Los miércoles no trabajo entonces voy al super.
Voy al super, y, de ida, reparo en una prolija pila de tres cajas, todas atadas con impecable piolín pizzero, en la esquina de Bulnes y Lavalle, junto a un auto estacionado.
Voy al super, y, de ida, reparo en una prolija pila de tres cajas, todas atadas con impecable piolín pizzero, en la esquina de Bulnes y Lavalle, junto a un auto estacionado.
Vuelvo del super, y reparo nuevamente en las cajas, que siguen ahí, prolijamente estibadas como si alguien las estuviera por trasladar en uno de esos carritos con dos ruedas y manijas. Pero no, porque ahí estaban hace 40 minutos y ahí siguen ahora, sin nadie que las custodie ni de cerca ni de lejos.
Me acerco y miro por la hendija tras el piolín (alguien, parece, ya se vio tentado, como yo, por ver qué había adentro, y rasgó el cartón de la tapa).
LIBROS. Son libros.
Un pibe pone la llave en la puerta de ph que está justo en frente de las cajas; me mira con curiosidad, yo le devuelvo la mirada y le pregunto si son suyos.
No son suyos, y entre los dos empezamos a abrir la primera caja, como si de un regalo navideño se tratara. Revisamos, revolvemos, comentamos. Pasan dos laburantes y nos hacen una broma, "¡Eh! ¡mis libros!", todos reímos. Pasa un señor y dice "Para deleite de los cartoneros". El chico y yo nos reímos, pero no. No va a ser. "Si querés llevártelos, te ayudo", me dice. Todos, no. No tengo espacio, tengo que escribir cuatro monografías y un proyecto de adscripción, tengo tanto para leer, tengo que hacer lugar.
Pero algunos.
Y vamos eligiendo. Él no quiere llevarse más que uno, como recuerdo del momento. Le recomiendo Othelo. La gran mayoría son de la Colección Austral, de Espasa Calpe. Clásicos y clásicos.
Aparece otro, un señor. Trabaja a la vuelta, dice.
"¿Son libros abandonados?". Abandonados, dice. Me conmueve porque, de pronto, comprendo lo que estamos haciendo: los estamos rescatando.
Sí, señor, libros prolijamente abandonados, casi como pidiendo seguir siendo lo que son. Llevémoslos antes de que llueva, o de que se conviertan en papel picado.
Y cada uno se arma su petit biblioteca. Y nos decimos los nombres. Y nos vamos.
Me acerco y miro por la hendija tras el piolín (alguien, parece, ya se vio tentado, como yo, por ver qué había adentro, y rasgó el cartón de la tapa).
LIBROS. Son libros.
Un pibe pone la llave en la puerta de ph que está justo en frente de las cajas; me mira con curiosidad, yo le devuelvo la mirada y le pregunto si son suyos.
No son suyos, y entre los dos empezamos a abrir la primera caja, como si de un regalo navideño se tratara. Revisamos, revolvemos, comentamos. Pasan dos laburantes y nos hacen una broma, "¡Eh! ¡mis libros!", todos reímos. Pasa un señor y dice "Para deleite de los cartoneros". El chico y yo nos reímos, pero no. No va a ser. "Si querés llevártelos, te ayudo", me dice. Todos, no. No tengo espacio, tengo que escribir cuatro monografías y un proyecto de adscripción, tengo tanto para leer, tengo que hacer lugar.
Pero algunos.
Y vamos eligiendo. Él no quiere llevarse más que uno, como recuerdo del momento. Le recomiendo Othelo. La gran mayoría son de la Colección Austral, de Espasa Calpe. Clásicos y clásicos.
Aparece otro, un señor. Trabaja a la vuelta, dice.
"¿Son libros abandonados?". Abandonados, dice. Me conmueve porque, de pronto, comprendo lo que estamos haciendo: los estamos rescatando.
Sí, señor, libros prolijamente abandonados, casi como pidiendo seguir siendo lo que son. Llevémoslos antes de que llueva, o de que se conviertan en papel picado.
Y cada uno se arma su petit biblioteca. Y nos decimos los nombres. Y nos vamos.

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