26 marzo 2021

Las cosas van a olvidarnos

En el ya bastante extenso tiempo
que me fue asignado
no te permito ser otra cosa
que una voluntad muy necia,
un accidente del deseo o de la planificación.

El amor es una historia que nos contamos.

Me llevó años;
unos, dulces como peras;
otros, duros como duras peras.

Y al fin estoy a solas con mi cielo.
Son estrellas muy lejanas
quizás ya muertas.

Pero dan luz y esperanza.
Señalan un punto impreciso en
la línea infinita del horizonte.

Las cosas van a olvidarnos
mucho antes de que hayamos desaparecido.



16 marzo 2021

Linda infinita

 Podría quedarme a vivir en este tiempo de Julia chiquita y compañera, escuchar en loop la carcajada por las gracias de animalitos varios en YouTube, insistir en que debe dormir en su cama pero llevarla a upa conmigo -darle siempre dos besitos en el cachete al levantarla- y mirarla dormida y larga en los ratos de insomnio.
Quisiera prolongar este tiempo de saber que estoy para ella sin dejar de estar conmigo, en mí. Esta celebración del reencuentro, cuando vuelve, y me dice que no me extrañó y me aprieta en un abrazo entero, definitivo. 

Todo lo que hay disperso de mí se reúne de nuevo en esos abrazos.

Mamá viejita va a recordar a esta Julia chiquita, aprendiza y sabia; orgullosa y reflexiva. Sus ojos con estrellitas y sus cachetes todavía rosados, los bucles radiantes, las palabras justas, el espíritu curioso y noble.


13 febrero 2021

13-2-21

 No recuerdo cuánto hace de la última vez que me levanté corriendo a escribir un sueño.

Este apuro responde también a poder apresar todo eso que se va, o mejor dicho, que ya se fue. 



Soñé que abrazaba a tu fantasma. A ese vos que se murió. 

Salimos del salón, atravesamos parte del parque, y me di cuenta, medio borracha, de que había olvidado mis ojotas adentro. Te pedí que me esperes y entré corriendo a buscarlas. Pero, ya sabés, los espacios se desordenan en los sueños, y en mis sueños siempre son una trampa, un laberinto imposible.

Llegué al sótano bajando escaleras a toda velocidad. No quería que me esperases tanto tiempo. Para el último subsuelo se cortaba la escalera. Parecía un estacionamiento ahí abajo. Reculé, perdida. Atavesé el pasillo de la sala teatral, me crucé en contramano con los actores y actrices que bajaban en personaje, como parte de la obra. Estaba Alejandra, por supuesto, como casi siempre que sueño con teatros. Yo pasaba de largo, seguía en mi carrera para volver a vos. Ya a esta altura me preguntaba si eran tan importantes las ojotas, y la verdad que no. Pero estaba perdida ahí adentro, y ya no era la misma hora ni el mismo tiempo en que te había dejado en el parque con la promesa de volver pronto. Porque después aparecí en un living, y Julia me mostraba unos papeles de un departamento donde ibas a vivir con alguien más., un nido de amor en el barrio de Parque Avellaneda. Me daba tanto enojo que rompía esos papeles. Después era de noche y yo vivía en una casa grande, abrazando a Julia que dormía conmigo igual que ahora. Antes de dormir, Julia tenía la nariz fría y yo había inventado la cama para narices. Ahora ella estaba dormida, abrazada a mí, y yo miraba por la ventana el cielo, y el cielo luego era la ventana. Era el patio de una casa chorizo, con un comedor enorme, y pensaba en por fin festejar mi cumpleaños en mi casa grande. 


Y después venía la escena del reencuentro. Ocurría en una especie de camarín, un espacio neutro e irreal. Vos me reclamabas, llorando, haberme esperado toda la noche, o la eternidad, o demasiado tiempo. Yo te explicaba que no había querido, que te había mandado mensajes, y hasta una foto (aunque ya no recordaba haber sacado esa foto). Estabas herido, pero, sobre todo, enamorado. Nos dimos un abrazo más y entendí que era un sueño, y lloré yo también abrazada a tu fantasma, y nos dijimos te amo, y me despedí de todo eso.

