La señora se había sentado adelante de todo, a la derecha del chofer. Le había pedido que le avise en determinado punto, y el chofer se olvidó.
Llegando a Av. de Mayo la señora, tímidamente, susurró: "¿nos pasamos?". El chofer la miró por encima del hombro y se llevó la mano a la frente. "Nos pasamos", y enseguida agregó, intentando mirar también a un señor que estaba sentado justo detrás suyo, con un ramo de flores y peinado a la gomina: "pero pegamos la vuelta, no hay ningún problema". Y ahí nomás empezó la titánica tarea de girar ese volante desproporcionado, enorme, para doblar por alguna de las callecitas del centro.
Resulta que la señora y el señor, que no eran de la capital, querían pasar por el famoso árbol de bananas donde se habían conocido; un ejemplar centenario, de esos cuyas raíces, tronco y ramas forman recovecos para acunar parejas de jovencitos en las tardes y noches tibias de verano, y cuya base solía estar regada de bananas perfectamente comestibles, sólo que un poco más pequeñas que las que se consiguen en las verdulerías. Estaba por el lado de la avenida Córdoba, en la plaza frente al Colón. Y hacia allí puso norte el chofer, con determinación y un poco de culpa por el olvido. De camino, compró un capucchino para la señora y una medialuna para el señor. Por algún motivo, al resto de los pasajeros nos parecía perfectamente sensato lo que estaba pasando.
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