcón
a comer papas fritas;
se puede respirar la brisa
en la que se anuncia
o se presiente
algo más del tiempo
que se nos debe.
Se ponen muy gedes los bichos en verano.
Picotean la piel transpirada,
transitan bordeando platos
y posibilidades.
A veces caen al vaso,
o al aceite de lo que fue la ensalada.
A veces pierden un ala y entonces
comienzan su itinerario recursivo
de compás
sobre manteles y mesadas.
Quien los ve, los auxilia;
con un dedo
o bajo el pudor de la servilleta.
El calor me dilata los poros
y las palabras.
Me nacen estos textos estivales,
suspendidos como las copas de los árboles
sin la fantasmagoría del viento.
05 noviembre 2018
La puerta
Un hombre halló una puerta pequeña y misteriosa en el sótano de su casa. Parecía sellada, como si nunca
nadie la hubiera abierto. Sin embargo, tenía un pequeño picaporte. Sintió una terrible curiosidad.
Durante varias noches, después de la cena, bajaba al sótano y golpeaba suavemente la puerta. Esperaba
unos instantes mirándola fijamente, pero esta permanecía siempre inmóvil. Luego de unos minutos,
se iba a dormir. Esto no tardó en convertirse en un ritual nocturno, tan imprescindible como tomar una
taza de té, o cepillarse los dientes.
Pero una madrugada de insomnio se levantó decidido a resolver el misterio. Era tarde. Bajó las escaleras y
se detuvo, como siempre, frente a la puerta. El sótano estaba oscuro. El hombre tenía fuertes palpitaciones
y transpiraba horriblemente. Había pocos ruidos a esa hora. Solamente oía sus latidos enloquecidos.
A pesar del terror que lo invadía, o quizás para darse coraje, golpeó un poco más fuerte que de costumbre.
Hizo una pausa y volvió a golpear. Esperó algunos segundos y golpeó por tercera vez. Luego de un
momento del más denso silencio, el picaporte chilló y la puerta se entreabrió.
El hombre, instintivamente, se cubrió el rostro con las manos. No alcanzó a ver el destello del flash:
del otro lado, otro hombre como él, pero mucho más pequeño, le había tomado una fotografía al horrible
gigante que lo acosaba todas las noches golpeando su puerta. Ahora sí, presentaría la denuncia y por fin se
haría justicia.
27 agosto 2018
27/8/18
Ando perdida y soñando desgracias
neurosis no resueltas
de hijos y carreras
y fracasos,
abortos clandestinos
no practicados,
mesas de finales de ping pong
sin haber preparado un solo texto
sin haber parido al hijo
no deseado
y deseado al mismo tiempo
Lucero, le iba a poner.
como Paulino, el de Ascasubi.
Algo me va diciendo
este barro de angustia
este destierro del libro
del texto
y del cuerpo.
Duermo a intervalos
para orillar los sueños.
Pa que me achuren.
12 febrero 2018
Verano 1 y 2
Ruedo,
en el sueño,
por el barrio de Saavedra.
No voy en bicicleta sino
en algún otro dispositivo
que me hace rodar a mí,
como a un bicho bolita
o un armadillo de la pampa.
Estoy feliz y no siento miedo,
aunque es de noche y paso
por abajo del puente.
Voy a una fiesta donde servirán choripán.
Llego
y me acerco a la parrilla.
Todo está muy bien, pero
mi choripán se demora en salir.
Entonces
recuerdo que dejé a mi hija
con alguien más,
que me espera y yo
tardando en esa fiesta.
Salgo;
camino para un lado y no es.
Pierdo tiempo.
Mi hija me espera y estoy tan triste.
-
Se hace tarde en ese pueblito
tan pequeño como un gran supermercado.
Salgo de un bar, tengo que ir a otro
o, en tal caso,
volver al hotel.
El mensaje es confuso.
La calle “Lemuel” al 1700.
Alcanzo a ver un mapa:
debo caminar hacia allá, y hacia allá.
Es todo lo que sé antes de que
el celular
se convierta en un sobrecito
de veneno para cucarachas.
En el camino, paso por el hospital.
Una conocida entra a parir.
Es de madrugada.
Cruzo las vías.
Voy con una multitud,
como a la hora pico
en la ciudad.
Pero es de madrugada,
en este pueblito tan pequeño
como un gran supermercado.
Somos una manada,
caminamos por unos terrenos verdes
al costado de la vía.
No veo bien, pero
algunos
van entrando a las fiestas
que hay del otro lado
del alambrado.
Yo no. No puedo detenerme.
