Los dos funcionarios públicos, subidos a una altísima escalera, se disponían a quitar la lámpara quemada. Era una bombilla de vidrio, igual a las comunes de hace unos años, pero con un vidrio que parecía de caramelo por lo delgado y amarillo, y del tamaño de una de esas pelotas para esferodinamia.
La operación era observada por un grupo de curiosos que formaban ronda abajo, alrededor de las cintas de seguridad.
El funcionario uno desenroscaba con cuidado la bombilla, mientras que el funcionario dos le sostenía las piernas para resguardar su equilibrio. La bombilla era realmente muy grande, por lo que el funcionario uno empleaba la fuerza de sus dos brazos y la torsión de su cintura para poder girarla.
Yo no estaba entre los curiosos de abajo, sino que simplemente pasaba por ahí y aminoré la marcha para observar el desenlace de la escena. Esperaba que, llegado el momento, el funcionario dos colocara sus brazos y manos formando un círculo que contuviera la lámpara removida, para luego bajarla de algún modo hasta el suelo. Pero esto nunca ocurrió, sino que el procedimiento finalizó cuando los funcionarios dejaron caer la bombilla a tierra, y esta se hizo pedazos justo al lado de la escalera y en medio de la ronda de curiosos, que por reflejo dieron un paso atrás mientras aplaudían azorados el espectáculo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario