Un hombre halló una puerta pequeña y misteriosa en el sótano de su casa. Parecía sellada, como si nunca
nadie la hubiera abierto. Sin embargo, tenía un pequeño picaporte. Sintió una terrible curiosidad.
Durante varias noches, después de la cena, bajaba al sótano y golpeaba suavemente la puerta. Esperaba
unos instantes mirándola fijamente, pero esta permanecía siempre inmóvil. Luego de unos minutos,
se iba a dormir. Esto no tardó en convertirse en un ritual nocturno, tan imprescindible como tomar una
taza de té, o cepillarse los dientes.
Pero una madrugada de insomnio se levantó decidido a resolver el misterio. Era tarde. Bajó las escaleras y
se detuvo, como siempre, frente a la puerta. El sótano estaba oscuro. El hombre tenía fuertes palpitaciones
y transpiraba horriblemente. Había pocos ruidos a esa hora. Solamente oía sus latidos enloquecidos.
A pesar del terror que lo invadía, o quizás para darse coraje, golpeó un poco más fuerte que de costumbre.
Hizo una pausa y volvió a golpear. Esperó algunos segundos y golpeó por tercera vez. Luego de un
momento del más denso silencio, el picaporte chilló y la puerta se entreabrió.
El hombre, instintivamente, se cubrió el rostro con las manos. No alcanzó a ver el destello del flash:
del otro lado, otro hombre como él, pero mucho más pequeño, le había tomado una fotografía al horrible
gigante que lo acosaba todas las noches golpeando su puerta. Ahora sí, presentaría la denuncia y por fin se
haría justicia.
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