crecés, pececito.
eso lo sé porque casi no como, pero la panza se agranda.
te movés.
creo sentirlo, a veces.
sos como una cosquilla, como un empujoncito amoroso hacia adelante.
y yo que parece que me caigo, pero el empujoncito me sostiene.
¿sos feliz, pececito?
¿te gusta nadar?
te prometo llevarte siempre a nadar, cuando salgas.
te prometo palitos de queso, si es que llegan a gustarte tanto como a mí.
te prometo un puré de calabaza que me sale rico.
te prometo besos y abrazos, y cuentos y canciones.
te prometo un mundo, pececito.
uno que te guste, que puedas elegir, dentro del que toca.
25 abril 2015
22 abril 2015
sueño del ciego
La imagen es difusa.
Era una fiesta de casamiento, en un salón lleno de globos y manteles. La luz escaseaba, como suele ser en esos salones, en esos eventos.
El ciego estaba sentado en mi misma mesa y yo le mostraba unas fotos que había sacado.
Con su dedo pulgar en forma de martillo, recorría la superficie de las fotos, y me pedía que les sacara el acetato para sentir mejor. Me impresionaba su dedo deforme, pero había algo erótico en el modo en que ese hombre veía, con las manos, mis fotos. Lo erótico estaba, justamente, en ese otro modo de ver.
Era una fiesta de casamiento, en un salón lleno de globos y manteles. La luz escaseaba, como suele ser en esos salones, en esos eventos.
El ciego estaba sentado en mi misma mesa y yo le mostraba unas fotos que había sacado.
Con su dedo pulgar en forma de martillo, recorría la superficie de las fotos, y me pedía que les sacara el acetato para sentir mejor. Me impresionaba su dedo deforme, pero había algo erótico en el modo en que ese hombre veía, con las manos, mis fotos. Lo erótico estaba, justamente, en ese otro modo de ver.
The thin ice
Momma loves her baby
And Daddy loves you too
And the sea may look warm to you Babe
And the sky may look blue
Ooooh Babe
Ooooh Baby Blue
Ooooh Babe
If you should go skating
On the thin ice of modern life
Dragging behind you the silent reproach
Of a million tear stained eyes
Don't be surprised, when a crack in the ice
Appears under your feet
You slip out of your depth and out of your mind
With your fear flowing out behind you
As you claw the thin ice
15 abril 2015
Adopción
Los miércoles no trabajo entonces voy al super.
Voy al super, y, de ida, reparo en una prolija pila de tres cajas, todas atadas con impecable piolín pizzero, en la esquina de Bulnes y Lavalle, junto a un auto estacionado.
Voy al super, y, de ida, reparo en una prolija pila de tres cajas, todas atadas con impecable piolín pizzero, en la esquina de Bulnes y Lavalle, junto a un auto estacionado.
Vuelvo del super, y reparo nuevamente en las cajas, que siguen ahí, prolijamente estibadas como si alguien las estuviera por trasladar en uno de esos carritos con dos ruedas y manijas. Pero no, porque ahí estaban hace 40 minutos y ahí siguen ahora, sin nadie que las custodie ni de cerca ni de lejos.
Me acerco y miro por la hendija tras el piolín (alguien, parece, ya se vio tentado, como yo, por ver qué había adentro, y rasgó el cartón de la tapa).
LIBROS. Son libros.
Un pibe pone la llave en la puerta de ph que está justo en frente de las cajas; me mira con curiosidad, yo le devuelvo la mirada y le pregunto si son suyos.
No son suyos, y entre los dos empezamos a abrir la primera caja, como si de un regalo navideño se tratara. Revisamos, revolvemos, comentamos. Pasan dos laburantes y nos hacen una broma, "¡Eh! ¡mis libros!", todos reímos. Pasa un señor y dice "Para deleite de los cartoneros". El chico y yo nos reímos, pero no. No va a ser. "Si querés llevártelos, te ayudo", me dice. Todos, no. No tengo espacio, tengo que escribir cuatro monografías y un proyecto de adscripción, tengo tanto para leer, tengo que hacer lugar.
Pero algunos.
