La casa de Laura estaba un poco diferente. Seguía siendo enorme, con muchos cuartos sin usar; pero no era una casa nueva, era un PH de principio de siglo. Sus padres se estaban separando, los míos también. Había un sillón en el pasillo.
No sé por qué me acordé de mi abuela. Me pregunté si todavía estaba viva, o si todavía estaba muerta. Dejé a Laura en el pasillo y me escondí en una habitación a intentar recordar su número de teléfono. Llamé a la operadora: cuatro ocho siete siete... cuatro ocho siete seis, dijo la operadora; la característica con doble siete ya no existe. Para el resto de número yo solo recordaba sietes. Llamaba desde un teléfono pequeño y gris como una piedra. No sabía dónde buscar la agenda. Mi abuela, pensé. Cuánto hace que no la llamo. Y sentí una culpa monumental, de quince años.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario