23 diciembre 2014

llanto de gato

El verano empezó con aire fresco. La ventana estaba abierta y a través de las líneas de noche que se entreveraban con la persiana ese aire se había adueñado de la habitación. No fue por eso que se levantó a cerrar. Fue por el gato. Un gato maullaba cerca; la despertó cuando estaba, como se dice, entrando en la narcosis del sueño. Se levantó y cerró la ventana, esta vez sin asomarse a mirar de dónde venía el sonido; cerró con la tristeza de otras noches pero, esta vez, sin voluntad heroica.
Se estaba por duchar. Sin saber por qué, salió a la terraza, desnuda, quizás con una breve toalla que alcanzaba a cubrir solamente la mitad de sus vergüenzas. Se acercó a la medianera, siguiendo un sordo presentimiento. El gato, blanco y sucio, y también flaco y enfermo, la miraba con terror desde arriba. Tenía un collar en el que algo relucía, pobrísimo, con el sol nublado de la madrugada. Podían verla desde los balcones, pero el gato lloraba en la medianera y soltó la toalla. Lo llamó, intentando que no percibiera la urgencia en su voz. El gato hizo un ademán, como acercándose. Ella, en un relampaguear de la conciencia, entendió que su casa no tenía terraza, ni medianera. El gato se evaporó al contacto de su mano, y la toalla que había soltado se le enroscó en los pies con suavidad aterciopelada, en el confín de la cama. La oreja pegada a la almohada seguía escuchando la letanía del llanto de gato, más allá de la ventana cerrada.

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