Y vamos eligiendo. Él no quiere llevarse más que uno, como recuerdo del momento. Le recomiendo Othelo. La gran mayoría son de la Colección Austral, de Espasa Calpe. Clásicos y clásicos.
Aparece otro, un señor. Trabaja a la vuelta, dice.
"¿Son libros abandonados?". Abandonados, dice. Me conmueve porque, de pronto, comprendo lo que estamos haciendo: los estamos rescatando.
Sí, señor, libros prolijamente abandonados, casi como pidiendo seguir siendo lo que son. Llevémoslos antes de que llueva, o de que se conviertan en papel picado.
Y cada uno se arma su petit biblioteca. Y nos decimos los nombres. Y nos vamos.
Me acerco y miro por la hendija tras el piolín (alguien, parece, ya se vio tentado, como yo, por ver qué había adentro, y rasgó el cartón de la tapa).
LIBROS. Son libros.
Un pibe pone la llave en la puerta de ph que está justo en frente de las cajas; me mira con curiosidad, yo le devuelvo la mirada y le pregunto si son suyos.
No son suyos, y entre los dos empezamos a abrir la primera caja, como si de un regalo navideño se tratara. Revisamos, revolvemos, comentamos. Pasan dos laburantes y nos hacen una broma, "¡Eh! ¡mis libros!", todos reímos. Pasa un señor y dice "Para deleite de los cartoneros". El chico y yo nos reímos, pero no. No va a ser. "Si querés llevártelos, te ayudo", me dice. Todos, no. No tengo espacio, tengo que escribir cuatro monografías y un proyecto de adscripción, tengo tanto para leer, tengo que hacer lugar.
Pero algunos.
Y vamos eligiendo. Él no quiere llevarse más que uno, como recuerdo del momento. Le recomiendo Othelo. La gran mayoría son de la Colección Austral, de Espasa Calpe. Clásicos y clásicos.
Aparece otro, un señor. Trabaja a la vuelta, dice.
"¿Son libros abandonados?". Abandonados, dice. Me conmueve porque, de pronto, comprendo lo que estamos haciendo: los estamos rescatando.
Sí, señor, libros prolijamente abandonados, casi como pidiendo seguir siendo lo que son. Llevémoslos antes de que llueva, o de que se conviertan en papel picado.
Y cada uno se arma su petit biblioteca. Y nos decimos los nombres. Y nos vamos.
29 enero 2015
La luna vino grande
Llena de grillos
Uno verde y fisgón
Otro gris patudo
Otros negros nadadores
Nocturnos zanjadores
Fueron los verdes del cerro
Los rayos los truenos
La lluvia y el miedo
La mañana de pájaros
A puro cantar
Aire que entra y se queda
Luna tiernita
A puro brillar
Aire verde montaña
Piedritas de enero
Tibieza de sol
Vino bajito bajando
Fueron los truenos
Los grillos los miedos
Cantando vino
Pajarito de enero
Se quedó a nadar
La luna vino grande
Se llenó de brillos
La luna de grillos
Nocturna loba
Aullando sola su sombra
A puro lunar
Llena de grillos
Uno verde y fisgón
Otro gris patudo
Otros negros nadadores
Nocturnos zanjadores
Fueron los verdes del cerro
Los rayos los truenos
La lluvia y el miedo
La mañana de pájaros
A puro cantar
Aire que entra y se queda
Luna tiernita
A puro brillar
Aire verde montaña
Piedritas de enero
Tibieza de sol
Vino bajito bajando
Fueron los truenos
Los grillos los miedos
Cantando vino
Pajarito de enero
Se quedó a nadar
La luna vino grande
Se llenó de brillos
La luna de grillos
Nocturna loba
Aullando sola su sombra
A puro lunar
26 diciembre 2014
sobre patos que se ahogan y peces globo que vuelan hacia el ventilador
Ahora hay un silencio espeso, de burbuja bajo el agua, de calma antes del vendaval. Las imágenes vienen y se ordenan en esta ventana que enmarca mis exorcismos.
El mar está en una habitación. Mi pato gris se mece alegremente sobre una ola.
Algún asunto me saca del agua. Una ensalada con perejil azul indica que algo puede estar mal.