28 septiembre 2020

Tal vez una canción

Soñé que tenía trabajos raros. Uno era una especie de lavadero de autos, y estimo que yo era nueva. Estaba parada en una esquina del lugar, con mi uniforme, y veía llegar con mucho entusiasmo mi primer auto. El detalle es que las herramientas que tenía para hacer mi tarea eran de juguete: uno de esos sets de escobita, palita y trapeador de plástico que venden en jugueterías y bazares. Igual estaba feliz, y confiada.

Una noche de la semana pasada le mostré a alguien que quiero mucho un poema que escribí, al que titulé "Tal vez una canción" porque tenía el deseo de que lo fuera, pero bastantes dudas de que pudiera llegar a serlo. Así que, con un empujoncito, empecé a ponerle algunos de mis acordes favoritos, fui reajustando el texto, probando, grabando pedacitos, hasta que quedó, tal vez, una canción. 

Y un poco me sentí como en el sueño de anoche: encarando una tarea nueva con unas herramientas algo precarias, pero con la ilusión intacta. Podría pensar otras metáforas, pero esta que sugirió mi inconsciente me parece de una inmensa ternura.

Esta semana voy a empezar un taller de canciones. Por eso quiero parir esta, que nació de un deseo muy hondo: el deseo de desear, siempre. La saco afuera para que adentro nazcan otras nuevas, nuevas, nuevas.

--

Yo sé que voy a salir de vos,

voy a salir de vos,

voy a salir de vos.

(bis)


Sé que voy a salir de vos

aturdida y exhausta

como de una explosión.

Voy a salir de vos

como del subte,

agazapada en vapor.


Estoy siguiendo la música 

como un espejismo hacia otro lugar.

Quiero recuperarme del sueño

y elegir un puerto para dinamitar.


Quiero de vuelta la ciudad entera,

su espejo roto en forma de corazón.

Quiero buscar de nuevo toda mi magia

todos los cielos

Tal vez una canción, ooh.

Tal vez una canción


Sé que voy a salir de vos

voy a salir de vos.

Yo sé que voy a salir de vos

voy a salir...


Quiero la música que traje de lejos.

Quiero gritar el nombre griego de un dios.

Y quiero que no se me bore el deseo.

Un puerto nuevo.

Tal vez una canción, ooh.

Tal vez una canción.

23 septiembre 2020

tal vez una canción



Yo sé que voy 

a salir de vos

como del subte

al mediodía:

agazapada en vapor,

rogando que afuera

haga menos frío

o menos calor.


Yo sé que estuve

siguiendo la música,

como un espejismo

hacia otro lugar.

Quiero recuperarme del sueño

o elegir un puerto

para dinamitar.


Sé que voy

a salir de vos

aturdida y exhausta

como de una nube,

o de una explosión.

Y voy a buscar de nuevo

tal vez una canción.


Quiero de vuelta

la ciudad entera

con su estuche 

de espejo roto

en forma de corazón.


Quiero la música esa

que traje de lejos.

Quiero gritar

el nombre

griego de un dios.

Caras extrañas.

Un puerto nuevo.

Tal vez una canción.




08 septiembre 2020

~septiembre 2015~

 Cuando Ella entra, él está sentadito en el sillón, con cara de marido resignado. Ella supone equivocadamente que Aquella es la esposa, pero resulta que no. Aquella termina, paga y se va sola. Él fue a hacerse algo; como Ella.

Se miran por arriba del hombro. Ella se saca el camperón porque estaba fuerte. La calefacción.
Una señora lo hace pasar. Se sienta de espaldas a ella, y es una linda espalda. Y la mira un poquito por el espejo. Ella hojea una revista Hola! que es un irresistible canto a la idiotez, pero cada tanto también lo espía a través del espejo.
La señora trabaja a un lado y otro de su cabeza. Es rápida.
Cada vez que Ella vuelve a mirarlo por el espejo le descubre las entradas, la calvicie avanzada en la cima del cráneo, la nuca cuadrada, la camisa aburrida, la cifosis dorsal.
Cuando sale ya es otro. No la mira, pero no importa porque Ella tampoco a Él.
La llaman; la misma señora.
No le lleva más de cinco minutos perpetrar su horrible crimen.
Ella, los ojos llorosos, mientras saca el billete de 100 para pagar, se reprocha el haber venido.
Y se pregunta para qué lado habrá salido Él, a ver si lo alcanza y quién te dice.
Damnificados por la misma tijera.

06 septiembre 2020

Septiembre: la noche también es de los pájaros


El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas (...) Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias. Pero también son diabólicamente fascinantes porque llevan las llaves que abren el reino entero de la aventura deseada y temida del descubrimiento del yo. (...) una maravillosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más atrevida, más espaciosa y plena... ésa es la tentación, la promesa y el terror de esos perturbadores visitantes nocturnos del reino mitológico que llevamos adentro.

(J. Campbell, El héroe de las mil caras)


Una parte de mí sale a volar de noche
como un ave nocturna
Intempestiva

Los sueños revelan verdades, y yo estoy soñando con tal prolijidad y nitidez. Todo se ordena en imágenes claras. 

Cielos que se abren hacia adentro. El paisaje de la avenida que siempre termina en el río. Una casita de techos bajos. Cuerpos desnudos, calor de pieles, cobijo y también mal-estar. Un hombre atiende una parrilla y alquila departamentos; tal vez sea la costa. Comeremos siempre aquí, dice uno. Yo imploto de nóes. Es tan claro. Veo pasar las olas turquesas con sus rulos marmóreos de espuma. Siento el peligro y también la dicha de estar expuesta. Busco refugio en ese acantilado, que se enmarca como una acuarela. No es cierto el destino. Tomemos mate. Busquemos la luna. Debo presionar la tecla "L" para que baile el muñeco de Julia en el retablo-pantalla. Debo calentar la comida en el microondas y bajar con cuidado la escalera blanca, griega, en Santorini. Pero es el campo, la pampa. Escupo el bocado de croqueta. Veo partir los caniches como pelusas blancas flotando en el Lácar, llevadas del viento. Conciencia de que se sueña dentro del sueño. Acaricio palabras:

    Recolectores.manuales.de.vid.    Propileno.complejo.    Mandarinas.tapia.bermellón

    Signos de una pena inmensa. 

~pienso títulos~

Hacer algo con este dolor. 

Poesía que se revela en sueños porque está hecha de su misma materia.




28 agosto 2020

 Estar atrapada en una llamada telefónica. Escuchar el tono de "no hay nadie" para siempre.

24 agosto 2020

plaza dorrego

El recorte de tiempo que encontramos esta noche tiene forma de plaza.

El aire parece nuevo sobrevolando los faroles. Las almas también se estrenan en los bancos grises.

Disposición y entrega para observar la huella del invierno en el movimiento quieto del barrio entero. Una pausa plena. Bolsillo de cielo y árbol centenario. El pliegue es exacto para ver la luna.

Todos hablan en el silencio sin despertarlo. Se protege el instante, precioso. Se puede entender cierta ternura en los gestos. Una coreografía sincera: cuerpos acariciando el espacio que se creyó perdido.









01 agosto 2020

sábado

Es sábado y se arma 
la plaza
en el playón de enfrente

Es sábado y hay gente
afuera
en el sol de agosto.

Los chicos se encienden
en patines;
la tarde 
les pertenece.




27 julio 2020

El centro de estudiantes

Volví, ni sé para qué, y crucé el hall de entrada de techo abovedado que todavía conservaba la elegancia de otros tiempos a pesar de que había sido pintado de un color ocre bastante feo.
Apenas estuve frente a la enorme estantería, un recuadro de libros se eyectó hacia adelante y hacia el costado, y la cara de Alejandra apareció enmarcada en la ventanita. "Entrá", me dijo, mientras relojeaba para los costados que nadie me viera. Entonces recordé la maniobra para entrar a través de esa abertura tan reducida: primero el pie derecho, dejarse chorrear hacia adentro, acomodar la cadera, pasar un brazo, el hombro, la cabeza, deslizar el torso, introducir la otra pierna, dejar el brazo izquierdo para el final de modo que tomara el rectángulo de libros que oficiaba de puerta, y cerrar con la mayor discreción posible. "Uf", pensé, "no sé si estoy para estos trotes".
Pero enseguida Alejandra movió la estantería y se abrió una puerta de tamaño perfectamente normal. Se ve que además de pintar el techo habían resuelto ese tema. Adentro también estaba cambiado: ahora eran dos habitaciones, bastante grandes, una para las reuniones y la otra para los apuntes.
Me quedé mirando un poco, a ver si entendía. Nadie me habló. No supe para qué había vuelto.
No da el sol en casa. En invierno.