Tengo que encontrar la calle “Lemuel”,
tengo que reencontrarme con los míos.
La noche avanza. Termina.
Salgo a la luz
al costado de unas canchas de tenis.
El sendero está embarrado.
No tienen asfalto estas calles
de pueblo.
Estoy disfrutando el paseo.
Recién me doy cuenta.
Pasando las canchas,
debería estar la calle que busco.
Una mujer con uniforme
y su credencial (“Sandra”)
abrochada en la camisa.
-Hola, Sandra. ¿Cuál es Lemuel?
-Este pasillo que nace acá.
-Tengo que ir al 1700.
-Es en la otra punta.
El mundo se me viene abajo.
Estoy en el sector de jardinería.
24 junio 2017
El gesto
Acabo de construir el barco en el que voy a hundirme.
Desoí las señales del sueño, o no supe interpretarlas, no sé.
Porque lo cierto es que intentaba concentrarme en la lectura, en la entonación apropiada que debía darle a las palabras cuando salieran de mi boca.
Fue un instante, un levantar la vista al frenar en el semáforo. No había nada que quisiera ver, pero algo quería ser visto. Un gesto: el de comer medio pomelo como quien sorbe las entrañas de un animal muerto.
Lo vi y él me vio, mirándolo. Quiero decir, yo no lo miraba; en realidad, apenas si lo vi. Pero algo quería ser visto, lo buscaba.
El ver no puede evitarse. Yo sé, desde chica, que no está bien mirar a la gente, siquiera a las cosas ajenas, como indagando. Pero ver, cuando se tiene buena vista y los ojos abiertos, no es algo que se pueda arbitrar con la voluntad.
Así es que lo vi, acabo de verlo chupando la fruta, y de paso vi también sus chancletas y su pantalón andrajoso.
Ahora él me está mirando; yo lo veo por el rabillo del ojo porque a mirarlo no me atrevo ni fue en ningún momento mi intención. Alcancé a ver que tiró los restos del pomelo en el cesto de la basura, y el semáforo no abre y se ve que tiene unas monedas porque veo que ya no está de pie, mirándome, en la esquina, sino que ha subido al colectivo y me mira ya sin discreción alguna, avanzando por el pasillo. Me mira como increpando, porque lo he visto -sin proponérmelo, pero esto él no lo sabe-.
Ahora no puedo concentrarme en la lectura ni en el ensayo. Se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
Suelo atender las advertencias de los sueños. Hace poco evité toda una semana el barrio del Abasto a causa de unos arcos vidriados salpicados de sangre y brea que había soñado. Aparecían en medio de una conversación con mi madre, y ella insistía en que no mirásemos hacia arriba. Me hablaba de la póliza de papá y me decía ‘mirame a los ojos’, pero yo sentía la sombra del edificio proyectada sobre nosotras y no podía evitar levantar la vista -no la cabeza- y ver los arcos vidriados llenos de salpicaduras rojas y negras. Me arreglé bien sin pasar por esta zona una semana entera, pero esto tenía que hacerse hoy, dijo mamá.
Tengo los ojos clavados en la página tres del libreto. Lagrimeo. No sé por qué no me permito pestañear. Temo -es eso- que, involuntariamente, mis ojos se vuelvan hacia la izquierda, en la confusión de cerrarse y abrirse; hacia la punta marrón de la chancleta de goma que marca el pulso sobre la elevación que le toca en el piso porque está justo sobre el neumático.
¡Qué iba a relacionar el neumático del sueño con levantar la vista y verlo chupando el pomelo!
Yo estaba jugando en el patio de una escuela que no era mía, saltando como en una rayuela de neumáticos. No dentro, sino sobre ellos. Y eran de una consistencia mucho más blanda que lo normal, suaves como un merengue, que me impulsaba hacia arriba; me hacía dar saltos inverosímiles hacia el cielo. Ya llegando al final de la rayuela, el último neumático que pisaba no me expulsaba, como los otros, hacia arriba y hacia adelante; me retenía, pegajoso, derretido, abrazado a mis zapatos como brea caliente. Si hubiera podido, habría dejado mis zapatos en lo que ya era un charco de brea, para liberarme. Pero estaban tan ceñidos a mis pies que era imposible. De pronto el charco era un mar, los zapatos eran de gamuza, se habían mojado y pesaban, me hundían bajo las olas.
La chancleta marrón, en cambio, rebota un poco por su cuenta, a destiempo del pie amarillento que le da vida. El neumático está abajo y en movimiento. Qué me iba a imaginar, yo. Y, de todos modos, en qué otra forma viajaría hacia la audiencia, que no puede posponerse, dijo mi madre.