Parece que una horrible tempestad revolvió todo el mar de la pieza, que mi pato se ahogó. En una esquina, un horrible cadáver de pato con el cuello en forma de S. Pero es color verdoso, no puede ser mi pato gris. A excepción de que los patos ahogados se pongan verdes, y yo grito y no quiero ver.
Como el otro día, ese pez globo flotando en un pequeño cuenco. Devolvelo al cuenco, le decía yo a J. El globo-pez flotaba a cinco centímetros del cuenco, y sin la gravedad del agua el riesgo era enorme. Devolvelo al cuenco, le dije, y el pez, como si mis palabras hubieran sido un conjuro, flotó hacia arriba, hacia el ventilador encendido, y explotó, y yo grité y cerré los ojos.
El mar está en una habitación. Mi pato gris se mece alegremente sobre una ola.
Algún asunto me saca del agua. Una ensalada con perejil azul indica que algo puede estar mal.
Parece que una horrible tempestad revolvió todo el mar de la pieza, que mi pato se ahogó. En una esquina, un horrible cadáver de pato con el cuello en forma de S. Pero es color verdoso, no puede ser mi pato gris. A excepción de que los patos ahogados se pongan verdes, y yo grito y no quiero ver.
Como el otro día, ese pez globo flotando en un pequeño cuenco. Devolvelo al cuenco, le decía yo a J. El globo-pez flotaba a cinco centímetros del cuenco, y sin la gravedad del agua el riesgo era enorme. Devolvelo al cuenco, le dije, y el pez, como si mis palabras hubieran sido un conjuro, flotó hacia arriba, hacia el ventilador encendido, y explotó, y yo grité y cerré los ojos.
23 diciembre 2014
llanto de gato
El verano empezó con aire fresco. La ventana estaba abierta y a través de las líneas de noche que se entreveraban con la persiana ese aire se había adueñado de la habitación. No fue por eso que se levantó a cerrar. Fue por el gato. Un gato maullaba cerca; la despertó cuando estaba, como se dice, entrando en la narcosis del sueño. Se levantó y cerró la ventana, esta vez sin asomarse a mirar de dónde venía el sonido; cerró con la tristeza de otras noches pero, esta vez, sin voluntad heroica.
Se estaba por duchar. Sin saber por qué, salió a la terraza, desnuda, quizás con una breve toalla que alcanzaba a cubrir solamente la mitad de sus vergüenzas. Se acercó a la medianera, siguiendo un sordo presentimiento. El gato, blanco y sucio, y también flaco y enfermo, la miraba con terror desde arriba. Tenía un collar en el que algo relucía, pobrísimo, con el sol nublado de la madrugada. Podían verla desde los balcones, pero el gato lloraba en la medianera y soltó la toalla. Lo llamó, intentando que no percibiera la urgencia en su voz. El gato hizo un ademán, como acercándose. Ella, en un relampaguear de la conciencia, entendió que su casa no tenía terraza, ni medianera. El gato se evaporó al contacto de su mano, y la toalla que había soltado se le enroscó en los pies con suavidad aterciopelada, en el confín de la cama. La oreja pegada a la almohada seguía escuchando la letanía del llanto de gato, más allá de la ventana cerrada.
Se estaba por duchar. Sin saber por qué, salió a la terraza, desnuda, quizás con una breve toalla que alcanzaba a cubrir solamente la mitad de sus vergüenzas. Se acercó a la medianera, siguiendo un sordo presentimiento. El gato, blanco y sucio, y también flaco y enfermo, la miraba con terror desde arriba. Tenía un collar en el que algo relucía, pobrísimo, con el sol nublado de la madrugada. Podían verla desde los balcones, pero el gato lloraba en la medianera y soltó la toalla. Lo llamó, intentando que no percibiera la urgencia en su voz. El gato hizo un ademán, como acercándose. Ella, en un relampaguear de la conciencia, entendió que su casa no tenía terraza, ni medianera. El gato se evaporó al contacto de su mano, y la toalla que había soltado se le enroscó en los pies con suavidad aterciopelada, en el confín de la cama. La oreja pegada a la almohada seguía escuchando la letanía del llanto de gato, más allá de la ventana cerrada.
16 diciembre 2014
los ALARIDOS que esos pobres camiones de la basura nos prodigan cada medianoche, ese JADEO DE PERRO ENFERMO, y el horrendo ESTRÉPITO con el que se detienen a veces de golpe y uno no sabe si llamar a una ambulancia hasta que uno de los muchachos pega el grito y AY otra vez el jadeo, el traquetrac, el FUUUUUUUUUUUUU que se aleja y sabemos que está entero, que sigue su camino terrible por la noche, despertando abuelas y muriéndose un poco
24 noviembre 2014
Fixing a hole
Ahora que pasaron casi diez años empiezo a pensar que no hace falta seguir sosteniendo el recuerdo cariñoso sólo porque es parte de mí, de mi historia, etc. No hace falta idealizar el pasado, hacer de cuenta que fuiste un gran amor.
No fuiste algo bueno en mi vida. Fuiste nocivo. Me aislaste de todo, me convenciste de que mi mundo eras vos. Me llenaste de inseguridad. Fuiste un perro guardián, un psicopateador; distante en la intimidad pero muy territorialmente cariñoso en público. Me hiciste creer muchas cosas sobre mí, sobre vos, sobre la vida. Casi, casi me hacés creer que vos me dejaste de amar, y no al revés. Cuánto miedo te tuve, sin saberlo. Miedo de que me dejaras, de que te enojaras conmigo, de que no quisieras volver a hablarme, de que te alejaras dando un portazo; miedo de que nunca nadie me volviera a elegir, miedo de que fueras demasiado para mí, miedo de no estar haciendo las cosas bien, miedo de lo que pensaba, miedo de lo que sentía, miedo de que no me entendieras -y no me entendías-. Finalmente tuve miedo de no poder olvidarte, de que me dolieras toda la vida.
Nunca me enojé con vos. Nunca te culpé por nada. Me pasé algunos cuantos años echándome la culpa por haberte dejado, primero, por haberte lastimado, después; por haber terminado mal, yo y mi torpeza. Me pasé otros cuantos años perdonándome, reconciliándome conmigo, con la vida, con el pasado y con el dolor. Pero nunca, nunca, hasta ahora, me había enojado con vos. Y bueno, no; no es un enojo real. Porque vos ya no existís, no realmente. Pero mientras te ponías tu pasamontañas, dándome intencionalmente la espalda, mientras, en la soledad de esa vereda, lo único que no podías hacer era hacerte cargo de mi presencia; mientras te subías a la bicicleta y arrancabas, yo, que estaba por hablar, me callé. Porque entonces, recién entonces, entendí que esa manera tuya de lastimar no es de ahora (de ahora que ya no existimos el uno para el otro). Vos siempre fuiste eso.
No fuiste algo bueno en mi vida. Fuiste nocivo. Me aislaste de todo, me convenciste de que mi mundo eras vos. Me llenaste de inseguridad. Fuiste un perro guardián, un psicopateador; distante en la intimidad pero muy territorialmente cariñoso en público. Me hiciste creer muchas cosas sobre mí, sobre vos, sobre la vida. Casi, casi me hacés creer que vos me dejaste de amar, y no al revés. Cuánto miedo te tuve, sin saberlo. Miedo de que me dejaras, de que te enojaras conmigo, de que no quisieras volver a hablarme, de que te alejaras dando un portazo; miedo de que nunca nadie me volviera a elegir, miedo de que fueras demasiado para mí, miedo de no estar haciendo las cosas bien, miedo de lo que pensaba, miedo de lo que sentía, miedo de que no me entendieras -y no me entendías-. Finalmente tuve miedo de no poder olvidarte, de que me dolieras toda la vida.
