07 septiembre 2012

Los boletos son buenos señaladores para las lecturas de colectivo. 
Además de señalar la página en la que se abandonó la lectura, pueden señalar, años después, qué se estaba leyendo en un determinado momento.
Recién saqué de la biblioteca un ejemplar feíto de Así habló Zaratustra, porque lo voy a vender, y tenía tres marcas de boletos. Uno del 2, otro del 3 y otro del 5 de agosto de 2005. El día cuatro parece haber sido salteada la lectura, tal vez porque no viajé a ningún lado. El primer boleto es de la línea 29, tomado a las 13:10. El segundo, línea 60, tomado a las 11:52 de la mañana. El último es del 15, a las 14:22. 

 Ahí quedaron los boletos, señalando qué leí, cuándo y dónde. Nunca terminé el libro. No puedo recordar a dónde iba.

29 agosto 2012

"¡Cortá de una vez ese teléfono!"

Sospecho que nunca más volveremos a usar esa frase, tan habitual de mi adolescencia.
En mi época (sospecho que decir 'en mi época' me coloca en posición de vejez inminente), en mi época, reitero, la sociabilidad púber estaba profundamente ligada al aparato telefónico. Luego de una jornada escolar, o de cualquier otro tipo de encuentro social, en la insoportable soledad de la casa (soledad en el sentido de sin pares), el teléfono era el vehículo de reencuentro con los amigos, el novio, la novia, que también padecían la incomprensión familiar, allá en su casa.
Mi teléfono, cosa curiosísima, tenía la forma de un ratón. Horas hablando por el ratón azul. Casi puedo sentir el hormigueo que quedaba en la oreja después de las extensísimas conversaciones. De qué hablábamos tantas horas, me pregunto e intento recordar. No quiero decir que eran conversaciones más profundas que las del chat, pero sí voy a decir que hablar por teléfono era una actividad con costo. Chatear, nos parece, es gratis. Pero hablar por teléfono tenía una consecuencia económica directa ("¡Vinieron quinientos pesos de teléfono el mes pasado!" reprochaban los señores padres) Hablar por teléfono implicaba ocupar la línea. Ocuparla de un modo definitivo: si alguien está hablando por teléfono, nadie más puede hacerlo ("¡Fulano me dijo que estuvo una hora intentando comunicarse!" se quejaban) Chatear, en cambio, no ocupa nada. Es más, podemos chatear mientras hacemos un montón de otras cosas, no solamente en la computadora. En el chat el silencio no existe, lo cual es lógico porque en rigor tampoco existe el sonido. Pero quiero decir: el silencio no es vacío. La réplica anterior queda ahí, en el mismo sitio donde apareció, mientras vamos a atender el portero eléctrico o nos hacemos un café. Claro que alguno que otro se pone ansioso cuando demoramos en responder. Pero ahí están las palabras ya dichas, llenando el vacío. El silencio es otra cosa. El silencio telefónico es dinero desperdiciado.
El celular permite otro tipo de control. Antes, la cuenta de teléfono kilométrica podía atribuirse a la conjunción de habitantes de una casa, independientemente de la fuerte sospecha que recaía en el elemento púber. Uno podía contraatacar: "Vos hablás un montón también, y Mengano llama a larga distancia". Salvo casos extremos de persecución mediante el temido "detalle", la pelota era más fácil de repartir. El celular, en cambio, no admite confusiones. Cada uno gasta lo que gasta. O, más adecuado: consume lo que consume.  Hay un crédito, como en los jueguitos. Si se te termina el crédito, game over. El sistema tiende a la auto-regulación.
Al "¡cortá de una vez el teléfono!" sobrevino el "¡alguien que atienda el teléfono, por favor!". Porque el "alguien puede estar tratando de comunicarse por algo importante", ha sido abatido por "si es importante, me van a llamar al celular".
En fin.
Un día, quizás, les comentaré estas cosas a mis hijos, y ellos me mirarán con una cara parecida a la que puse yo cuando mi mamá me dijo que, en su época, la tele era en blanco y negro.

