Ayer recordé con detalle la experiencia post-traumática del accidente: el Garraham y los cambios de yeso, la estadía en la casa de mis tíos, en la casa de mis abuelos; la forma en que mi tía me higienizaba (estoy segura de que esa palabra innecesaria fue obra de mi abuela) con una esponja y un pote de helado relleno de agua tibia. La forma en que me arrastraba con el yeso a través del largo pasillo. Las canciones de Xuxa.
Soñé con el mar descontrolado, después de mucho tiempo. Íbamos en auto, el agua estaba por todos lados. A un lado se armaba una ola gigante, el auto se desviaba para evitar la rompiente, imposible saber si estábamos atropellando gente que huía a pie. Otra mamá del jardín sostenía a Julia, la iba a llevar a su casa. Yo pensaba que quizás no era lo más prudente. Ella se ofendía un poco, me contestaba mal “Bueno, no sé, qué querés que te diga”. Julia viajaba en su regazo. El auto se detenía. Yo bajaba. Veía una lona sobre la arena, y un pequeño bulto debajo (¿la mostaza en la heladera?). No. Era un estuche con unos lentes de sol. Volvía a dejarlos bajo la lona, por si su dueño venía por ellos.
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