Nunca me enojé con vos. Nunca te culpé por nada. Me pasé algunos cuantos años echándome la culpa por haberte dejado, primero, por haberte lastimado, después; por haber terminado mal, yo y mi torpeza. Me pasé otros cuantos años perdonándome, reconciliándome conmigo, con la vida, con el pasado y con el dolor. Pero nunca, nunca, hasta ahora, me había enojado con vos. Y bueno, no; no es un enojo real. Porque vos ya no existís, no realmente. Pero mientras te ponías tu pasamontañas, dándome intencionalmente la espalda, mientras, en la soledad de esa vereda, lo único que no podías hacer era hacerte cargo de mi presencia; mientras te subías a la bicicleta y arrancabas, yo, que estaba por hablar, me callé. Porque entonces, recién entonces, entendí que esa manera tuya de lastimar no es de ahora (de ahora que ya no existimos el uno para el otro). Vos siempre fuiste eso.
20 noviembre 2014
R
Ya falta poco.
Es una pelota redonda, por ahora, que viene adosada a mi hermanamiga. Es una pelota grandota ya, que da pequeños saltitos cuando le apoyamos las manos encima.
Cada tanto la pienso, todavía medio en abstracto. Pero de pronto me doy cuenta de se va a parecer, tal vez un poco, a mi hermanamiga. Que la voy a ver crecer, la voy a tener a upa, le voy a poder contar cuentos. Que mi hermanamiga va a ser su mamá, le va a dar la teta mientras charlamos de nuestras cosas. Que va a ser mayor que los que vengan después y les va a enseñar cosas. Que va a ser su amiga, su hermanamiga.
Es una pelota redonda, por ahora, que viene adosada a mi hermanamiga. Es una pelota grandota ya, que da pequeños saltitos cuando le apoyamos las manos encima.
Cada tanto la pienso, todavía medio en abstracto. Pero de pronto me doy cuenta de se va a parecer, tal vez un poco, a mi hermanamiga. Que la voy a ver crecer, la voy a tener a upa, le voy a poder contar cuentos. Que mi hermanamiga va a ser su mamá, le va a dar la teta mientras charlamos de nuestras cosas. Que va a ser mayor que los que vengan después y les va a enseñar cosas. Que va a ser su amiga, su hermanamiga.
11 octubre 2014
10-10
Salí
y tragué una bocanada de aire que fue como si el mundo entero, la vida que
conozco hasta ahora, se me hubiera metido en los pulmones. Lo que vino después
se parece bastante a la tristeza y a la euforia de estar viva. Pensé por
primera vez, de forma clara, que escribir era una salvación posible. Tengo que
empezar un taller. O una novela. Me acordé de Aníbal. Yo iba a terapia a hacer
literatura.
(¿Se
puede escribir en primera persona, siendo mujer? Es el primer desafío. Volver
verosímil esta escritura).
Aníbal
atendía en un monoambiente sobre la Avenida Crámer. Desde el diván yo miraba un
edificio con ventanales dobles, cornisas, aires acondicionados. Pienso en esas
ventanas de vidrios marrones y se me aparece mi madre. Las cornisas y los
miedos. Las macetas los sueños. Había otro edificio con una suerte de balcón
terraza de pared de ladrillos, cubierto hasta la mitad con una mampara. Juan.
El futuro. Lo incierto. El colegio más
abajo los celos. Una antena contra el cielo la carrera. El puro cielo, las
formas de las nubes la muerte. Papá. Un avión la infancia la maternidad. Las
hojas de los árboles el deseo.
Siempre
tenía un vaso de cocacola en la mesita detrás del diván y el aire encendido. En
el invierno dejé. Nunca voy a saber cómo es ese paisaje con el aire gélido de
julio. Para ser una buena licenciada primero hay licenciarse, me dijo una vez.
Todavía me sirve esa especie de comodín: para ser una buena escritora hay que
escribir. Escribir, aunque resulte inverosímil. Aunque nada tenga todavía un rumbo
ni un sentido. Escribir porque el sentido se revela ficticio, y la escritura es
ficción y salvataje. Ficción salvaje. Escribir para entrar en comunión con la
ficción. Confesión y confección.
