Se puede empezar a vivir el verano
saliendo al balcón
a comer papas fritas;
se puede respirar la brisa
en la que se anuncia
o se presiente
algo más del tiempo
que se nos debe.
Se ponen muy gedes los bichos en verano.
Picotean la piel transpirada,
transitan bordeando platos
y posibilidades.
A veces caen al vaso,
o al aceite de lo que fue la ensalada.
A veces pierden un ala y entonces
comienzan su itinerario recursivo
de compás
sobre manteles y mesadas.
Quien los ve, los auxilia;
con un dedo
o bajo el pudor de la servilleta.
El calor me dilata los poros
y las palabras.
Me nacen estos textos estivales,
suspendidos como las copas de los árboles
sin la fantasmagoría del viento.
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