Me concentro con fuerza en el final de la página tres. Es donde termina mi parte. Igual, debí memorizarlo todo, incluyendo los documentos y las actas. Mi declaración no debe contradecir en nada al resto del expediente. Es importante, dijo mi madre (ya no recuerdo si en el sueño o fuera de él, pero da lo mismo), que mi actuación sea “verosímil”. El problema ahora es que él se ha sentado a un pasillo de distancia y no me quita la vista de encima.
El mar se revuelve en torno al barco, lo hace girar sobre sí mismo. El barco es redondo y no sabe detenerse, gira como un trompo; gira hasta ya no ser un barco sino un remolino de agua absorbido por el vacío de la rejilla.
Ya estoy por llegar a mi destino y no ha cambiado nada. Podría bajar conmigo, seguirme. No quiero pensar que me ha reconocido, ¿cómo podría? Sin embargo me mira como increpando, y hasta parece saber lo que contienen mis papeles y hacia qué propósito me dirijo.
Vuelvo a la página para distraerme del agobio de sus ojos y de su chancleta marrón, gastada y sucia. De sus uñas amarillas y resecas como caracoles. Debe tener olor a pomelo en las manos, y, aún, ese picor de la cáscara alrededor de la boca.
Yo no sé por qué esa es la imagen que el tiempo imprimió en mi memoria. Podría haber sido cualquier otra, pienso, y probablemente no estaría ahora en semejante situación. Si mamá me hubiera podido acompañar habría sido distinto; ella no hubiera permitido distracción alguna, mis ojos no se hubieran despegado del papel y el gesto de chupar el pomelo como sorbiendo las entrañas de un animalito muerto hubiese quedado ignorado y anónimo en esa esquina del Abasto. Entonces él no me habría visto mirarlo. No, qué digo; no me habría mirado viéndolo.
La declaración debe hacerse, dijo mamá esta mañana, y se quedó esperando que le hicieran la diálisis. Yo no quiero fallarle porque el tratamiento es largo y costoso, y sin la póliza va a ser imposible de pagar. Pero ahora las palabras se me han revuelto como un mar embravecido, como un océano furioso, como un dios afrentado. No creo poder hacerlo bien y tampoco estoy segura de que él vaya a dejarme bajar, o de que no vaya a seguirme. ¿Y si lo hiciera? ¿Si se aferrara a mis zapatos ceñidos, como brea caliente, y no me dejase avanzar hacia la oficina de la aseguradora?
Mirame a los ojos, diría mi madre en el sueño o fuera de él; concentrate. La declaración debe hacerse, debés decir todo de manera convincente. Repasar los documentos y las actas. Afirmar, con un hilo de voz, que el hecho ha sucedido, terriblemente ha sucedido. Sollozar débilmente ante lo irreparable de la pérdida y de los años compartidos que no pudieron ser. Sonreír con tristeza desvaída ante la foto ajada donde te lleva sobre sus hombros, aún vital, casi eterno, con su grueso bigote. El bigote que, con fruición, se sumergía en la pulpa colorada del pomelo, el único gesto que heredé de él y que se ha grabado en mi memoria. Podría haber heredado cualquier otro gesto, pienso, y ahora no estaría en semejante situación.
Yo no quiero fallarle a mamá pero ya no puedo seguir avanzando con estos zapatos mojados.
Ahora papá me está mirando y su sombra se proyecta sobre mí como la de un edificio abandonado, como un frente de tormenta en altamar; me mira, increpando, porque me ha reconocido y llena el aire de preguntas, reproches y olor a pomelo.
19 mayo 2017
del deseo y su nada
que ya no sé qué deseo
ni si deseo algo
se me escapa el subjuntivo
el ojalá algún día
el "cuando..."
la fantasía
esa botella de colores
volvió a ser arena
se fundió en el gris impreciso
no tiene entidad ni forma
no creo en nada
ni en mí
ni en los otros
perdí la máscara
y las ganas
no voy a ser
no tengo lo que se necesita
no creo en mí
ni en vos
ni en nada
nada
ni si deseo algo
se me escapa el subjuntivo
el ojalá algún día
el "cuando..."
la fantasía
esa botella de colores
volvió a ser arena
se fundió en el gris impreciso
no tiene entidad ni forma
no creo en nada
ni en mí
ni en los otros
perdí la máscara
y las ganas
no voy a ser
no tengo lo que se necesita
no creo en mí
ni en vos
ni en nada
nada
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