06 octubre 2014
Estado de sitio
Venía pensando en esa vecina que siempre lo ataja con aire de moscardón para hacerlo partícipe de una serie de indignaciones. Esa loca de pelo rojo que le grita al gato como si fuera un chico al que odia. En eso, zá, una baldosa desacomodada interrumpe la trayectoria del pie derecho y todo el edificio de su cuerpo se abalanza, en plancha, sobre la vereda. Ni tiempo para poner las manos. Permaneció unos instantes ahí, con el cachete adherido al piso, viendo pasar suelas de zapatos y desparramarse las latas que llevaba en la bolsa: la de arvejas fue a parar a la calle y un auto la hizo tortilla contra el asfalto, las de porotos rodaron hacia el cordón pero abrevaron en un desnivel; una se deslizó por el cantero y quedó pegadita a un excremento de perro; la otra fue inmediatamente abordada por un desfile de hormigas que pasaba. A la de remolacha le perdió el rastro.
Se fue levantando de a poco mientras iba decidiendo olvidar las latas caídas. Enderezó de nuevo hacia el supermercado y al entrar descubrió con asombro que era un lugar. Un lugar: un habitáculo más bien rectangular, con un techo bastante feo y pintura descascarada; con aparadores contra las paredes laterales y dos paralelos a estas, pero ubicados en el medio, que dividían el espacio en tres pasillos. Y en los estantes había cosas, comestibles mayormente. Adelante, cerca de la entrada, una especie de escritorio detrás del cual un hombre sentado manipulaba comestibles que la gente le iba pasando. Frente al escritorio había unos armarios con puertas transparentes que almacenaban más comestibles. Todo esto le pareció rarísimo, y decidió salir inmediatamente de allí.
Caminó una cuadra pensando en ir al supermercado de la avenida, pero recordó que para reponer las latas perdidas necesitaría más dinero, por lo que dobló en la esquina y entró al banco. Casi pega un grito cuando, al trasponer la puerta, comprobó que ese también era un lugar: un cubo amplio, blanco y limpio, casi vacío, el piso brillante, máquinas contra las paredes y al fondo tres pequeños escritorios con ventanas y gente sentada detrás. Otra gente formando fila en el medio del cubo, rodeada por cintas que salían de postes apoyados en el piso. Con una lógica que no llegaba a comprender, las personas se iban acercando una a una a los escritorios y se quedaban allí unos momentos -haciendo sabe dios qué, porque estaban de espalda-, luego se iban y otro de la fila ocupaba su lugar. Los del otro lado, por su parte, nunca abandonaban su sitio detrás de los escritorios, aunque en algunos momentos se alejaban hacia el fondo, de espaldas a la gente de la fila. Todo parecía responder a un orden preciso, aunque incomprensible. Le resultó definitivamente inquietante, por lo que salió del banco, preocupado, y optó por ir a la comisaría para dar aviso y alarma. Apenas terminó de subir los dos peldaños de la entrada notó, horrorizado, que la comisaría había desaparecido y que en su lugar había un desangelado espacio en forma de ele, con las paredes pintadas de un gris topo asfixiante, un banco de madera repleto de gente con cara de preocupación, y un mostrador alargado detrás del cual se agazapaba hasta la cintura una muchacha de labios color chicle mascando idem. Huyó despavorido y bajó por la escalera del subte, sólo para corroborar lo que ya se temía: allí abajo no había más que un sótano alargado, húmedo y maloliente, de techo abovedado cubierto de azulejos, y con un ancho surco en el medio por el que ¡horror! ahora mismo se acercaba un enorme gusano metálico que digería en simultáneo a varios seres humanos de rostro inexpresivo, evidentemente ya inconscientes a causa de la deglución a la que estaban siendo sometidos. Una vez detenida la bestia, vio cómo su superficie lateral se abría en varios puntos dando lugar a enormes huecos por los que algunos afortunados podían escapar, pero otros, que habían estado de pie junto al surco, eran simultáneamente succionados; inmediatamente, la piel del bicho cicatrizaba dejándolos adentro, y el monstruoso esqueleto se echaba a andar nuevamente, produciendo un rugido francamente terrorífico.
Por fortuna, logró salir sin ser devorado, y resolvió, dado que la ciudad parecía haberse convertido en la quintaesencia del horror, volver a la seguridad de su hogar y esperar comunicados oficiales que indicaran cómo debían proceder los ciudadanos de bien ante el avance espantoso de este estado de sitio que amenazaba con convertir en lugares todas las convenciones necesarias para vivir decentemente.
