La imagen es difusa.
Era una fiesta de casamiento, en un salón lleno de globos y manteles. La luz escaseaba, como suele ser en esos salones, en esos eventos.
El ciego estaba sentado en mi misma mesa y yo le mostraba unas fotos que había sacado.
Con su dedo pulgar en forma de martillo, recorría la superficie de las fotos, y me pedía que les sacara el acetato para sentir mejor. Me impresionaba su dedo deforme, pero había algo erótico en el modo en que ese hombre veía, con las manos, mis fotos. Lo erótico estaba, justamente, en ese otro modo de ver.
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