19 julio 2012

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desde arriba
podía verse
el armazón terrible
del tornado

como un trompo
de alambre
que en su violento
remolino
arrastra todo:
lo pequeño
-las hojas
que quedaron del otoño,
las hormigas,
los pinceles
sin lavar
de algún artista,
los tréboles,
las zapatillas,
el adorno floral
de una mesa
de cocina,
un pequeño retrato
en blanco y negro,
envoltorios
de caramelo,
una vincha
de la época
de Xuxa-

y también lo
inconmensurable
-algunas almas,
el amor precioso,
el silencio-

el tornado se cerraba
como un cofre

y al rodar,
el vacío inefable
de su centro
se quedaba sin aire
sin cielo y sin tierra

hueco
voraz

desaparecía.


03 julio 2012

una crónica felina



Llego a casa y afuera es invierno. Bruno me recibe con maullidos de reclamo. Lo primero que hago es ponerle comida, pero él se queda mirándome de lejos, sentadito. Inmutable.

Me siento en la compu, como olvidando por un instante su presencia. Entonces viene corriendo a mi regazo y se pone a ronronear a todo volumen. Y me mira con sus ojos de gato, inexpresivos.
 
-Hola- le digo.- Llegué.
 
Él entrecierra los ojos. Me adormece.

15 junio 2012

El abrazo

Se apoyó, de espaldas, en el filo de la mesada de la cocina y sintió que todo se desplazaba hacia atrás: ella, la mesada, la cocina, la casa; y, como por el efecto que produce una puerta giratoria, después estaba del otro lado, del lado del sueño. Una noche de invierno, lejana e irreal, comprando chocolates en un kiosco, con la sensación de tener puesto un gorro de lana, y un acompañante mudo. Ella veía pasar al hombre en bicicleta, como si fuera una casualidad -eso que había esperado y nunca ocurría por aquellos años. Pero era una aparición deliberada, porque se bajaba de la bicicleta, o, mejor dicho, la abandonaba como si saltara de un tren en movimiento, y se acercaba, él también, con un gorro de lana. Vagamente se podría decir que traía un papel en la mano, pero esto no es seguro porque, en cierta forma, era un papel intermitente. Lo importante no era el papel sino la noticia -como si en realidad el papel no fuera más que una garantía de la existencia de la noticia, por así decir. Y, a decir verdad, tampoco era importante la noticia, ni la bicicleta, ni el/los gorro/s de lana; lo importante fue el abrazo. El abrazo claro, prolongado y sincero, algo así como una constante en medio de la intermitencia de todo lo demás. Como una constancia, el abrazo selló algo, rodeó el tiempo y la emoción, redefinió el vínculo.
En la transparencia siempre poco confiable de la vigilia, el suceso del sueño reapareció algunas veces, la imagen se repitió en loop durante todo el día. Pero con el correr de las horas se volvía más y más intermitente, más difuso, más ajeno.
Apoyada de espaldas en el filo de la mesada de la cocina se le ocurrió que el tiempo tenía cabeza y cola, como la serpiente, y que en su fatigoso intento de unir ambos extremos se desplazaba siempre hacia adelante, espasmódicamente, trazando la huella infinita de un bucle.

24 mayo 2012

copipeist

dar sentido
eso es lo que busco

un poco de todo
para empezar

y llegar al fondo
de(l) asunto

ahora esto
con aquello

volver:
se vuelve

y buscar en las cajas
lo que otra vez sirve

nada se pierde, nada.
cortoypego

pego
corto
pego
corto corto
pego

atravieso el collage

como si fuesen charcos
que quiero pisar





07 mayo 2012

zoom

De a poco nos vamos acercando.
La otra vez, soñé que aprendía a alimentarl@.
Esta vez, mucho más abstracto, soñé con el amor que me inspiraba. Un amor distinto a todo.
Siempre me pregunté si es posible soñar con lo que no se conoce, o no se vivió. Soñé muchas veces con paisajes en los que nunca estuve, por ejemplo. Pero desconfiaba, "en algún lado los debo haber visto", decía.
Y ahora esto, que no se parece a nada. Que no es paisaje, no es imagen. Emoción pura.
Muy loco.