Pero al llegar al hall del edificio, ¡malaya!, demasiado tarde: pasillo oscuro, con piso de porcelanato y un empapelado florido que amenazaba con derrumbarse sobre su pobre humanidad. Supuso que el ascensor estaría a salvo, pero tampoco: un cubículo de un metro por un metro, tapizado de espejos e iluminado por horrendas luces dicroicas, y, para peor, elevándose a velocidad crucero hasta el piso ocho. Quiso creer que su hogar, último refugio de la dignidad, lo salvaría de enloquecer del todo. Puso la llave en la cerradura y se encomendó a todos los santos. La mirada recorrió con desoladora lentitud lo que para ese momento ya no era su hogar sino un volumen rectangular de tres por cinco, salpicado con algunas sillas de madera, una mesa redonda de caoba y un gran sillón de tres cuerpos sobre el cual dormitaba enroscado un animalito naranja de gruesos bigotes.
Pero al llegar al hall del edificio, ¡malaya!, demasiado tarde: pasillo oscuro, con piso de porcelanato y un empapelado florido que amenazaba con derrumbarse sobre su pobre humanidad. Supuso que el ascensor estaría a salvo, pero tampoco: un cubículo de un metro por un metro, tapizado de espejos e iluminado por horrendas luces dicroicas, y, para peor, elevándose a velocidad crucero hasta el piso ocho. Quiso creer que su hogar, último refugio de la dignidad, lo salvaría de enloquecer del todo. Puso la llave en la cerradura y se encomendó a todos los santos. La mirada recorrió con desoladora lentitud lo que para ese momento ya no era su hogar sino un volumen rectangular de tres por cinco, salpicado con algunas sillas de madera, una mesa redonda de caoba y un gran sillón de tres cuerpos sobre el cual dormitaba enroscado un animalito naranja de gruesos bigotes.
03 septiembre 2014
06 agosto 2014
La autopista mineral
El sueño era así: iba en un coche con amigos, en una autopista cargadísima, a mucha velocidad. Tenía miedo de chocar. Mejor dicho: sabía que, en algún momento, íbamos a chocar. Era la autopista mineral, me decían o yo decía. Esa era la explicación.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
Me desperté pero no del todo. Pensé en el sueño. Quiero decir: pensé dentro del sueño, de otro:
La autopista era mineral porque era de piedras. Los autos eran piedras que habían sido arrojadas desde algún lado, por eso la velocidad y la aceleración. Por eso la certeza del choque: íbamos a terminar de caer, en algún momento.
"La identidad es mineral", pensé, "Somos una piedra que se lanza en algún momento, seguimos una trayectoria u otra, pero todas las piedras caen."
Es que ayer apareció Guido. Ese bebé que estuvo cinco horas en brazos de su mamá, lo suficiente para que ella le susurrara al oído su nombre, lo suficiente para que creciera con él una duda. Para que, 37 años después, hiciera una visita.
Empieza una reparación. Una tristeza honda que seguramente se ahonde más, pero ahora con la certeza de qué es lo que se llora, lo que se duela, lo que se echa de menos: la vida arrebatada. La de la madre, la del padre, la del propio hijo, andando por esa autopista mineral sin saber de dónde venía ni hacia donde iba; qué mano lo había arrojado al mundo, qué manos lo habían cambiado de rumbo y le habían negado el derecho a ser.
Pero todas las piedras caen.
04 agosto 2014
cuatro de agosto
pa
papá
papi
aprovecho este cuatro de agosto
para nombrarte
pa
papi
como un golpeteo de tambor
papá
me gusta
que suene
pa
papi
en mí queda raro
decirlo
queda lejos
queda triste
pa
papi
papá
me gusta nombrarte
como si tal cosa
papi
no tengo cielo
suficiente
y eso que es radiante
este cuatro de agosto
papá
para recordarte
papi
tu sonrisa
de bigotes
tus ojos
de filmadora
gracias
pa
por todo
pero
papi
por favor
quedate
no te vayas
de mis palabras
papá
pa
papi
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