No se nos dan bien los abriles.
Tuvimos la lluvia y el encierro en el Tigre. Tuvimos ese otro seco, y en el fondo del dolor un tallo.
Ahora esta otra isla que nos naufraga, uno en cada punta.
Trabajo toda la mañana en preparar la actividad, la actividad como un hijo que por el solo hecho de ser me produce una inmensa alegría, lanzo el hijo al mundo y sólo espero que sea amado y que vuelva siempre y que vuelva otro -mejor, más sabio y más fuerte. Así un poco con las actividades, pero el mundo no quiere estos hijos, el mundo está aislado y quiere pensar en nada, quiere amarse a sí mismo tal como era, el mundo no quiere cambiar y todo lo que hacemos (los trabajos, los hijos) con la fe puesta en poner el rumbo hacia el amor y la verdad, todo eso vuelve pervertido y vaciado, seco, con las raíces muertas, imposible de trasplantar.
Estoy doblada para uno de mis lados, como si un pellizco me obligase a acercar siempre la costilla a la cresta; duermo así, me despierto así, sueño así, trabajo así, me alegro para ese lado, me desgarro en igual sentido. No sé doblarme en otra dirección, la curva está marcada, como la raya que me divide el cabello. Estas tristezas de lado derecho y yo nos conocemos muy bien.
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