Bueno.
Se lo puede esperar
entre las 9.33 y las 9:47.

Se posa, primero, en mi mesa de luz.
La baña de costado,
en diagonal,
y de a poco se va adueñando
de la pila de libros.
Se recorta en la pared
como un retrato,
y después desaparece.
Pero yo sé,
en realidad,
que se repliega
hasta otra ventana,
y lo sigo.

Bueno.
Lo seguimos, el gato y yo.
Le ofrecemos nuestros rostros
y recibimos unos minutos
de calor amarillo.

Cuando se va
-y se va enseguida-
tengo mucho más frío
que al principio.

No sé si quiero seguir
teniéndolo de esta forma.

Bueno.
En definitiva.
No da el sol en casa. En invierno.

Se lo puede esperar.

Y se va enseguida.


El árbol de bananas

La señora se había sentado adelante de todo, a la derecha del chofer. Le había pedido que le avise en determinado punto, y el chofer se olvidó.
Llegando a Av. de Mayo la señora, tímidamente, susurró: "¿nos pasamos?". El chofer la miró por encima del hombro y se llevó la mano a la frente. "Nos pasamos", y enseguida agregó, intentando mirar también a un señor que estaba sentado justo detrás suyo, con un ramo de flores y peinado a la gomina: "pero pegamos la vuelta, no hay ningún problema". Y ahí nomás empezó la titánica tarea de girar ese volante desproporcionado, enorme, para doblar por alguna de las callecitas del centro.
Resulta que la señora y el señor, que no eran de la capital, querían pasar por el famoso árbol de bananas donde se habían conocido; un ejemplar centenario, de esos cuyas raíces, tronco y ramas forman recovecos para acunar parejas de jovencitos en las tardes y noches tibias de verano, y cuya base solía estar regada de bananas perfectamente comestibles, sólo que un poco más pequeñas que las que se consiguen en las verdulerías. Estaba por el lado de la avenida Córdoba, en la plaza frente al Colón. Y hacia allí puso norte el chofer, con determinación y un poco de culpa por el olvido. De camino, compró un capucchino para la señora y una medialuna para el señor. Por algún motivo, al resto de los pasajeros nos parecía perfectamente sensato lo que estaba pasando.

Tal vez el amor era
una forma de fijarse en el tiempo.

10 julio 2020

La lámpara

Los dos funcionarios públicos, subidos a una altísima escalera, se disponían a quitar la lámpara quemada. Era una bombilla de vidrio, igual a las comunes de hace unos años, pero con un vidrio que parecía de caramelo por lo delgado y amarillo, y del tamaño de una de esas pelotas para esferodinamia.
La operación era observada por un grupo de curiosos que formaban ronda abajo, alrededor de las cintas de seguridad.
El funcionario uno desenroscaba con cuidado la bombilla, mientras que el funcionario dos le sostenía las piernas para resguardar su equilibrio. La bombilla era realmente muy grande, por lo que el funcionario uno empleaba la fuerza de sus dos brazos y la torsión de su cintura para poder girarla.
Yo no estaba entre los curiosos de abajo, sino que simplemente pasaba por ahí y aminoré la marcha para observar el desenlace de la escena. Esperaba que, llegado el momento, el funcionario dos colocara sus brazos y manos formando un círculo que contuviera la lámpara removida, para luego bajarla de algún modo hasta el suelo. Pero esto nunca ocurrió, sino que el procedimiento finalizó cuando los funcionarios dejaron caer la bombilla a tierra, y esta se hizo pedazos justo al lado de la escalera y en medio de la ronda de curiosos, que por reflejo dieron un paso atrás mientras aplaudían azorados el espectáculo.