16 marzo 2012

representaciones

Otro más y van.
Ya no sé si es una preparación, un aviso, una purga.
Siempre en el teatro. Siempre los tres.
Anoche, ella actuaba. Tocaba el piano y yo le miraba los dedos para ver si fingía. Me miraba a la cara, insolente. Me descubría intentando desmentirla. Sabía tocar. Eso, en algún modo, me hería.
Cruzábamos miradas con mi amiga en el público. Ni siquiera importaba de qué iba la obra. Era, probablemente, una muestra de la universidad.
A la salida, un lunch.
Alguien de hace tiempo me daba un abrazo, un muchacho extranjero que ciertamente no tenía nada que hacer allí. Representaba. Número Dos, al otro lado, esperaba su turno para saludarlo. Yo me apartaba para no incomodar. "Los dejo tranquilos", decía en voz alta, y me iba con mi cocacola hacia otro rincón.
Número Tres estaba por ahí. No sé si la ví haciendo algo. El escenario era todo de Número Uno. Y Número Dos, siempre, detrás de escena; el abrazo con el extranjero, mis sospechas.

01 marzo 2012

banderines

No pasaron ni cuatro semanas desde el inicio del carnaval, y los banderines ya están descoloridos, abrumados por el aire entumecido de la ciudad. Ya parecen tan viejos como si tuvieran años, ya se ven deshilachados y tristes.
El primer día de marzo ocurre algo fantástico: el verano se termina. No en la realidad física o meteorológica, sino en la realidad perceptible. Y no importa si cae miércoles, viernes, o sábado. El primer día de marzo siempre es lunes. Se percibe la aceleración inmediata del tiempo. El fin del verano, y con él, el fin del olor a nuevo del año. Marzo trae la conciencia de que este año, este también, se va a terminar. Por más colorido y nuevo que haya parecido durante estos dos meses, marzo ya nos muestra, incipientes pero definitivas, las puntas deshilachadas, y deja ver cada vez más el tono opaco del verde, del amarillo, del violeta, su tendencia irremediable a confluir en un mono-tono más bien gris; la necesaria desintegración que vendrá, tarde o temprano.

07 febrero 2012

consideraciones sobre los perros

Un perro mojado tiene varios inconvenientes.
Lo lógico es un perro seco. 
Un perro mojado tiene como mínimo ese problema.
Y lo segundo que pasa es que tarda mucho en secarse, todo ese pelo. El perro de por sí viene todo cubierto de pelo, y si está sucio el pelo se vuelve impermeable. Pero el agua no resbala del pelo, se queda ahí apoyada.
Los perros mojados se sacuden por eso mismo, y así se sacan de encima unas cuantas gotas. Pero parte de la humedad logra traspasar la barrera y se queda del lado de adentro. Y ahí la impermeabilidad del pelo forma una cápsula hermética e impide que el agua salga del todo, es decir, que el perro se seque.
El perro entonces, está mojado y solo. Nadie quiere acercarse a un perro mojado.

05 febrero 2012

Caminaba ya nerviosa por Scalabrini Ortiz, la hora mágica en que el sol cae, la ciudad se oscurece, y las sombras. Alguien caminaba detrás de mí, redoblaba el paso, me seguía cerca. Lo mejor era cruzar la avenida por el medio, un cambio repentino de rumbo definiría las cosas, si me perseguía él o yo misma. El tránsito venía de lejos; entonces, rápidamente en la bocacalle de Niceto Vega, cruzaba yo dos calles en simultáneo. Él (era un él) cruzó conmigo, y ya no hubo dudas. Encaré rápidamente la calle transversal, sin haberlo pensado mucho: lo mejor hubiese sido mantenerse en la avenida, la abierta avenida, la iluminada avenida, la transitada avenida. Ya era tarde, porque dar marcha atrás era lo mismo que entregarse. Apuré el paso hasta la primera perpendicular, para doblar allí hasta la Avenida Córdoba, la abierta avenida, la iluminada avenida, la transitada avenida Córdoba. Apenas unos pasos y estaría dando la vuelta, tan solo unos andamios entorpecían la marcha, una calle en obra, la calle en la que yo quería girar. Él seguía tras mis pasos, no había tiempo para cambiar ahora. Giré, ya con algo de pavor, puesto que la calle y la noche se habían vuelto súbitamente más estrechas. Giré y la calle, ya convertida en andamio, a unos tres metros del suelo, estaba cortada. Un altísimo balcón sin salida, un mirador urbano, del que solo una escalera de bomberos podía sacarme. Atrapada irremediablemente, culpé al municipio. Apenas unos segundos y él estaría sobre mí, y no había nadie más en ese estúpido balcón. Nadie más. No recuerdo si llegué a saltar, si bajé por un tubo, si él me empujó, destruyendo la baranda. Ya en la calle, en la noche, la Avenida Córdoba había desaparecido. Sólo quedaban mis pasos, sus pasos, y la horrible sensación de la ciudad, cambiando a  la vuelta de las esquinas.

05 enero 2012

historia cutánea contemporánea

Siempre estuvo ahí, siempre que recuerde. Quiero decir, no estuvo siempre, es claro que no desde el principio, pero ya no recuerdo cuando no estaba. Pequeñita, arrugada en cierta forma, como un fruto demasiado maduro. La tocaba de tanto en tanto, con la curiosidad morbosa de quien se arranca una cascarita.
Un día apareció estrangulada por un pelo. Se había anudado a su alrededor con una determinación insólita. Infructuosamente tratamos de separarlos, pero el tironeo sólo empeoraba el panorama. Estuvo estrangulada unos cuantos días, hasta que, con astucia antiséptica, un algodón embebido en alcohol etílico acabó con el suplicio.
Lo que ocurrió después fue el verdadero horror. Inflamada, roja, dura. Inoculada de una rabia estrepitosa, más viva que nunca y, sin embargo, tan decidida a arrojarse en la tiniebla de la muerte. ¿Cómo, cómo es posible que vaya a secarse, tan redonda por primera vez, tan llena de... algo?
Y sin embargo, el pronóstico fue acertado. Amaneció encogida, como una fruta pasa. Seca, seca, trágica. Oscura.
No es claro aún cuál es la etapa que resta. ¿Caer? ¿Desaparecer, sin más? ¿Fundirse secretamente con su entorno? ¿Dejar una pequeña huella? ¿Debería arrancarla? ¿Debería despedirme? Adiós, verruga. Adiós.


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Y resulta que a él le pasó algo similar, hace unos años ya, y yo sin querer le plagié el relato.

21 diciembre 2011

ábrete sésamo

Así, con dos palabras hermosas y esdrújulas se me va terminando este 2011. Casi como si hubiera atravesado la cocina en puntas de pie, pero acomodando la alacena. Una nada para la percepción, pero un todo para las estructuras. Fondo y forma, recipiente y contenido. Ahora pienso que los años serán siempre un poco así; pasarán apurados y silenciosos, pero dejando todo en distinto sitio. Como todo lo que se hace con el tiempo, como esos tres bollos de pizza que levan ahora sobre la mesada de la cocina.
Cerrar abriendo. Terminar, empezar. Los años, dá igual: un mero cambio de calendario, cierta aproximación al ordenamiento cósmico, otra vuelta más a la calesita solar. Pero de fondo, en la alacena, todo se ha reordenado. Y hay cosas nuevas en los frascos, y hay también algunos vacíos para lo que vendrá.

27 noviembre 2011

siempre la casa

Es la casa que más sueño. Siempre la cambio un poco. A veces sueño que trato de llegar, y me pierdo, y nunca la encuentro. Cuando ellos están ahí, trato de entender por qué hace tanto que no nos vemos. Y los pongo al día.
La otra noche, justo antes de quedarme dormida, recorrí la casa. Traté de detenerme en los detalles, en cada rincón: la parrilla y la escalera, el baño de las arañas, el lavadero atiborrado de cosas con su olor siempre a jabón blanco, el ténder, el baño y sus tres puertas, la alacena, el estante con la radio, las sillas plásticas, la mesa redonda, la mesada, los especieros, los cajones, la mesa del televisor, la heladera, la mesita del teléfono con la silla azul, el cuarto del medio, los armarios, la estufa, las puertas con celosías, el dormitorio, la naftalina, el acolchado, las siestas, el patio, la enredadera, el olor del piso mojado, el techito de vidrio, la manguera, las macetas, la mampara, las habitaciones de arriba, las cucarachas -siempre muertas-, las hojas del techo, la brea, la escalerita, el olor a pegamento, los muñecos, las cajas rotuladas ("ojitos", "ranas", "ranas chicas"), la máquina para hacer agujeritos, el pañolenci, los manteles de plástico.
Esa noche soñé con la plaza de enfrente. La calesita era un disco gris y chato que giraba a mucha velocidad. No había nadie. Sola yo, y los fantasmas.